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martes, 12 de diciembre de 2017

El sabor de la Guerra

La sombra se extendía a los pies de la muralla, hasta donde el ojo humano no puede alcanzar. Miles y miles de hombres incrustados en hierro, fijando sus miradas en la reluciente armadura dorada sobre la enorme puerta del castillo. Los tambores resonaban a espaldas de aquellos hombres anunciando la llegada del equipo de asedio a las murallas de la fortaleza. No tardaron en llegar los gritos de júbilo ante el inminente ataque. 

Tras la muralla, los hombres terminaban de preparar las barricadas para defender cada punto clave del asentamiento, y en las murallas, los arqueros fijaban sus blancos ante la inevitable confrontación, mientras los más jóvenes distribuían antorchas por la muralla para prender los proyectiles.

Justo sobre la puerta, en el centro de la muralla, nuestro comandante, envuelto en su armadura dorada, desafiaba al enemigo liderando la defensa de su fortaleza. Y ahí, tras ese hombre con una aureola dorada, casi divina, en torno a él, estaba yo, oculto tras mi armadura, contemplando la estampa. Algo en mí me hacía disfrutar de aquel paisaje. Era consciente del inmediato peligro, pero a pesar de ello estaba ansioso por entrar en combate por enésima vez contra tan atroz enemigo.

Los gritos de aquellos salvajes asaltaban las murallas y se extendían por la ciudad, entrando en las casas de ricos y pobres, todos unidos por un sentimiento común y omnipresente: el Miedo.

Observé a mi rey, absolutamente quieto, firme en su puesto ante la tempestad, nunca lo había visto así, aquel conservador general que optaba siempre por la solución menos arriesgada, ahora se hallaba enfrentado al enemigo con un severo aire nostálgico.

A los pies de la muralla, los tambores cesaron y la tensión se hizo insoportable. Un grito llenó el valle y aquella masa negra, al unísono, se lanzó contra nuestra muralla. Las torres de asedio chocaron contra los muros mientras auténticas nubes de flechas asediaban a nuestros hombres. El combate se había iniciado y arrasaría con todo a su paso.

Aquella masa negra ascendió por las torres y se abalanzó sobre nuestros arqueros. Éstos, entrenados en todos los artes desde pronta edad, desenfundaron sus largas espadas, centelleantes, y dieron buena cuenta de aquella primera oleada. El enemigo no se preocupaba de la parte débil de su ejército, simplemente la enviaba como forma de cansar a nuestras tropas. Los charcos de sangre empezaron a acumularse sobre la muralla, los cadáveres enemigos eran lanzados sobre sus propios compañeros, avisando del aciago destino que aguardaba una vez cruzadas las almenas.

Uno a uno, los arqueros fueron librándose de aquella chusma que había ascendido por las torres de asedio, y aprovecharon para volver a sacar sus arcos y devolver el castigo que estaba sufriendo el interior del fuerte. Sobre la puerta, contemplé la increíble escena: un imponente jinete, con una armadura roja, brillante como el sol del amanecer, montando una aún más amenazante montura, empuñando un enorme martillo, avanzó desde la retaguardia hasta alcanzar la sección más avanzada de su ejército.

Ajeno a las flechas que volaban cerca de él, bajo parsimoniosamente de su montura, y una vez de pie sobre ella, alzó el martillo enunciando un atronador grito cuyos hombres corearon, haciendo temblar los cimientos del valle. De pronto oí la voz de mi rey, justo junto a mi oído: deja de mirar a mi presa y haz que liberen el infierno.

Asentí con la cabeza, llamé a mis dos hombres de confianza y corrí escaleras abajo todo lo rápido que pude, crucé el patio principal, donde nuestra sorpresa aguardaba al enemigo una vez abriera brecha. Alcancé el segundo anillo fortificado y en el mismo tono que el rey a mí momentos antes, hablé con el oficial de artilleros, liberad el infiero muchachos. De pronto se descolgaron los enormes pendones que colgaban del anillo superior, y revelaron unos enormes trabuquetes, listos para, literalmente, desatar el infierno, sobre aquella masa negra que enfrentaba nuestros muros.

Puse mi mano sobre su hombro, apuntad bien hermanito, y tomé de nuevo el camino al patio. Mientras enfrentaba el camino, de nuevo hacia la muralla, un profundo golpe hizo temblar la puerta, habían llegado, por fin la sangre. Retumbaba el portón, se oían gritos fuera, las torres volvían a escupir aquellas sombras negras sobre nuestras murallas. Los arqueros del patio se colocaron en sus posiciones, todos mirando a la puerta. Muchas miradas nerviosas, algunas atemorizadas, otras plagadas de odio, y otras completamente vacías, ausentes de cualquier emoción. La mía, por supuesto, era de las segundas.

Empezaron a caer pequeños pedacitos de piedra de la muralla, por el empuje del ariete enemigo. Sólo Dios sabía qué estaba empujando la puerta. Los bramidos de alguna bestia se alzaron sobre los gritos de la batalla, y en ese momento, el portón cedió.


