La
sombra se extendía a los pies de la muralla, hasta donde el ojo humano no puede
alcanzar. Miles y miles de hombres incrustados en hierro, fijando sus miradas
en la reluciente armadura dorada sobre la enorme puerta del castillo. Los
tambores resonaban a espaldas de aquellos hombres anunciando la llegada del
equipo de asedio a las murallas de la fortaleza. No tardaron en llegar los
gritos de júbilo ante el inminente ataque.
Tras
la muralla, los hombres terminaban de preparar las barricadas para defender
cada punto clave del asentamiento, y en las murallas, los arqueros fijaban sus
blancos ante la inevitable confrontación, mientras los más jóvenes distribuían
antorchas por la muralla para prender los proyectiles.
Justo
sobre la puerta, en el centro de la muralla, nuestro comandante, envuelto en su
armadura dorada, desafiaba al enemigo liderando la defensa de su fortaleza. Y
ahí, tras ese hombre con una aureola dorada, casi divina, en torno a él, estaba
yo, oculto tras mi armadura, contemplando la estampa. Algo en mí me hacía
disfrutar de aquel paisaje. Era consciente del inmediato peligro, pero a pesar
de ello estaba ansioso por entrar en combate por enésima vez contra tan atroz
enemigo.
Los
gritos de aquellos salvajes asaltaban las murallas y se extendían por la ciudad,
entrando en las casas de ricos y pobres, todos unidos por un sentimiento común
y omnipresente: el Miedo.
Observé
a mi rey, absolutamente quieto, firme en su puesto ante la tempestad, nunca lo
había visto así, aquel conservador general que optaba siempre por la solución
menos arriesgada, ahora se hallaba enfrentado al enemigo con un severo aire
nostálgico.
A
los pies de la muralla, los tambores cesaron y la tensión se hizo insoportable.
Un grito llenó el valle y aquella masa negra, al unísono, se lanzó contra
nuestra muralla. Las torres de asedio chocaron contra los muros mientras
auténticas nubes de flechas asediaban a nuestros hombres. El combate se había
iniciado y arrasaría con todo a su paso.
Aquella
masa negra ascendió por las torres y se abalanzó sobre nuestros arqueros.
Éstos, entrenados en todos los artes desde pronta edad, desenfundaron sus
largas espadas, centelleantes, y dieron buena cuenta de aquella primera oleada.
El enemigo no se preocupaba de la parte débil de su ejército, simplemente la
enviaba como forma de cansar a nuestras tropas. Los charcos de sangre empezaron
a acumularse sobre la muralla, los cadáveres enemigos eran lanzados sobre sus
propios compañeros, avisando del aciago destino que aguardaba una vez cruzadas
las almenas.
Uno
a uno, los arqueros fueron librándose de aquella chusma que había ascendido por
las torres de asedio, y aprovecharon para volver a sacar sus arcos y devolver
el castigo que estaba sufriendo el interior del fuerte. Sobre la puerta,
contemplé la increíble escena: un imponente jinete, con una armadura roja,
brillante como el sol del amanecer, montando una aún más amenazante montura,
empuñando un enorme martillo, avanzó desde la retaguardia hasta alcanzar la
sección más avanzada de su ejército.
Ajeno
a las flechas que volaban cerca de él, bajo parsimoniosamente de su montura, y
una vez de pie sobre ella, alzó el martillo enunciando un atronador grito cuyos
hombres corearon, haciendo temblar los cimientos del valle. De pronto oí la voz
de mi rey, justo junto a mi oído: deja de
mirar a mi presa y haz que liberen el infierno.
Asentí
con la cabeza, llamé a mis dos hombres de confianza y corrí escaleras abajo
todo lo rápido que pude, crucé el patio principal, donde nuestra sorpresa
aguardaba al enemigo una vez abriera brecha. Alcancé el segundo anillo
fortificado y en el mismo tono que el rey a mí momentos antes, hablé con el
oficial de artilleros, liberad el infiero
muchachos. De pronto se descolgaron los enormes pendones que colgaban del
anillo superior, y revelaron unos enormes trabuquetes, listos para,
literalmente, desatar el infierno, sobre aquella masa negra que enfrentaba
nuestros muros.
Puse
mi mano sobre su hombro, apuntad bien
hermanito, y tomé de nuevo el camino al patio. Mientras enfrentaba el
camino, de nuevo hacia la muralla, un profundo golpe hizo temblar la puerta,
habían llegado, por fin la sangre. Retumbaba el portón, se oían gritos fuera,
las torres volvían a escupir aquellas sombras negras sobre nuestras murallas.
Los arqueros del patio se colocaron en sus posiciones, todos mirando a la
puerta. Muchas miradas nerviosas, algunas atemorizadas, otras plagadas de odio,
y otras completamente vacías, ausentes de cualquier emoción. La mía, por
supuesto, era de las segundas.
Empezaron
a caer pequeños pedacitos de piedra de la muralla, por el empuje del ariete
enemigo. Sólo Dios sabía qué estaba empujando la puerta. Los bramidos de alguna
bestia se alzaron sobre los gritos de la batalla, y en ese momento, el portón
cedió.
