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El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

martes, 12 de diciembre de 2017

El sabor de la Guerra

La sombra se extendía a los pies de la muralla, hasta donde el ojo humano no puede alcanzar. Miles y miles de hombres incrustados en hierro, fijando sus miradas en la reluciente armadura dorada sobre la enorme puerta del castillo. Los tambores resonaban a espaldas de aquellos hombres anunciando la llegada del equipo de asedio a las murallas de la fortaleza. No tardaron en llegar los gritos de júbilo ante el inminente ataque. 

Tras la muralla, los hombres terminaban de preparar las barricadas para defender cada punto clave del asentamiento, y en las murallas, los arqueros fijaban sus blancos ante la inevitable confrontación, mientras los más jóvenes distribuían antorchas por la muralla para prender los proyectiles.

Justo sobre la puerta, en el centro de la muralla, nuestro comandante, envuelto en su armadura dorada, desafiaba al enemigo liderando la defensa de su fortaleza. Y ahí, tras ese hombre con una aureola dorada, casi divina, en torno a él, estaba yo, oculto tras mi armadura, contemplando la estampa. Algo en mí me hacía disfrutar de aquel paisaje. Era consciente del inmediato peligro, pero a pesar de ello estaba ansioso por entrar en combate por enésima vez contra tan atroz enemigo.

Los gritos de aquellos salvajes asaltaban las murallas y se extendían por la ciudad, entrando en las casas de ricos y pobres, todos unidos por un sentimiento común y omnipresente: el Miedo.

Observé a mi rey, absolutamente quieto, firme en su puesto ante la tempestad, nunca lo había visto así, aquel conservador general que optaba siempre por la solución menos arriesgada, ahora se hallaba enfrentado al enemigo con un severo aire nostálgico.

A los pies de la muralla, los tambores cesaron y la tensión se hizo insoportable. Un grito llenó el valle y aquella masa negra, al unísono, se lanzó contra nuestra muralla. Las torres de asedio chocaron contra los muros mientras auténticas nubes de flechas asediaban a nuestros hombres. El combate se había iniciado y arrasaría con todo a su paso.

Aquella masa negra ascendió por las torres y se abalanzó sobre nuestros arqueros. Éstos, entrenados en todos los artes desde pronta edad, desenfundaron sus largas espadas, centelleantes, y dieron buena cuenta de aquella primera oleada. El enemigo no se preocupaba de la parte débil de su ejército, simplemente la enviaba como forma de cansar a nuestras tropas. Los charcos de sangre empezaron a acumularse sobre la muralla, los cadáveres enemigos eran lanzados sobre sus propios compañeros, avisando del aciago destino que aguardaba una vez cruzadas las almenas.

Uno a uno, los arqueros fueron librándose de aquella chusma que había ascendido por las torres de asedio, y aprovecharon para volver a sacar sus arcos y devolver el castigo que estaba sufriendo el interior del fuerte. Sobre la puerta, contemplé la increíble escena: un imponente jinete, con una armadura roja, brillante como el sol del amanecer, montando una aún más amenazante montura, empuñando un enorme martillo, avanzó desde la retaguardia hasta alcanzar la sección más avanzada de su ejército.

Ajeno a las flechas que volaban cerca de él, bajo parsimoniosamente de su montura, y una vez de pie sobre ella, alzó el martillo enunciando un atronador grito cuyos hombres corearon, haciendo temblar los cimientos del valle. De pronto oí la voz de mi rey, justo junto a mi oído: deja de mirar a mi presa y haz que liberen el infierno.

Asentí con la cabeza, llamé a mis dos hombres de confianza y corrí escaleras abajo todo lo rápido que pude, crucé el patio principal, donde nuestra sorpresa aguardaba al enemigo una vez abriera brecha. Alcancé el segundo anillo fortificado y en el mismo tono que el rey a mí momentos antes, hablé con el oficial de artilleros, liberad el infiero muchachos. De pronto se descolgaron los enormes pendones que colgaban del anillo superior, y revelaron unos enormes trabuquetes, listos para, literalmente, desatar el infierno, sobre aquella masa negra que enfrentaba nuestros muros.

Puse mi mano sobre su hombro, apuntad bien hermanito, y tomé de nuevo el camino al patio. Mientras enfrentaba el camino, de nuevo hacia la muralla, un profundo golpe hizo temblar la puerta, habían llegado, por fin la sangre. Retumbaba el portón, se oían gritos fuera, las torres volvían a escupir aquellas sombras negras sobre nuestras murallas. Los arqueros del patio se colocaron en sus posiciones, todos mirando a la puerta. Muchas miradas nerviosas, algunas atemorizadas, otras plagadas de odio, y otras completamente vacías, ausentes de cualquier emoción. La mía, por supuesto, era de las segundas.

