Apenas
me resulta razonable el mero respirar, no hay sentido en ello, apenas hay
necesidad, no hay motivo. Se ha oscurecido el día, se ha escapado el sol y se
ha llevado consigo la luz y el calor. No hay nadie en la cala, mi corazón
también se ha ido, no tenía función en mi nuevo yo, nada la tiene en realidad,
no parece haber razón para avanzar, no hay luz al final del túnel porque no hay
túnel, no hay camino que seguir, ya no hay dirección que tomar.
Apenas
soy capaz de expresarme, sin corazón resulta difícil poner los sentimientos
sobre papel. La otrora fortaleza inexpugnable de caballeros corteses, de
adalides de la caballería andante, mi reino ha caído en las fosas de lo oscuro,
absortos en las almenas, contemplando el sol cruzar el cielo día tras día, echando
a perder nuestros cuerpos y espíritus. Las armas pierden su filo, las armaduras
se oxidan y nuestros sueños se ahogan bajo el peso del tiempo. Los estandartes
ya no brillan y las cornetas ya no suenan…
La
antaño viva fortaleza se ha convertido en un páramo de soledad, el fuerte que
en otro tiempo fuera un revuelo de grandes hombres se halla en completo
silencio, sumido en la más absoluta oscuridad. Tan sólo una luz en lo alto de
una estrecha y solitaria torre, la luz de un pequeño candil que alumbra una
pequeña estancia. En ella, sólo hay dos estanterías repletas de libros,
completo y absoluto desorden, y un pequeño escritorio ubicado bajo la ventana
con unos cuantos papeles sobre él, y otros muchos debajo. Junto a ellos, sólo
queda un tintero vacío y una pluma rota…




