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jueves, 20 de octubre de 2016

Me obligaste a escribirlo

Reposaba en aquella colina con la espada y el escudo  apoyados sobre una roca aun goteando sangre del último enemigo que había osado plantarse frente a mí. Desde allí veía la planicie donde se había desatado el infierno minutos antes…

Los muertos copaban el campo de batalla, los estandartes raídos y cubiertos de sangre descansaban sobre sus postes a punto de quebrarse. Los caballos relinchaban mientras sus jinetes los tranquilizaban tras haber combatido toda la tarde. Los hombres callaban mientras montaban sus tiendas y establecían el campamento en las inmediaciones del campo de batalla, con el olor putrefacto de la guerra aún llenando el aire, impregnado en las armaduras de los hombres.

Y allí estaba yo, solo, buscando la manera de acabar con tanto odio, con tanta ira, pero sin ningún resultado… En la lejanía veía tu fortaleza, negra como tu corazón, inexpugnable y rodeada de todo el veneno que producen tus mentiras. Y tú, oculta en tu castillo, contemplas cómo me revuelvo en rabia y odio, cómo torturo a cada uno de los hombres de tu ejército que he capturado. Cómo los arranco las extremidades, los hago sangrar, los hago sufrir, los hago gritar… y sus gemidos se oyen por toda la explanada.  Ninguno suelta prenda, ninguno osa desvelar los secretos de tu castillo… quizá ninguno los conoce. 

Ansío estar frente a ti, y pagarte con violencia tus patrañas. Deseo devolverte con cada puñalada todo el dolor causado, con cada puñetazo toda la rabia acumulada, con cada patada, cada mentira que me creí. Ansío verte sufrir, y saber que sufres por mi culpa, ansío verte tendida en el suelo pidiendo clemencia, ansío poder ver la vida abandonando tu cuerpo…

Mis hombres desmontan el campamento y se preparan para marchar sobre tu fortaleza. Tu guarnición está menguada, tus hombres están débiles y tú estás sola, sin ayuda. Las catapultas arrasan tus muros y mis arqueros incendian el interior de tu castillo. Mis hombres avanzan por el puente hasta tu misma puerta cargando con el ariete.

La puerta cae y suenan los relinches de los caballos y el impacto de las herraduras con la piedra del puente. Yo y mi guardia atravesamos las puertas y cargamos contra los pocos hombres que aún sostienen las defensas. Caen bajo las patas de nuestros caballos que aplastan sus cabezas y quiebran sus escudos derramando sangre por todo el patio. De pronto, los estandartes de la puerta caen y son reemplazados por el escudo de mi casa. La batalla ha terminado, tus defensas han caído, pero aún sigues viva…

Dejo a mis hombres atrás y entro en el castillo. Está frío, oscuro y húmedo. Tan parecido a ti… Cada rincón esconde una sombre, cada ventana proyecta una lúgubre luz sobre los pasillos que le dan un toque siniestro a tu casa. Empiezo a subir las escaleras, hasta arriba, hasta tu torre, donde acabarán tus mentiras, acabarán los juegos, donde todo acabará…

Al llegar arriba me reciben dos corpulentos hombres con tu escudo plantado en sus férreas armaduras y empuñando pesadas espadas de acero. Poco después sus cabezas ruedan escalera abajo; nada me va a detener, hoy no.
Empiezo a empujar la puerta de tu estancia. Embisto con todas mis fuerzas, la puerta cruje y las bisagras chirrían. Sigo embistiendo, sigo forzando aquella puerta que aún te mantiene a salvo. Cojo carrerilla, comienzo a correr, cargo el hombro, me lanzo contra la puerta y ésta cae pesadamente contra el suelo de mármol.

Allí estás tú, de pie pegada al borde de tu cama, con una pequeña daga sostenida por tu precario pulso, tus piernas tiemblan y empiezas a sudar. Noto tu miedo y lo disfruto, comienzo a andar despacio, dejando que el ruido de mi armadura aumente más tu temor. Aún tengo el yelmo sobre la cabeza con el rostro tapado.

Levanto la visera, te miro directamente a los ojos, y los tuyos de pronto recobran parte de su fuerza. “No me vas a hacer nada, no eres capaz, aún te atormento…” Pero un hombre vacío ya no responde a tormentos, sólo al odio y a sus sed de violencia.

Caes al suelo después de que te pegue un tortazo con el revés de mi mano derecha aún cubierta por el hierro de mi armadura. La sangre empieza a brotar por la comisura de tu labio, dejando caer una gota sobre el suelo, y el miedo vuelve a llenar tus ojos, empiezas a pedir clemencia, pero ya es tarde, tuviste años para mostrarte amable, pero tu tiempo se agotó. Te ato de pies y manos, enrollo la cuerda entorno a tu cintura y ato el otro extremo al pie de tu cama. “¿Qué pretendes, qué me vas a hacer?” pero yo ya no te escucho, decidí no hacerlo tiempo atrás…

Te agarro y sin más miramientos te lanzo a través de tu ventana. Atraviesas los cristales y caes golpeándote la cabeza contra los muros de tu castillo. Todos mis hombres pueden verte sangrar desde el patio, todos pueden ver cómo te meces colgada de la cuerda.

En ese momento empiezas a oír un sonido peculiar, te resulta familiar ¿no es cierto? Tus cuervos vuelven a su torre, pero antes, glorificarán a su ama. Yo abandono tu habitación y empiezo a incendiar estancias a mi paso. Todo será pasto del fuego, todo quedará destruido.

Mientras bajo empiezo a oír tus gritos entremezclados con los graznidos de tus cuervos. Una sonrisa asoma en mi gastado rostro, eres pasto de tu maldad, caes por tu propio peso y yo no tengo las manos manchadas de sangre, al menos no una de ellas.

Mi ejército empieza a abandonar tu castillo que ya es pasto de las llamas. Justo antes de que yo abandone el lugar el último, me giro y miro hacia arriba, donde una bandada de cuervos se da un festín con un cuerpo inerte, y justo en ese instante, el fuego quema la cuerda, y tu cadáver cae al suelo, haciendo reventar tu cabeza y repartiendo tus sesos por el suelo… “Se acabó, ahora intenta mentir en el infierno zorra

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