Saqué
mi deslumbrante espada de su vaina y observé con detenimiento, casi con
romanticismo, su filo, su hoja, donde me veía reflejado. Me puse al frente de
los lanceros que protegían el patio y defendían los accesos a la muralla. Una
vez terminaron de caerse los restos de la puerta y se disipó el polvo, del
umbral de la puerta principal emergieron grandes bestias, que juraría que eran
trolls, pero más grandes y, desde luego, violentos.
Mis
hombres dieron un paso atrás, temerosos de aquellas sombras, cubiertas también
por negras armaduras. Giré levemente la cabeza hacia ellos, sonreí bajo mi
yelmo, lo haré yo entonces, alcé el
brazo izquierdo y lo bajé en dirección a las bestias. Los arqueros abrieron
fuego, frenando su avance. Sujeté mi espada con las dos manos y afronté mi
destino con total tranquilidad, sabiendo bien que mis actos pasados decantarían
la balanza una vez abandonada esta vida, y que aquella batalla poco podría
alterar los pesos de dicha balanza.
La
lucha por el patio fue una auténtica masacre, el hedor de la sangre esparcida
por el suelo, goteando en las espadas de los que aún permanecíamos en pie, los
ojos sin vida de los que habían caído ante aquellos seres, las armas alejadas
de las manos de sus dueños caídos, los escudos quebrados, el polvo y el humo
del combate. Me apoyé sobre mi espada a recuperar el aliento, mientras el sudor
escurría por el borde de mi yelmo, y la sangre que caía de mi espada formaba un
pequeño charco en el suelo.
Alcé
la vista, hacia la muralla, sobre la puerta. Mientras mi mirada subía, una
cabeza caía desde lo alto del muro. Contemplé a mi rey, empujando con el pie el
cadáver de su adversario que cayó ante mí, salpicando mi armadura de sangre. Se
levantó el yelmo, me sonrió, Si aún
quieres diversión, aguantaremos las murallas algo más. Subí aquellas
escaleras una vez más, y cuando salí a la luz, me recibió el rey corriendo en
sentido contrario al mío, quizá sea buen
momento para bajar, ¿no crees? Antes de poder mostrar mi indignación, las
catapultas enemigas bombardearon el muro, y de la fuerza del impacto caí hacia
atrás, rodando escaleras abajo.
Me
desmayé, oía voces, gritos, hierro chocando con hierro, flechas silbando, el
impacto de las catapultas sobre los muros… Todo se volvió oscuro, y frío. Cuando
desperté, estaba en la sala del trono, apoyado en una columna, con una jarra
con agua y un trapo húmedo teñido de rojo a mi izquierda, y mi espada, en el
suelo, con la hoja limpia, a mi derecha. Uno de los oficiales del patio se
acercó a mí, Señor, ¿se encuentra bien?,
cayó por las escaleras de la muralla, y lo trajeron aquí para asegurarlo. El enemigo ha tomado los anillos exteriores, estamos defendiendo la fortaleza, no queda dónde ir.
Alcé
los ojos, y vi al rey, con su armadura totalmente afectada por el combate,
sangre seca, golpes y rayones de las armas enemigas, sentado en el trono,
apoyando ambos brazos sobre la empuñadura de su espada, la mirada fija en el
suelo, el yelmo tirado a sus pies, y de fondo, coronando el ábside de la sala
del trono, dos estandartes blancos impolutos con nuestro escudo estampado en su
centro. La imagen era gloriosa, pero sólo esa parte. La sala se había convertido
en enfermería provisional, los heridos se acumulaban en los laterales de la
estancia, que se había transformado en un corredor de enfermeras corriendo de
allá para acá, con agua, trapos, agujas e hilo.
Me
incorporé como buenamente pude, recogí mis armas, y me acerqué al rey. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo han caído las
defensas? Éramos inexpugnables… Tendí mi mano derecha hacia él, él alzó la
vista, sonrió y agarró mi mano y se ayudó de ella para levantarse. Aún lo somos.
Me
giré y ví a mi hermano, con la rodilla hincada en el suelo, sollozando tras su
yelmo, como si el hierro evitara que su llanto quedara encerrado en su cabeza. Posé
mi mano sobre su hombro, noté como se estremecía, trató de recomponerse y se
alzó ante mí, era un poco más bajo que yo, pero su corpulencia compensaba con
creces los dos o tres centímetros que le sacaba. Vamos, aún hay trabajo por hacer. Busqué por todas partes a
aquellos dos hombres con los que, ya ni sabía cuántas horas antes, había
iniciado el combate bajando de la muralla y defendiendo el patio. Junto con mi
hermano y el propio rey, salí del salón, dirección a la primera línea de
defensa, el último anillo de la fortaleza.
Sobre
aquella última puerta, rodeados de arqueros, se alzaban dos figuras, ambas de
pie, desafiando al enemigo que se agolpaba a sus pies. Majestad, proteja el Salón, nosotros contendremos al enemigo en la
puerta. Mi hermano y yo corrimos escaleras arriba para juntarnos con
aquellos dos leales soldados que dirigían aquella última defensa. Sorprendidos de
mi aparición, ambos soltaron sus armas y corrieron a abrazarme. Una vez acabado el
momento de júbilo, recogieron sus espadas, se giraron hacia el enemigo y
comenzaron a gritar, a lo que se unieron el resto de hombres que ocupaban la
muralla. La batalla aún tenía que decidirse, el pincel seguía en manos del
pintor y el lienzo estaba incompleto…

