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El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

miércoles, 16 de febrero de 2022

Leyenda de mujeres

Somos una tierra de hombres de leyenda, pero, sobre todo, los que tenemos suerte de conocer a nuestras abuelas, sabemos que tenemos una región de mujeres fuertes, más que cualquier ser humano conocido. Mujeres que entregaron su juventud a una educación que las llevó a ser transigentes, a ser conformistas. Entregaron su vida a la familia (ya fuera heredada o adquirida), también en los campos de labranza, en los establos y corrales, en talleres y en huertas.

En nuestra tierra tenemos mujeres que cargan en sus hombros el peso de todas las vidas que han cuidado (abuelos, padres, maridos, hijos y nietos) con resignación y con un cariño más profundo de lo que jamás llegaremos a imaginar. Son mujeres llenas de fuerza interior y, a la vez, llenas de sencillez, tranquilas con su conciencia y que no dudan en contar su verdad, la vida a través de sus ojos a pesar de que nos podamos ruborizar cuando lo hacen.

No hagáis eso nunca, sonreíd con tranquilidad pues lo que dicen no son comentarios maliciosos, es la perspectiva de 70, 80 o 90 años de dedicación, esfuerzo y poco reconocimiento. Es la vida tal y como la ve esa mujer que se asoma en verano a la puerta de su casa en el pueblo cuando escucha el coche de sus hijos llegar. Con esos vestidos de motivos florales y esos mandiles tan costumbristas. Salen sonriendo a aquello que más quieren y ojalá fuéramos capaces nosotros de amar de esa manera algún día.

Los abrazos y las cogidas de los carrillos en el zaguán, los caramelos a escondidas en el vestíbulo, el olor de esos guisos antes de cruzar la puerta… Esas llamadas menos habituales de lo que deberíamos que siempre suenan igual: “Hola hijo…” “Bien, como siempre ya sabes, aquí tu abuela con el periódico…” esa voz que suena a hogar, que te convence a ver “la novela” con ella porque es el mejor plan posible para después de comer. Esa voz que, a pesar de que se le deban deudas desde antaño te dice “gracias” cuando vas a verla o llamas.

Han sobrevivido a una guerra, una dictadura y a un mundo desagradecido y, a pesar de todo, no encontraremos a nadie que haga tan bien… la tortilla de patatas.

GRACIAS


viernes, 11 de febrero de 2022

El cielo de Castilla

Me sentía ya en la carretera desde antes de salir de casa. El sol mañanero de Julio calentaba ya la puerta de mi casa mientras salía con todo preparado para el viaje. Unas playeras cómodas para aguantar el trayecto, las gafas de sol y un combo polo y bermudas para tener dignidad en caso de tener que parar en el trayecto.

Entro en el coche que ya estaba empezando a calentarse, cargo la maleta, conecto el teléfono para tener mi música preparada y arranco el motor con el rugido cómplice de mi colito que, una vez más, se mostraba dispuesto a llevarme al fin del mundo.

Antes de salir a la autovía, parada de rigor en la gasolinera para llenar el depósito y comprar combustible para mí. Una vez todo estuvo comprobado y correcto volví a mi montura, dejé la mascarilla colgada de la palanquita del intermitente y dejé que la ventanilla bajada y el inicio de la música me hicieran olvidarme de tan tediosa obligación. Tras un nuevo ronroneo del motor japonés, salí de la gasolinera y bajé la rampa a la autovía con el sol a mi derecha.

Última marcha y velocidad de crucero. Mano izquierda sobre el volante, suelta, tranquila, con el codo en el marco de la ventanilla y la derecha descansando sobre la palanca de cambios. La vida es bella al volante cuando tienes un par de centenares de kilómetros hasta tu destino y una carretera que recorrer.

Alguno dirá que esto que voy a decir es una bobada, pero creo a los que nos gusta conducir creamos un vínculo con el coche, algo que incluso se podría llamar amistad (para aquel que tenga estómago para mi visión del mundo). Pero no profundizaré hoy en este tema, sino en el sentimiento de poder y libertad cuando atraviesas kilómetros de asfalto.

Incluso atravesar Tierra de Campos, un mundo tan maltratado por esos amantes del paisaje exótico. Aquellos cuyo mínimo de disfrute son apabullantes valles observados por desde carreteras serpenteantes ante frondosos bosques caducifolios en su estampa otoñal o impactantes paisajes de costa conduciendo sobre afilados acantilados sobre un mar embravecido. Nuestro mar de trigo amarillo tostado al sol de los primeros soles del verano, las extensas campiñas infinitas con suaves ondulaciones coronadas por las torres de nobles iglesias románicas que permanecen estoicas frente al paso del tiempo y al abandono de sus lugares.

