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jueves, 29 de marzo de 2018

Hasta el último aliento

Cuando García llegó a mi encuentro, yo yacía recostado sobre un árbol, empapado en sangre. Los cadáveres de tres musulmanes yacían ante mí, pálidos tras abandonar este mundo bajo el filo de mi espada, que, alejada ya de mí, se hallaba sobre los hierbajos a los pies del árbol.

Cuando mi compañero se detuvo junto a mí, quedó perplejo por lo que vio. Tres flechas cruzaban la cota de malla, una atravesaba mi hombro izquierdo, motivo de que mi escudo estuviera a más de 15 metros de donde yo exhalaba mis últimas bocanadas de aire; la otra había penetrado mi abdomen sobre el ombligo. La antes impecable tela blanca que cubría mi armadura, ahora lucía estelas de sangre que del vivo rojo que brotaba en mi herida se había convertido en un granate negruzco al secarse sobre la tela.


Poco a poco, algunos compañeros más se fueron acercando a mí, signo evidente de que el combate tocaba a su fin. En la cima de la colina se escuchó un relincho, y un caballo negro con un jinete acorazado sobre su lomo comenzó a acercarse a mí con trote nervioso. El caballero portaba nuestro estandarte de Santiago en su larga lanza, y un yelmo brillante cubriendo su cabeza y ocultando su rostro.

Al llegar frente a mí, descendió de su montura y una vez posó sus pies sobre el suelo, dejó caer la lanza y comenzó a acercarse mientras el roce de la cota de malla acompañaba su paso. Una vez ante mí, García me ayudó a incorporarme, Señor, no lograron pasar, el frente aguantó, giré la cabeza para toser y un chorro de sangre salió de mi boca.

Tremendamente debilitado, volví a enfrentarme al caballero que aún no había movido un músculo. Se retiró el yelmo y los ojos de mi padre centellearon tras exponerse a la claridad del día. Un gesto serio acompañado de un sobrio apretón de manos precedió a su cierre de la conversación. Recupérese soldado, volverán. Reagrúpense y mañana inicien la marcha. Apenas podía sostenerme y me costaba horrores no volver a toser. Santiago está orgulloso de ustedes caballeros. Se agachó y recogió mi espada que aún goteaba sangre. No se despegue de ella soldado. Me la entregó, volvió a alzar el estandarte de Santiago, subió a lomos de su caballo y emprendió la marcha junto a su escolta.

Volví a toser y justo antes de desplomarme, García me sostuvo para depositarme con la mayor suavidad posible sobre el suelo. Todo se volvió borroso: las pisadas de mis compañeros que se hallaban junto a mí comenzaron a sonar lejanas, la luz del sol que atravesaba las copas de los árboles tornó difusa y las imágenes que veía se empezaron a intercalar con períodos de oscuridad. Lejana también oía la voz de García, gritándome para mantenerme despierto, pero no podía luchar más, había dado todo por mi cruz, hasta la última gota.