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El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

lunes, 21 de agosto de 2017

¿Se ha torcido mi pluma?

Vuelvo a estar plantado ante el papel, recurriendo a él como socorro para mi insomnio. Llevo muchos días intentando llenar con letras una hoja, o media, o tan siquiera un mísero párrafo. Quizá quejarme de la falta de inspiración sea la mejor forma de acercarme a ella, no lo sé. Ansiaba reencontrarme con la escritura, volver a fundir la tinta con la hoja en un intento de componer un texto digno de ser leído. He intentado escribir sobre amores, sobre el campamento de ADiVa (mi segunda familia), sobre las dudas que pusieron sitio a mi conciencia a mi regreso de A Coruña, sobre mi nuevo yo, mucho más frío de lo que jamás había imaginado. Ni siquiera sé a dónde quiero llegar en este texto, aunque sí sé sé sobre qué me hubiera gustado escribir: otra fantasía en tierras andaluzas, otra historia con olor a azahar, otro amor imaginario al que elevar a los altares mientras aguardo solo en el acantilado de mi existencia, la llegada de alguien a quien sentar junto a mí en la Caleta, a quien llevar del brazo a la Maestranza, a quien cantar al oído en el barrio Santa Cruz...

El boli ya ha cogido polvo y el cuaderno se ha resistido a volver a abrirse tras tanto tiempo sin ser llamado.

Han llamado a la puerta de mi conciencia voces de un pasado feliz, y a la vez triste, voces de posibles ilusiones, y voces que me imperan que tome decisiones difíciles.

¿Por qué finjo querer escribir o despejarme, cuando lo que ansío gritar es que mi romanticismo se ha secado tanto que ya no es capaz de crear ni siquiera un par de líneas? ¿Dónde está aquel alma impetuosa, que a partir de un atardecer, convertía un soneto de Quevedo en algo carente de sentimiento?


Hoy el papel ha vuelto a bailar con mi boli un vals de despedida, pues temen que, quizá, la siguiente espera sea eterna, y nunca vuelvan a enlazarse sus líneas y su tinta, en el bello arte de la escritura. Ojalá no sea así, y pronto vuelva a saber de mí, querido lector, pero las líneas forzadas, nunca fueron mi intención en esta aventura.

jueves, 17 de agosto de 2017

Nunca pensé que fuera a volver

Nunca pensé que fuera a volver, pero allí estaba. Volví a ese pueblecito del norte de Londres, a esa pequeña localidad justo al lado de la ilustrada y laureada Cambridge. Hacía el mismo frío que entonces, el mismo viento y el mismo escaso sol.

Crucé aquel puente sobre la autovía y recorrí la calle principal de ese lugar que había sido mi casa durante algo menos de un mes. La vida seguía igual, esa calle flanqueada por sus típicas casas británicas que tan extrañas me resultaban y tan distintas a las españolas. La carretera quedaba separada de la acera por un estrecho pasillo de césped y algún que otro árbol.

Seguí avanzando, llegué a la iglesia, oscurecida por la humedad de tan antipático clima, y continué mi marcha unos pocos metros más… La academia. Muchas horas estuve allí, conociendo a gente magnífica, disfrutando con cada conversación. No fue inglés lo que más aprendí allí, ni mucho menos.

Después de girar a la derecha, avancé cien metros y miré a mi izquierda, “The George”, bienvenidos al palacio donde descansábamos de tan extenuante estudio, donde compartimos insultos en español, turco, italiano, alemán… donde intenté aprender a jugar al billar, donde vi al Madrid ganar la supercopa y a Mourinho conseguir su primer trofeo con el United. Donde descubrí a un joven de Bilbao con el que se podía hablar durante horas. Donde entablé amistad con todo el Mediterráneo, y donde vi una de las sonrisas más bonitas que he tenido la oportunidad de admirar. Allí fui feliz, en ese pequeño pub británico, donde tuvieron que hacerme callar no entendían que un gol en el 118’ se celebrara así, porque no estaban acostumbrados al tono habitual de los mediterráneos cuando somos felices. Allí encontré mi sitio entre tanta gente.


