Entrada destacada

El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

martes, 12 de junio de 2018

He soñado contigo, mi querida musa


Hoy he vuelto a sollozar por la noche por amor, no sé si por su presencia o por su ausencia, pero sé que era amor, porque me costaba respirar como antaño, cuando me tenía que abrazar a la almohada para intentar que su frescor me tranquilizase. Intenté ahogar los sollozos en música, pero han aprendido a navegar con las notas del piano de Mattia Cupelli, y no sólo no se hundieron sino que surcaron aquel mar y desataron una tempestad, arrastrando el oleaje todas la lágrimas que había logrado encerrar.

Veía reflejos, imágenes borrosas de aquello que temía, aquello con lo que soñaba, aquello que deseaba. Muchas imágenes vi esta noche y todas me arrastraron hacia la marejada desatada en mi subconsciente. Me despertó una corriente de aire, en una habitación con la puerta y la ventana cerradas, en la que mi cama aún se mecía con las últimas olas de aquella tempestad.

Me desperté buscando esa sonrisa con la que había soñado, escudriñando la oscuridad de mi cuarto, esperando escuchar esa risa, pero sólo me respondió el eco de mis sollozos, eso era lo único que escupía aquella oscuridad.

Mi corazón se había refugiado tanto tiempo en aquella celda de hielo que el primer latigazo de calor lo quebró en mil pedazos, dejándolo inútil e indefenso, dispersado por cada rincón de la habitación. Sentí un profundo agujero en el pecho, algo incapaz de llenar, y que iba haciéndose cada vez más grande, absorbiéndome.

Sudaba, estaba aterrado, me palpé el pecho y noté cómo se me hundían las costillas, poco a poco, como si se estuvieran sumergiendo en un pozo. Me faltaba el aire, ya casi no podía respirar y empecé a patalear sobre la cama, desesperado. Comencé a perder el conocimiento, se me cerraron los ojos y me desplomé sobre la cama.

Navegaba en la inmensidad de la nada, meciéndome con el sonido de su voz y de su risa, aquella risa… Cada vez me movía más despacio y la risa se oía más y más lejana. Cerré los ojos y volví a ver aquella sonrisa.



Me incorporé sobre mi cama tomando una enorme bocanada de aire, como si hubiera estado aguantando la respiración. Mi cama era un desastre, apenas tenía un pie tapado por las sábanas y todo estaba desordenado. Yo estaba totalmente empapado en sudor y pálido como una fría mañana de invierno.

No tengo un corazón para guardar emociones, sino para vivirlas

Gracias musa por volver a mis brazos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario