Hago una recomendación previa al lector para que lea estas líneas acompañadas de la obra de Mattia Cupelli "Ink" que considero perfecta para este relato.
Aún recuerdo el
traqueteo de los mosquetes resonando en mi oído acompañado de los gritos de
aquellos que caían presos de las balas de plomo que cruzaban el aire en busca
de un blanco. Recuerdo la soledad que sentí, rodeado de muerte, rodeado de
fuego, rodeado de mis compañeros. Parecía como si todo se hubiera detenido a mi
alrededor y alguien quisiera que observara de cerca la escena.
La
sangre estaba por todas partes, el sonido de los cañones atravesaba mis oídos y
proporcionaba a ese instante una banda sonora perfecta. Allí estaba yo, con mi
espada aún goteando sangre del último adversario, la ropa teñida de rojo y
negro, mi respiración profunda para recuperar el aliento, entrecortada de vez
en cuando por el humo del combate. Erguido en medio de aquella de mole de
madera, rodeada de otros de nuestros barcos, así como de las naves otomanas. Me
sentía terriblemente sólo, a pesar de la incesante acción que estaba teniendo
lugar en torno a mí, el tiempo se había ralentizado dentro de mi cabeza, y todo
tomó un cariz distinto. La guerra era mi vida, la violencia era mi salida, la
forma de canalizar mi pasión, el amor a mi bandera, a mi rey, a mis compañeros,
el respeto a las órdenes, todo ello se sumaba a mi incansable sed de sangre.
De pequeño el odio
me había invadido como el agua penetra en el casco de un navío que choca contra
un arrecife, inundándolo todo, nublándome el sentido, diluyendo mi inocencia y
mi infancia en un caldo de locura y agresividad.
Pero en ese
momento el odio estaba ausente, tuvo un pequeño descuido, y su ausencia me hizo
sentir totalmente sólo y vacío. Después de tantos años como único soporte de mi
personalidad, su breve marcha destrozó mi mente dejándome inmóvil sobre la
cubierta de aquel barco… Mi vida estaba vacía sin odio, extrañamente vacía, el
odio no podía ser el combustible de mi vida, no podía hacerme eso. Puedo convertir
el odio en energía para mi pluma o en decisión para afrontar un determinado
desafío, pero no como pilar de mi conciencia.
Un cañonazo me
sacó de mi ensimismamiento, empuñé la espada con más fuerza, ayudé a un
compañero a levantarse, y me lancé con el resto de soldados al abordaje de otra
de esas naves moriscas.
Cuanta sangre,
cuanta muerte, cuanta violencia, cuanto odio… El mar quedó teñido de rojo, así
como plagado de los restos de las flotas que en ese día combatieron. El hedor
era insoportable, pero en el combate no te paras a comprobar el aroma de la
guerra, sólo aspiras a que el humo de la pólvora no te queme los pulmones y te
deje seguir peleando, por tu vida o por tu rey.
No sé cuántos
cuerpos atravesé en aquella jornada, a cuantos ojos arranqué el brillo de la
vida, a cuantos corazones privé del calor de la sangre… Sólo sé que cuando
acabó todo, cuando al fin pisé las costas españolas, me tumbé en la arena y
lloré, no por los muertos, no por el horror que presencié, eso apenas me
afectaba después de vivirlo tantas veces, lloré por la sensación de vacío que
había sentido, lloré de rabia al ansiar poder vivir de algo que no fuera el
odio. No pensaba en dejar el ejército, pensaba en mí, en cómo viviría tranquilo
y en paz si sólo era capaz de encontrar sentido a la existencia gracias al
odio.
Las lágrimas caían
sobre la arena y al poco rato la siguiente ola se las llevaba al mar para que
se encontrasen con todas aquellas lágrimas que han sido derramadas sobre el
mar, por amor, por la guerra, o incluso aquellas que brotan de felicidad. Pero,
de pronto, vi las sombras de varios hombres que esperaban de pie, delante de
mí, a que me levantara y siguiéramos nuestro camino a casa. Mis compañeros, mis
hermanos, mi vida, mis pilares. Entonces comprendí que el odio es sólo un
acelerador de emociones que hay que aprender a llevar, pero que los cimientos
de mi vida, descansaban sobre los hombros de aquellos soldados que habían
derramado sangre y sudor junto a mí, y me habían visto caer innumerables veces,
y siempre tuvieron una mano para tirar de mí.
Gracias soldados,
nos veremos en el campo de batalla…

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