Saqué mi deslumbrante espada de su vaina y observé con detenimiento, casi con romanticismo, su filo, su hoja, donde me veía reflejado. Me puse al frente de los lanceros que protegían el patio y defendían los accesos a la muralla. Una vez terminaron de caerse los restos de la puerta y se disipó el polvo, del umbral de la puerta principal emergieron grandes bestias, que juraría que eran trolls, pero más grandes y, desde luego, violentos.

Mis hombres dieron un paso atrás, temerosos de aquellas sombras, cubiertas también por negras armaduras. Giré levemente la cabeza hacia ellos, sonreí bajo mi yelmo, lo haré yo entonces, alcé el brazo izquierdo y lo bajé en dirección a las bestias. Los arqueros abrieron fuego, frenando su avance. Sujeté mi espada con las dos manos y afronté mi destino con total tranquilidad, sabiendo bien que mis actos pasados decantarían la balanza una vez abandonada esta vida, y que aquella batalla poco podría alterar los pesos de dicha balanza.

La lucha por el patio fue una auténtica masacre, el hedor de la sangre esparcida por el suelo, goteando en las espadas de los que aún permanecíamos en pie, los ojos sin vida de los que habían caído ante aquellos seres, las armas alejadas de las manos de sus dueños caídos, los escudos quebrados, el polvo y el humo del combate. Me apoyé sobre mi espada a recuperar el aliento, mientras el sudor escurría por el borde de mi yelmo, y la sangre que caía de mi espada formaba un pequeño charco en el suelo.


Alcé la vista, hacia la muralla, sobre la puerta. Mientras mi mirada subía, una cabeza caía desde lo alto del muro. Contemplé a mi rey, empujando con el pie el cadáver de su adversario que cayó ante mí, salpicando mi armadura de sangre. Se levantó el yelmo, me sonrió, Si aún quieres diversión, aguantaremos las murallas algo más. Subí aquellas escaleras una vez más, y cuando salí a la luz, me recibió el rey corriendo en sentido contrario al mío, quizá sea buen momento para bajar, ¿no crees? Antes de poder mostrar mi indignación, las catapultas enemigas bombardearon el muro, y de la fuerza del impacto caí hacia atrás, rodando escaleras abajo.

Me desmayé, oía voces, gritos, hierro chocando con hierro, flechas silbando, el impacto de las catapultas sobre los muros… Todo se volvió oscuro, y frío. Cuando desperté, estaba en la sala del trono, apoyado en una columna, con una jarra con agua y un trapo húmedo teñido de rojo a mi izquierda, y mi espada, en el suelo, con la hoja limpia, a mi derecha. Uno de los oficiales del patio se acercó a mí, Señor, ¿se encuentra bien?, cayó por las escaleras de la muralla, y lo trajeron aquí para asegurarlo. El enemigo ha tomado los anillos exteriores, estamos defendiendo la fortaleza, no queda dónde ir.

Alcé los ojos, y vi al rey, con su armadura totalmente afectada por el combate, sangre seca, golpes y rayones de las armas enemigas, sentado en el trono, apoyando ambos brazos sobre la empuñadura de su espada, la mirada fija en el suelo, el yelmo tirado a sus pies, y de fondo, coronando el ábside de la sala del trono, dos estandartes blancos impolutos con nuestro escudo estampado en su centro. La imagen era gloriosa, pero sólo esa parte. La sala se había convertido en enfermería provisional, los heridos se acumulaban en los laterales de la estancia, que se había transformado en un corredor de enfermeras corriendo de allá para acá, con agua, trapos, agujas e hilo.

Me incorporé como buenamente pude, recogí mis armas, y me acerqué al rey. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo han caído las defensas? Éramos inexpugnables… Tendí mi mano derecha hacia él, él alzó la vista, sonrió y agarró mi mano y se ayudó de ella para levantarse. Aún lo somos.

Me giré y ví a mi hermano, con la rodilla hincada en el suelo, sollozando tras su yelmo, como si el hierro evitara que su llanto quedara encerrado en su cabeza. Posé mi mano sobre su hombro, noté como se estremecía, trató de recomponerse y se alzó ante mí, era un poco más bajo que yo, pero su corpulencia compensaba con creces los dos o tres centímetros que le sacaba. Vamos, aún hay trabajo por hacer. Busqué por todas partes a aquellos dos hombres con los que, ya ni sabía cuántas horas antes, había iniciado el combate bajando de la muralla y defendiendo el patio. Junto con mi hermano y el propio rey, salí del salón, dirección a la primera línea de defensa, el último anillo de la fortaleza.

Sobre aquella última puerta, rodeados de arqueros, se alzaban dos figuras, ambas de pie, desafiando al enemigo que se agolpaba a sus pies. Majestad, proteja el Salón, nosotros contendremos al enemigo en la puerta. Mi hermano y yo corrimos escaleras arriba para juntarnos con aquellos dos leales soldados que dirigían aquella última defensa. Sorprendidos de mi aparición, ambos soltaron sus armas y corrieron a abrazarme. Una vez acabado el momento de júbilo, recogieron sus espadas, se giraron hacia el enemigo y comenzaron a gritar, a lo que se unieron el resto de hombres que ocupaban la muralla. La batalla aún tenía que decidirse, el pincel seguía en manos del pintor y el lienzo estaba incompleto…