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El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

jueves, 29 de noviembre de 2018

He arriado mi bandera


Apenas me resulta razonable el mero respirar, no hay sentido en ello, apenas hay necesidad, no hay motivo. Se ha oscurecido el día, se ha escapado el sol y se ha llevado consigo la luz y el calor. No hay nadie en la cala, mi corazón también se ha ido, no tenía función en mi nuevo yo, nada la tiene en realidad, no parece haber razón para avanzar, no hay luz al final del túnel porque no hay túnel, no hay camino que seguir, ya no hay dirección que tomar.

Apenas soy capaz de expresarme, sin corazón resulta difícil poner los sentimientos sobre papel. La otrora fortaleza inexpugnable de caballeros corteses, de adalides de la caballería andante, mi reino ha caído en las fosas de lo oscuro, absortos en las almenas, contemplando el sol cruzar el cielo día tras día, echando a perder nuestros cuerpos y espíritus. Las armas pierden su filo, las armaduras se oxidan y nuestros sueños se ahogan bajo el peso del tiempo. Los estandartes ya no brillan y las cornetas ya no suenan…


La antaño viva fortaleza se ha convertido en un páramo de soledad, el fuerte que en otro tiempo fuera un revuelo de grandes hombres se halla en completo silencio, sumido en la más absoluta oscuridad. Tan sólo una luz en lo alto de una estrecha y solitaria torre, la luz de un pequeño candil que alumbra una pequeña estancia. En ella, sólo hay dos estanterías repletas de libros, completo y absoluto desorden, y un pequeño escritorio ubicado bajo la ventana con unos cuantos papeles sobre él, y otros muchos debajo. Junto a ellos, sólo queda un tintero vacío y una pluma rota…

domingo, 9 de septiembre de 2018

Las líneas de mi costa

Supongo que el error está en mí, que hay algo que hago mal sistemáticamente, que de una manera u otra, soy siempre yo el responsable del desastre. La pregunta siempre será el cual, ¿cuál es mi tan señalado error? Miro el constante ir y venir del mar en un plácido atardecer de septiembre. La Costa de la Luz y sus destellos a la hora del ocaso, todo es pura belleza, pero el aire huele a despedida, no a "adiós", sino más a un melancólico "hasta luego", como si cada pequeña ola de esta suave bajamar fuera un pequeño intento del mar por no separarse de mí, un último abrazo antes de marchar, un último beso antes de partir... 


He conocido la belleza en esta bahía de Conil, en su enorme playa, seguida por un litoral de pequeños acantalidados que culminan en un discreto cabo coronado por el faro. La luz de la tarde aquí inunda el alma, fluye por mí como un riachuelo se abre hueco entre las rocas. El brillo del pueblo, blanco todo él, al reflejar las luces del sol poniente, el murmullo del Atlántico, muy tranquilo y nada revuelto que parece querer detenerse a mirar la obra de arte que es el golfo de Cádiz, cuya belleza culmina en su capital, la Habana Española. 

Empecé este texto melancólico, buscando salida a mis demonios, y ahora, mientras el sol acaba de esconderse, dejando un precioso color añil sobre el horizonte, pienso que no hay error alguno en vivir y obrar como el corazón dicte, sino que el verdadero problema, sería vivir ignorando lo que éste nos dice. Por eso nunca dejaré que mi cabeza frene mi muñeca al escribir, porque esto es algo mío, parte de mi propia belleza, y al igual que en esta preciosa bahía, cada letra, palabra y párrafo, es una pequeña ola que se niega a decir adiós, que no quiere despedirse, porque hay mucho más en mí, de lo que se ve desde la costa. Gracias Cádiz, gracias.

lunes, 27 de agosto de 2018

Entre tu calle y tu sonrisa

En la calle no se oía ningún ruido, sólo estábamos tú y yo protegidos por la belleza de la noche, zigzagueando entre calles, besándonos en cada esquina, sonriéndole a la Luna. Sin embargo, a pesar del silencio, un atronador ruido asediaba mi mente, los agolpados latidos de mi corazón, y no por la última carrera que me había pegado persiguindote por robarme un beso con esa sonrisa, sino porque quería vivir el momento más de una vez, disfrutarlo como si no fuera un paseo sino diez, o más, y no un beso sino veinte.

La enésima esquina, la enésima farola que nos observó aquella noche, la enésima pared contra la que me besaste, mis dedos rozando tu cuello, tú mordiendo mi labio inferior, tu cadera contra la mía y tu risa justo antes de privarme del último beso y volver a salir corriendo hacia la siguiente plazuela o calleja, pero el sitio me resultaba familiar. Era el punto de partida, la ruta ha acabado y toca volver a casa.



Son las dos de la mañana y el aire de un recién llegado otoño callejea por la ciudad. Te estremeces de frío, yo también pero no te das cuenta, te pongo mi cazadora sobre los hombros no sin que te resistas y enfilamos el camino a tu portal. Preciosa te susurro al oído mientras buscas tus llaves, Es una ciudad bellísima me dices sonriendo mientras das con la llave del portal, la cerradura cede y empujas la puerta para entrar. Una vez dentro me sonríes y empiezas a quitarte mi cazadora para devolvérmela, Sí, la ciudad también es bonita.

Te ríes y en ese instante te empujo contra el ascensor, la cazadora cae al suelo pero poco importa. Vuelvo a posar mis dedos en tu cuello mientras mi mano izquierda se aferra a tu cadera. La puerta del ascensor se cierra y vuelve la calle a sumirse en el más absoluto silencio, como una noche de verano interrumpida por una súbita tormenta cuyo olor lo inunda todo...

martes, 12 de junio de 2018

He soñado contigo, mi querida musa


Hoy he vuelto a sollozar por la noche por amor, no sé si por su presencia o por su ausencia, pero sé que era amor, porque me costaba respirar como antaño, cuando me tenía que abrazar a la almohada para intentar que su frescor me tranquilizase. Intenté ahogar los sollozos en música, pero han aprendido a navegar con las notas del piano de Mattia Cupelli, y no sólo no se hundieron sino que surcaron aquel mar y desataron una tempestad, arrastrando el oleaje todas la lágrimas que había logrado encerrar.

Veía reflejos, imágenes borrosas de aquello que temía, aquello con lo que soñaba, aquello que deseaba. Muchas imágenes vi esta noche y todas me arrastraron hacia la marejada desatada en mi subconsciente. Me despertó una corriente de aire, en una habitación con la puerta y la ventana cerradas, en la que mi cama aún se mecía con las últimas olas de aquella tempestad.

Me desperté buscando esa sonrisa con la que había soñado, escudriñando la oscuridad de mi cuarto, esperando escuchar esa risa, pero sólo me respondió el eco de mis sollozos, eso era lo único que escupía aquella oscuridad.

Mi corazón se había refugiado tanto tiempo en aquella celda de hielo que el primer latigazo de calor lo quebró en mil pedazos, dejándolo inútil e indefenso, dispersado por cada rincón de la habitación. Sentí un profundo agujero en el pecho, algo incapaz de llenar, y que iba haciéndose cada vez más grande, absorbiéndome.

Sudaba, estaba aterrado, me palpé el pecho y noté cómo se me hundían las costillas, poco a poco, como si se estuvieran sumergiendo en un pozo. Me faltaba el aire, ya casi no podía respirar y empecé a patalear sobre la cama, desesperado. Comencé a perder el conocimiento, se me cerraron los ojos y me desplomé sobre la cama.

Navegaba en la inmensidad de la nada, meciéndome con el sonido de su voz y de su risa, aquella risa… Cada vez me movía más despacio y la risa se oía más y más lejana. Cerré los ojos y volví a ver aquella sonrisa.



Me incorporé sobre mi cama tomando una enorme bocanada de aire, como si hubiera estado aguantando la respiración. Mi cama era un desastre, apenas tenía un pie tapado por las sábanas y todo estaba desordenado. Yo estaba totalmente empapado en sudor y pálido como una fría mañana de invierno.

No tengo un corazón para guardar emociones, sino para vivirlas

Gracias musa por volver a mis brazos.


jueves, 29 de marzo de 2018

Hasta el último aliento

Cuando García llegó a mi encuentro, yo yacía recostado sobre un árbol, empapado en sangre. Los cadáveres de tres musulmanes yacían ante mí, pálidos tras abandonar este mundo bajo el filo de mi espada, que, alejada ya de mí, se hallaba sobre los hierbajos a los pies del árbol.

Cuando mi compañero se detuvo junto a mí, quedó perplejo por lo que vio. Tres flechas cruzaban la cota de malla, una atravesaba mi hombro izquierdo, motivo de que mi escudo estuviera a más de 15 metros de donde yo exhalaba mis últimas bocanadas de aire; la otra había penetrado mi abdomen sobre el ombligo. La antes impecable tela blanca que cubría mi armadura, ahora lucía estelas de sangre que del vivo rojo que brotaba en mi herida se había convertido en un granate negruzco al secarse sobre la tela.


Poco a poco, algunos compañeros más se fueron acercando a mí, signo evidente de que el combate tocaba a su fin. En la cima de la colina se escuchó un relincho, y un caballo negro con un jinete acorazado sobre su lomo comenzó a acercarse a mí con trote nervioso. El caballero portaba nuestro estandarte de Santiago en su larga lanza, y un yelmo brillante cubriendo su cabeza y ocultando su rostro.

Al llegar frente a mí, descendió de su montura y una vez posó sus pies sobre el suelo, dejó caer la lanza y comenzó a acercarse mientras el roce de la cota de malla acompañaba su paso. Una vez ante mí, García me ayudó a incorporarme, Señor, no lograron pasar, el frente aguantó, giré la cabeza para toser y un chorro de sangre salió de mi boca.

Tremendamente debilitado, volví a enfrentarme al caballero que aún no había movido un músculo. Se retiró el yelmo y los ojos de mi padre centellearon tras exponerse a la claridad del día. Un gesto serio acompañado de un sobrio apretón de manos precedió a su cierre de la conversación. Recupérese soldado, volverán. Reagrúpense y mañana inicien la marcha. Apenas podía sostenerme y me costaba horrores no volver a toser. Santiago está orgulloso de ustedes caballeros. Se agachó y recogió mi espada que aún goteaba sangre. No se despegue de ella soldado. Me la entregó, volvió a alzar el estandarte de Santiago, subió a lomos de su caballo y emprendió la marcha junto a su escolta.

Volví a toser y justo antes de desplomarme, García me sostuvo para depositarme con la mayor suavidad posible sobre el suelo. Todo se volvió borroso: las pisadas de mis compañeros que se hallaban junto a mí comenzaron a sonar lejanas, la luz del sol que atravesaba las copas de los árboles tornó difusa y las imágenes que veía se empezaron a intercalar con períodos de oscuridad. Lejana también oía la voz de García, gritándome para mantenerme despierto, pero no podía luchar más, había dado todo por mi cruz, hasta la última gota.