En la calle no se oía ningún ruido, sólo estábamos tú y yo protegidos por la belleza de la noche, zigzagueando entre calles, besándonos en cada esquina, sonriéndole a la Luna. Sin embargo, a pesar del silencio, un atronador ruido asediaba mi mente, los agolpados latidos de mi corazón, y no por la última carrera que me había pegado persiguindote por robarme un beso con esa sonrisa, sino porque quería vivir el momento más de una vez, disfrutarlo como si no fuera un paseo sino diez, o más, y no un beso sino veinte.
La enésima esquina, la enésima farola que nos observó aquella noche, la enésima pared contra la que me besaste, mis dedos rozando tu cuello, tú mordiendo mi labio inferior, tu cadera contra la mía y tu risa justo antes de privarme del último beso y volver a salir corriendo hacia la siguiente plazuela o calleja, pero el sitio me resultaba familiar. Era el punto de partida, la ruta ha acabado y toca volver a casa.
Son las dos de la mañana y el aire de un recién llegado otoño callejea por la ciudad. Te estremeces de frío, yo también pero no te das cuenta, te pongo mi cazadora sobre los hombros no sin que te resistas y enfilamos el camino a tu portal. Preciosa te susurro al oído mientras buscas tus llaves, Es una ciudad bellísima me dices sonriendo mientras das con la llave del portal, la cerradura cede y empujas la puerta para entrar. Una vez dentro me sonríes y empiezas a quitarte mi cazadora para devolvérmela, Sí, la ciudad también es bonita.
Son las dos de la mañana y el aire de un recién llegado otoño callejea por la ciudad. Te estremeces de frío, yo también pero no te das cuenta, te pongo mi cazadora sobre los hombros no sin que te resistas y enfilamos el camino a tu portal. Preciosa te susurro al oído mientras buscas tus llaves, Es una ciudad bellísima me dices sonriendo mientras das con la llave del portal, la cerradura cede y empujas la puerta para entrar. Una vez dentro me sonríes y empiezas a quitarte mi cazadora para devolvérmela, Sí, la ciudad también es bonita.
Te ríes y en ese instante te empujo contra el ascensor, la cazadora cae al suelo pero poco importa. Vuelvo a posar mis dedos en tu cuello mientras mi mano izquierda se aferra a tu cadera. La puerta del ascensor se cierra y vuelve la calle a sumirse en el más absoluto silencio, como una noche de verano interrumpida por una súbita tormenta cuyo olor lo inunda todo...

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