Empezaron a caer pequeños pedacitos de piedra de la muralla, por el empuje del ariete enemigo. Sólo Dios sabía qué estaba empujando la puerta. Los bramidos de alguna bestia se alzaron sobre los gritos de la batalla, y en ese momento, el portón cedió.


Saqué mi deslumbrante espada de su vaina y observé con detenimiento, casi con romanticismo, su filo, su hoja, donde me veía reflejado. Me puse al frente de los lanceros que protegían el patio y defendían los accesos a la muralla. Una vez terminaron de caerse los restos de la puerta y se disipó el polvo, del umbral de la puerta principal emergieron grandes bestias, que juraría que eran trolls, pero más grandes y, desde luego, violentos.

Mis hombres dieron un paso atrás, temerosos de aquellas sombras, cubiertas también por negras armaduras. Giré levemente la cabeza hacia ellos, sonreí bajo mi yelmo, lo haré yo entonces, alcé el brazo izquierdo y lo bajé en dirección a las bestias. Los arqueros abrieron fuego, frenando su avance. Sujeté mi espada con las dos manos y afronté mi destino con total tranquilidad, sabiendo bien que mis actos pasados decantarían la balanza una vez abandonada esta vida, y que aquella batalla poco podría alterar los pesos de dicha balanza.

La lucha por el patio fue una auténtica masacre, el hedor de la sangre esparcida por el suelo, goteando en las espadas de los que aún permanecíamos en pie, los ojos sin vida de los que habían caído ante aquellos seres, las armas alejadas de las manos de sus dueños caídos, los escudos quebrados, el polvo y el humo del combate. Me apoyé sobre mi espada a recuperar el aliento, mientras el sudor escurría por el borde de mi yelmo, y la sangre que caía de mi espada formaba un pequeño charco en el suelo.


Alcé la vista, hacia la muralla, sobre la puerta. Mientras mi mirada subía, una cabeza caía desde lo alto del muro. Contemplé a mi rey, empujando con el pie el cadáver de su adversario que cayó ante mí, salpicando mi armadura de sangre. Se levantó el yelmo, me sonrió, Si aún quieres diversión, aguantaremos las murallas algo más. Subí aquellas escaleras una vez más, y cuando salí a la luz, me recibió el rey corriendo en sentido contrario al mío, quizá sea buen momento para bajar, ¿no crees? Antes de poder mostrar mi indignación, las catapultas enemigas bombardearon el muro, y de la fuerza del impacto caí hacia atrás, rodando escaleras abajo.

Me desmayé, oía voces, gritos, hierro chocando con hierro, flechas silbando, el impacto de las catapultas sobre los muros… Todo se volvió oscuro, y frío. Cuando desperté, estaba en la sala del trono, apoyado en una columna, con una jarra con agua y un trapo húmedo teñido de rojo a mi izquierda, y mi espada, en el suelo, con la hoja limpia, a mi derecha. Uno de los oficiales del patio se acercó a mí, Señor, ¿se encuentra bien?, cayó por las escaleras de la muralla, y lo trajeron aquí para asegurarlo. El enemigo ha tomado los anillos exteriores, estamos defendiendo la fortaleza, no queda dónde ir.

Alcé los ojos, y vi al rey, con su armadura totalmente afectada por el combate, sangre seca, golpes y rayones de las armas enemigas, sentado en el trono, apoyando ambos brazos sobre la empuñadura de su espada, la mirada fija en el suelo, el yelmo tirado a sus pies, y de fondo, coronando el ábside de la sala del trono, dos estandartes blancos impolutos con nuestro escudo estampado en su centro. La imagen era gloriosa, pero sólo esa parte. La sala se había convertido en enfermería provisional, los heridos se acumulaban en los laterales de la estancia, que se había transformado en un corredor de enfermeras corriendo de allá para acá, con agua, trapos, agujas e hilo.

Me incorporé como buenamente pude, recogí mis armas, y me acerqué al rey. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo han caído las defensas? Éramos inexpugnables… Tendí mi mano derecha hacia él, él alzó la vista, sonrió y agarró mi mano y se ayudó de ella para levantarse. Aún lo somos.