Y mientras esas férreas construcciones de la Castilla cristiana resisten en su puesto, tú pasas a cuatro o cinco kilómetros de ella reconociendo el patrón de tejas en su tejado y el nido de cigüeñas que vigilan tu paso por su casa sin apenas inmutarse.

El cielo de Castilla es inmenso y queda inmaculado, sin interrupciones, sólo limitado en su base al norte por los afilados dientes de la Montaña Palentina y la Cordillera Cantábrica, marcando las puertas al mar que nos fue privado a los terracampinos. Ese paisaje también es belleza, un paisaje tozudo, cabezón, orgulloso y firme en su idea de permanecer inmutable en el ideario nacional, de resistir vidas de hombres desde aquellos que liquidaron toda su foresta para convertirlo en tierra de cultivos. Una inmensa campiña, cuna de hombres que llevan su identidad grabada a fuego en un alma tan pura como su cielo.

 

 

martes, 15 de diciembre de 2020

Therapy Session

    Como una tirita a un niño temeroso, con un tirón seco, así me ha levantado la vida la venda de mis ojos. El mundo y sus primeros latigazos de inclemencia han aparecido porque, por primera vez, me he visto expuesto a ellos. He sacado la patita de la cáscara de huevo y me ha caído el primer golpe: DECIDE.

    Me toca ganarme la vida, elegir qué camino es el más apropiado para labrarme un futuro y, mientras mi cabeza da vueltas, la voz sigue golpeando: DECIDE. Yo no lo entiendo, de repente ya nada está fijo, todo es voluble y, sin embargo, aunque tengo la certeza de que así es, jamás me he sentido más atado a algo. Férreamente anclado a una decisión que tomé a medias.

    Me siento como una fiera de circo al que le abren todas las opciones para huir de ese infierno por distintos caminos, pero no sueltan las cadenas de sus patas traseras, así que sólo puede rugir y lanzar zarpazos al aire sin opción de acertarle a nada.

    Igual que veo la ironía o la incoherencia en mi situación, también la veo en mí mismo. Dentro tengo un corazón audaz latiendo que grita por que me arriesgue y me la juegue por aquello que me dicta, pero luego reina el cobarde que obedece a un sentido común que no es el suyo y, además, en el que no cree.

    No soy yo mismo, de ninguna manera lo soy. Languidezco en esta guerra contra el tiempo, contra mí mismo y contra una vida que nos ha desechado y a mí poco más que me ha escupido. Hay dos seres opuestos peleando dentro de mí y el vencedor cambia cada segundo de mi día, sin que pueda siquiera llevar a cabo la misma acción con la misma consciencia, y eso, querido lector, debo decir que es absolutamente agotador. Mi corazón no hace sino buscar reposo, porque encima cada vez que paro a recobrar el aliento siento mi propia crítica porque ni siquiera saco producción de ese agotamiento.

    Tengo una enorme ola de rabia dentro de mí que está deseando liberarse y arrasarlo todo, sobre todo a mí. Tengo un sueño vivo en mí, algo que quizá sé desde hace mucho y mi cobardía guardó en la caja de “No conveniente”. Pero los sueños vuelan y escapan, y este se ha hecho grande y lo noto en mí, dándome momentos de felicidad incluso fuera de esa idealizada “productividad” de la que tanto me alejo.

    Sufro en extremo todos los días porque la guerra es perpetua y no da cuartel. Cada decisión, por pequeña que sea, es un duelo a muerte entre las dos fibras opuestas de mi ser. Me he vuelto triste, triste de verdad, y eso es algo que rocé, pero no conocí. Hay algo que me falta, pero necesito tiempo y ayuda para resolverlo y, si bien la ayuda está, a veces ni yo mismo tengo la decencia de regalarme ese tiempo.

    Mi gente me apoya con un cariño como jamás había visto, y ella… ay ella, no me ha soltado en un solo centímetro del camino y aquí sigue, a pesar de todo. Ojalá no me falte nunca. Pero esto me lleva a ahondar aún más en el desastre, puesto que me siento como otras tantas veces, como una de las estrofas de NF de su canción “Change”:

I need change
Yeah, that’s kinda easy to say, right?
But difficult for me when I feel like I hate life
And everyone around me kinda thinks I’m a great guy
But I don’t ever think it so I think I’m a fake liar
[…]
See, I’ve always been full of pain, but now I’m makin’ some room

En demasiados versos suyos veo mi verdad y, si bien su aparición en mi vida fue una bendición, no puedo evitar pensar que ojalá lo escuchara sólo por su música. Sirva el título de este post como evidencia de lo que signifca para mí. 