Pero aún faltaba un sitio que visitar en aquel pueblo, y para ello debía volver a cruzar el puente sobre la autovía…

“Girton College”, otro edificio de corte británico, oscurecido por la humedad y encerrado entre altísimos árboles. Residencia universitaria de Cambridge y lugar donde vivían aquellos que no habían elegido la opción de convivir con una familia inglesa.

Me asomé al recinto, y tras unos arbustos muy bien cuidados vislumbré la silueta del edificio, escondido tras la vegetación. La última vez que estuve allí, sólo llegué al recibidor, no me atreví a dar un paso más, me temblaron las piernas, sí, lo admito, tuve miedo aquel día de agosto, y en mi regreso no quise acercarme al umbral de la puerta. Aún persistía en mí un dolor que me costaba camuflar.

Sé fuerte, confía en ti…”, me pareció escuchar en el viento. Palabras pronunciadas por un fantasma del pasado, quizá un pasado demasiado bello como para recordarlo. Allí me miró a los ojos por última vez, allí fue el último sitio donde me sonrió. ¿Por qué no me atreví a cruzar el recibidor? ¿Por qué me quedé en la entrada de aquel lugar, deseando investigar cada pasillo de aquel complejo puzle?

Sólo me quedaba una parada, mi parque. Aquel rinconcito de recreo infantil justo a escasos metros de la que fue mi casa, donde escribí palabras llenas a un corazón vacío, donde canté cada tarde, donde me columpiaba cuando llegaba por la noche, y donde una alianza turcoespañola me ayudó a seguir disfrutando de aquel fantástico viaje.

De pronto, me sentí empapado, y con la boca llena de agua de mar. Abrí los ojos; volvía a estar en esa playa conmigo mismo. Las olas chocaban contra mí, incesantes. Me incorporé y volví a acercarme a mi corazón, que reposaba con una sonrisa en el rostro, apoyado sobre la pared de roca.

Si vuelves allí no podré rescatarte, aún tienes demasiados vínculos con los rincones de aquel lugar. No dejes que la pena te lleve a buscar esa voz en el pasado, si quieres volver a oírla, búscala ahora, en el presente, en el mundo real, y deja las fantasías para los que no tienen el valor para intentarlo una y otra vez. Ahora vete, ya has pasado demasiado tempo aquí abajo. Vuelve al mundo real, y cuando tengas otro rato libre, baja y hablaremos tranquilamente, hasta entonces, vive. Adiós.

Me guiñó un ojo y la playa se cubrió de bruma hasta que todo tornó en una homogénea y gris espesura.


Un claxon me sacó del ensimismamiento y terminé de cruzar la calle. ¿Hasta dónde llegaría por volver a ver esa sonrisa y volver a oír esa voz? ¿Lo conseguiría algún día? Me subí al autobús, y dejé que la memoria volviera a jugar conmigo, al fin y al cabo, puedo revivir esos momentos cuando quiera, pensé. El bus arrancó y la vida siguió su avance, impasible, como cada día. 

martes, 15 de agosto de 2017

"Él vive en ti"

La escalera de la playa de la Fontanilla gruñó cuando posé mi pie sobre el primer escalón, rechazando mi visita, como un perro que ladra a un dueño que lo trata mal. Cada peldaño emitía un quejido cuando tenía que soportar mi peso sobre él. El sol, comenzaba su romance con el mar al besar su superficie sobre la línea del horizonte, cuando por fin alcancé la fina y templada arena de la playa.

Me quito los zapatos y empiezo a andar descalzo hacia la costa. Justo antes de llegar a la arena húmeda dejo los zapatos sobre la parte seca y continúo mi camino hacia el incesante empuje del mar contra la tierra. Me invade una profunda sensación de soledad mientras el sol termina de entregarse al amor con el mar, atravesando por completo el horizonte, y cediendo el protagonismo sobre el escenario que es la bóveda celeste, a la luna, con sus brillantes compañeras las estrellas. 

De pronto, unos brazos rodean mi cintura con un cariño como nunca antes había sentido. Acaricio tus finas manos mientras contemplo la inmensidad del Atlántico. La primera lágrima cae desde mi mejilla derecha hasta que llega a tus manos, tú la sientes, y empiezas a rodearme para ponerte frente a mí. Liberas tus manos y con la derecha acaricias mi mejilla izquierda, me besas, y me susurras al oído "él vive en ti".