Entrada destacada

El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

lunes, 12 de septiembre de 2016

Odio y soledad

Hago una recomendación previa al lector para que lea estas líneas acompañadas de la obra de Mattia Cupelli "Ink" que considero perfecta para este relato.

Aún recuerdo el traqueteo de los mosquetes resonando en mi oído acompañado de los gritos de aquellos que caían presos de las balas de plomo que cruzaban el aire en busca de un blanco. Recuerdo la soledad que sentí, rodeado de muerte, rodeado de fuego, rodeado de mis compañeros. Parecía como si todo se hubiera detenido a mi alrededor y alguien quisiera que observara de cerca la escena.
La sangre estaba por todas partes, el sonido de los cañones atravesaba mis oídos y proporcionaba a ese instante una banda sonora perfecta. Allí estaba yo, con mi espada aún goteando sangre del último adversario, la ropa teñida de rojo y negro, mi respiración profunda para recuperar el aliento, entrecortada de vez en cuando por el humo del combate. Erguido en medio de aquella de mole de madera, rodeada de otros de nuestros barcos, así como de las naves otomanas. Me sentía terriblemente sólo, a pesar de la incesante acción que estaba teniendo lugar en torno a mí, el tiempo se había ralentizado dentro de mi cabeza, y todo tomó un cariz distinto. La guerra era mi vida, la violencia era mi salida, la forma de canalizar mi pasión, el amor a mi bandera, a mi rey, a mis compañeros, el respeto a las órdenes, todo ello se sumaba a mi incansable sed de sangre.

De pequeño el odio me había invadido como el agua penetra en el casco de un navío que choca contra un arrecife, inundándolo todo, nublándome el sentido, diluyendo mi inocencia y mi infancia en un caldo de locura y agresividad.

Pero en ese momento el odio estaba ausente, tuvo un pequeño descuido, y su ausencia me hizo sentir totalmente sólo y vacío. Después de tantos años como único soporte de mi personalidad, su breve marcha destrozó mi mente dejándome inmóvil sobre la cubierta de aquel barco… Mi vida estaba vacía sin odio, extrañamente vacía, el odio no podía ser el combustible de mi vida, no podía hacerme eso. Puedo convertir el odio en energía para mi pluma o en decisión para afrontar un determinado desafío, pero no como pilar de mi conciencia.

Un cañonazo me sacó de mi ensimismamiento, empuñé la espada con más fuerza, ayudé a un compañero a levantarse, y me lancé con el resto de soldados al abordaje de otra de esas naves moriscas.

Cuanta sangre, cuanta muerte, cuanta violencia, cuanto odio… El mar quedó teñido de rojo, así como plagado de los restos de las flotas que en ese día combatieron. El hedor era insoportable, pero en el combate no te paras a comprobar el aroma de la guerra, sólo aspiras a que el humo de la pólvora no te queme los pulmones y te deje seguir peleando, por tu vida o por tu rey.

No sé cuántos cuerpos atravesé en aquella jornada, a cuantos ojos arranqué el brillo de la vida, a cuantos corazones privé del calor de la sangre… Sólo sé que cuando acabó todo, cuando al fin pisé las costas españolas, me tumbé en la arena y lloré, no por los muertos, no por el horror que presencié, eso apenas me afectaba después de vivirlo tantas veces, lloré por la sensación de vacío que había sentido, lloré de rabia al ansiar poder vivir de algo que no fuera el odio. No pensaba en dejar el ejército, pensaba en mí, en cómo viviría tranquilo y en paz si sólo era capaz de encontrar sentido a la existencia gracias al odio.

Las lágrimas caían sobre la arena y al poco rato la siguiente ola se las llevaba al mar para que se encontrasen con todas aquellas lágrimas que han sido derramadas sobre el mar, por amor, por la guerra, o incluso aquellas que brotan de felicidad. Pero, de pronto, vi las sombras de varios hombres que esperaban de pie, delante de mí, a que me levantara y siguiéramos nuestro camino a casa. Mis compañeros, mis hermanos, mi vida, mis pilares. Entonces comprendí que el odio es sólo un acelerador de emociones que hay que aprender a llevar, pero que los cimientos de mi vida, descansaban sobre los hombros de aquellos soldados que habían derramado sangre y sudor junto a mí, y me habían visto caer innumerables veces, y siempre tuvieron una mano para tirar de mí.

Gracias soldados, nos veremos en el campo de batalla…

jueves, 1 de septiembre de 2016

Sentado en tu regazo

No se oía nada en el cementerio, sólo el paso de algún coche por la carretera nacional que pasaba cerca de aquel santo lugar. Llegué y dejé la bici apoyada en los muros de adobe de ese siniestro recinto. El atardecer dotaba a los cipreses de un aspecto tremendamente nostálgico, algo que iba bastante de la mano con lo que ocurría con mis sentimientos.
Atravesé el camino principal, flanqueado por cipreses que delimitaban las calles adyacentes, allí donde descansaban los que ya no estaban aquí… Finalmente, me planto delante de una grisácea lápida de mármol y me agacho para rozar con los dedos las tres letras impresas en la parte baja de la lápida DEP, descansa en paz abuelo consigo decir ente susurros, nadie salvo él podía oírme en ese momento. Estaba solo, bueno, teóricamente. Cualquier persona que me hubiera visto hubiera dicho que estaba solo, pero no lo estaba, y por ello, decidí hablar con mi interlocutor.
Estaba a punto de afrontar un momento que llevaba atemorizándome desde que algunos años atrás, en ese mismo sitio, frente a esa misma lápida, mi corazón se rompió en mis pedazos y mi padre tuvo que esconderme entre sus brazos para que mi llanto no preocupara a mi madre. Tenía pavor a ponerme a llorar desconsoladamente, como ya había hecho alguna vez en la intimidad de mi cuarto, por el recuerdo de aquel que se fue antes de tiempo.
Hola abuelo, comencé a decir en voz alta. Las palabras salían de mi boca después de haber estado encerradas en mi mente durante años. Me sentía feliz, estaba hablando con mi abuelo, él estaba allí, escuchando lo mal que me iba con las mujeres, y me sigue yendo, lo mucho que le echaba de menos, mis ilusiones, mis miedos, mi vida… esa que no había podido compartir con él, esa que veía tan valiosa a veces, y tan absurda e innecesaria otras.
Había en aquel lugar una atmósfera de intimidad que podría llegar a describir como cálida. Las luces del crepúsculo y la suave temperatura propia del mes de julio daban al cementerio un aspecto mucho menos hostil y frío que de costumbre. A pesar del temor que tenía a resquebrajarme en cuanto soltase la primera palabra, pero no fue así. Salí de aquel cementerio sintiéndome mucho mejor, sabiendo que mi abuelo había agradecido la visita, sabiendo que él había escuchado cada palabra que le dije.
Cogí de nuevo la bici y aproveché que quedaba aún un buen rato de luz y que todavía no se me echaría de menos en casa, y disfruté del atardecer, del sonido de la suave brisa meciendo las hojas de un anciano álamo, así como el lejano zumbido de los insectos entorno a una acequia cercana. Me sentía libre, me sentía extrañamente feliz, y eso sí que era raro.

No puedo decir que fuera un momento alegre, pero no fue un suceso negativo, fue algo precioso, un momento que recordaré siempre. Porque no recuerdo haberme sentado nunca en el regazo de mi abuelo a contarle como había sido mi día, y supongo que en ese  momento aproveché para contarle cómo habían sido mis últimos 14 años. Te prometo abuelo, que para la próxima visita, no te haré esperar tanto.