11 de Diciembre de 2020     - Valladolid -       “En la cuna del infierno”

viernes, 22 de febrero de 2019

Vida bajo los escombros


Me la encontré en la plaza mayor. Era la primera vez que nos veíamos, el primer contacto en persona, y era evidente que había nervios por ambas partes. Ella, encerrada entre abrigo, gorro y bufanda, dejaba a la vista dos profundos ojos oscuros, que resplandecían matices dorados con aquel sol invernal de mediodía. Para mí no hacía tanto frío, o por lo menos fingía que así era, con una fina bufanda al cuello sobre la camisa, y el chaquetón abierto. Sonreía yo tímidamente mientras mis ojos, ocultos tras las gafas de sol, se perdían en aquellos pozos encerrados entre la lana de bufanda y gorro, que les daba cierta sensación de ventanas que se asomaban al interior de aquella chica que llevaba tiempo conocer.

Había algo extraño y encantador en aquellas facciones. Se bajó la bufanda para saludarme, y lo primero que le salió fue una sonrisa, bendito regalo el poder juntar mirada y risa en el mismo instante. Dos besos de cortesía, que ahora me saben a poco, y conversación para romper el hielo. Habíamos quedado para tomar un café, y sabía cómo debía ser el lugar. Una mesa pequeña, un local con privacidad, ambiente íntimo, tranquilo, realmente quería conocerla, ya me había lanzado al pozo de su mirada, tenía que seguir sumergiéndome.

Mucha conversación y poco café, ya frío y casi sin tocar sobre la mesita. Había algo en su forma de sonreír que no me permitía centrarme en otra cosa, de hecho, parecía que los cafés estuvieran casi como meros ambientadores de una atmósfera tremendamente hogareña.

Se acercó la taza a los labios, y volvió a esbozar una sonrisa mientras le daba un pequeño sorbo al café. Aún salía algo de humo de la pequeña taza, lo que me sorprendió, pues largo tiempo llevaban ya sobre la mesa nuestros cafés, pero no le di importancia. Tras una mirada al suelo para evitar ruborizarme, volví a alzar la vista, pero en ese momento la estela de humo la empezaba a envolver a ella, que parecía diluirse en aquella nube. Su imagen fue perdiendo nitidez hasta que aquella sonrisa sólo estuvo presente en mi mente.

Aquel extraño vapor me abrazó a mí también, y lo dejó todo oscuro. Sentí un escalofrío helador de un frío crudo invierno. Algo quiso romperse dentro de mí, pero todo aquello ya estaba roto, aquel látigo helado iba a quedar insatisfecho.

La alarma sonó y otro día daba comienzo como los demás, seguía en busca de alguien, pero no es fácil encontrar a quien asuma la tarea de juntar los pedazos que hasta el frío rechaza, ni siquiera sé si yo mismo tengo el valor para aceptar mis propios pedazos.

22/02/2019
Pd: dejad que os sorprenda, dentro hay mucho más que pedazos rechazados y tristeza, pero hay que buscar un poco.
















jueves, 29 de noviembre de 2018

He arriado mi bandera


Apenas me resulta razonable el mero respirar, no hay sentido en ello, apenas hay necesidad, no hay motivo. Se ha oscurecido el día, se ha escapado el sol y se ha llevado consigo la luz y el calor. No hay nadie en la cala, mi corazón también se ha ido, no tenía función en mi nuevo yo, nada la tiene en realidad, no parece haber razón para avanzar, no hay luz al final del túnel porque no hay túnel, no hay camino que seguir, ya no hay dirección que tomar.

Apenas soy capaz de expresarme, sin corazón resulta difícil poner los sentimientos sobre papel. La otrora fortaleza inexpugnable de caballeros corteses, de adalides de la caballería andante, mi reino ha caído en las fosas de lo oscuro, absortos en las almenas, contemplando el sol cruzar el cielo día tras día, echando a perder nuestros cuerpos y espíritus. Las armas pierden su filo, las armaduras se oxidan y nuestros sueños se ahogan bajo el peso del tiempo. Los estandartes ya no brillan y las cornetas ya no suenan…


La antaño viva fortaleza se ha convertido en un páramo de soledad, el fuerte que en otro tiempo fuera un revuelo de grandes hombres se halla en completo silencio, sumido en la más absoluta oscuridad. Tan sólo una luz en lo alto de una estrecha y solitaria torre, la luz de un pequeño candil que alumbra una pequeña estancia. En ella, sólo hay dos estanterías repletas de libros, completo y absoluto desorden, y un pequeño escritorio ubicado bajo la ventana con unos cuantos papeles sobre él, y otros muchos debajo. Junto a ellos, sólo queda un tintero vacío y una pluma rota…

domingo, 9 de septiembre de 2018

Las líneas de mi costa

Supongo que el error está en mí, que hay algo que hago mal sistemáticamente, que de una manera u otra, soy siempre yo el responsable del desastre. La pregunta siempre será el cual, ¿cuál es mi tan señalado error? Miro el constante ir y venir del mar en un plácido atardecer de septiembre. La Costa de la Luz y sus destellos a la hora del ocaso, todo es pura belleza, pero el aire huele a despedida, no a "adiós", sino más a un melancólico "hasta luego", como si cada pequeña ola de esta suave bajamar fuera un pequeño intento del mar por no separarse de mí, un último abrazo antes de marchar, un último beso antes de partir... 


He conocido la belleza en esta bahía de Conil, en su enorme playa, seguida por un litoral de pequeños acantalidados que culminan en un discreto cabo coronado por el faro. La luz de la tarde aquí inunda el alma, fluye por mí como un riachuelo se abre hueco entre las rocas. El brillo del pueblo, blanco todo él, al reflejar las luces del sol poniente, el murmullo del Atlántico, muy tranquilo y nada revuelto que parece querer detenerse a mirar la obra de arte que es el golfo de Cádiz, cuya belleza culmina en su capital, la Habana Española. 

Empecé este texto melancólico, buscando salida a mis demonios, y ahora, mientras el sol acaba de esconderse, dejando un precioso color añil sobre el horizonte, pienso que no hay error alguno en vivir y obrar como el corazón dicte, sino que el verdadero problema, sería vivir ignorando lo que éste nos dice. Por eso nunca dejaré que mi cabeza frene mi muñeca al escribir, porque esto es algo mío, parte de mi propia belleza, y al igual que en esta preciosa bahía, cada letra, palabra y párrafo, es una pequeña ola que se niega a decir adiós, que no quiere despedirse, porque hay mucho más en mí, de lo que se ve desde la costa. Gracias Cádiz, gracias.

lunes, 27 de agosto de 2018

Entre tu calle y tu sonrisa

En la calle no se oía ningún ruido, sólo estábamos tú y yo protegidos por la belleza de la noche, zigzagueando entre calles, besándonos en cada esquina, sonriéndole a la Luna. Sin embargo, a pesar del silencio, un atronador ruido asediaba mi mente, los agolpados latidos de mi corazón, y no por la última carrera que me había pegado persiguindote por robarme un beso con esa sonrisa, sino porque quería vivir el momento más de una vez, disfrutarlo como si no fuera un paseo sino diez, o más, y no un beso sino veinte.

La enésima esquina, la enésima farola que nos observó aquella noche, la enésima pared contra la que me besaste, mis dedos rozando tu cuello, tú mordiendo mi labio inferior, tu cadera contra la mía y tu risa justo antes de privarme del último beso y volver a salir corriendo hacia la siguiente plazuela o calleja, pero el sitio me resultaba familiar. Era el punto de partida, la ruta ha acabado y toca volver a casa.



Son las dos de la mañana y el aire de un recién llegado otoño callejea por la ciudad. Te estremeces de frío, yo también pero no te das cuenta, te pongo mi cazadora sobre los hombros no sin que te resistas y enfilamos el camino a tu portal. Preciosa te susurro al oído mientras buscas tus llaves, Es una ciudad bellísima me dices sonriendo mientras das con la llave del portal, la cerradura cede y empujas la puerta para entrar. Una vez dentro me sonríes y empiezas a quitarte mi cazadora para devolvérmela, Sí, la ciudad también es bonita.

Te ríes y en ese instante te empujo contra el ascensor, la cazadora cae al suelo pero poco importa. Vuelvo a posar mis dedos en tu cuello mientras mi mano izquierda se aferra a tu cadera. La puerta del ascensor se cierra y vuelve la calle a sumirse en el más absoluto silencio, como una noche de verano interrumpida por una súbita tormenta cuyo olor lo inunda todo...