Me giré y ví a mi hermano, con la rodilla hincada en el suelo, sollozando tras su yelmo, como si el hierro evitara que su llanto quedara encerrado en su cabeza. Posé mi mano sobre su hombro, noté como se estremecía, trató de recomponerse y se alzó ante mí, era un poco más bajo que yo, pero su corpulencia compensaba con creces los dos o tres centímetros que le sacaba. Vamos, aún hay trabajo por hacer. Busqué por todas partes a aquellos dos hombres con los que, ya ni sabía cuántas horas antes, había iniciado el combate bajando de la muralla y defendiendo el patio. Junto con mi hermano y el propio rey, salí del salón, dirección a la primera línea de defensa, el último anillo de la fortaleza.

Sobre aquella última puerta, rodeados de arqueros, se alzaban dos figuras, ambas de pie, desafiando al enemigo que se agolpaba a sus pies. Majestad, proteja el Salón, nosotros contendremos al enemigo en la puerta. Mi hermano y yo corrimos escaleras arriba para juntarnos con aquellos dos leales soldados que dirigían aquella última defensa. Sorprendidos de mi aparición, ambos soltaron sus armas y corrieron a abrazarme. Una vez acabado el momento de júbilo, recogieron sus espadas, se giraron hacia el enemigo y comenzaron a gritar, a lo que se unieron el resto de hombres que ocupaban la muralla. La batalla aún tenía que decidirse, el pincel seguía en manos del pintor y el lienzo estaba incompleto…


sábado, 28 de octubre de 2017

¿Te atreves a conocerme?

Hace un par de días, el 25 de octubre, escuché el primer villancico de Michael Bublé e inicié oficialmente la campaña navideña en mi Spotify. Y mientras sonaba ese tierno “Have a holy jolly christmas” pensaba, ¿pero qué coño haces en octubre ya con villancicos?, mientras bailaba por toda la casa, con la música resonando por todas partes. Que sí, que es pronto, que es cursi, que me debería terminar de cambiar antes de empezar a bailar por casa como si viviera solo, que igual al vecino le molesta, pero mira, me sale así, como soy.

Con “Santa Claus is comming to town” estuve cerca de sentirme en el paraíso, con la ropa tirada por la habitación, el altavoz a tope sobre la estantería, y yo, en calzoncillos, usando el móvil como micrófono. Pero el clímax estaba por llegar. “The more you give, the more you’ll have”, ese ritmo alegre tan de otra época (como yo, lo de otra época, y lo de alegre también). Me arranco a cantar, sin complejos, suena la música, me envuelve, sudo de tanto moverme, pero no dejo de cantar. ¡Qué final! Me apoyo en la pared de mi cuarto a recuperar el aliento, Qué feliz soy con estas cosas, sonrío.

Hoy necesitaba escribir, soltarme, necesitaba volver a gastar tinta. Por eso cuento esto, porque así es como soy, y seguiré siendo. La pregunta es, ¿te atreves a conocerme?

PD: prometo ponerme los pantalones esta vez.

lunes, 21 de agosto de 2017

¿Se ha torcido mi pluma?

Vuelvo a estar plantado ante el papel, recurriendo a él como socorro para mi insomnio. Llevo muchos días intentando llenar con letras una hoja, o media, o tan siquiera un mísero párrafo. Quizá quejarme de la falta de inspiración sea la mejor forma de acercarme a ella, no lo sé. Ansiaba reencontrarme con la escritura, volver a fundir la tinta con la hoja en un intento de componer un texto digno de ser leído. He intentado escribir sobre amores, sobre el campamento de ADiVa (mi segunda familia), sobre las dudas que pusieron sitio a mi conciencia a mi regreso de A Coruña, sobre mi nuevo yo, mucho más frío de lo que jamás había imaginado. Ni siquiera sé a dónde quiero llegar en este texto, aunque sí sé sé sobre qué me hubiera gustado escribir: otra fantasía en tierras andaluzas, otra historia con olor a azahar, otro amor imaginario al que elevar a los altares mientras aguardo solo en el acantilado de mi existencia, la llegada de alguien a quien sentar junto a mí en la Caleta, a quien llevar del brazo a la Maestranza, a quien cantar al oído en el barrio Santa Cruz...

El boli ya ha cogido polvo y el cuaderno se ha resistido a volver a abrirse tras tanto tiempo sin ser llamado.

Han llamado a la puerta de mi conciencia voces de un pasado feliz, y a la vez triste, voces de posibles ilusiones, y voces que me imperan que tome decisiones difíciles.

¿Por qué finjo querer escribir o despejarme, cuando lo que ansío gritar es que mi romanticismo se ha secado tanto que ya no es capaz de crear ni siquiera un par de líneas? ¿Dónde está aquel alma impetuosa, que a partir de un atardecer, convertía un soneto de Quevedo en algo carente de sentimiento?


Hoy el papel ha vuelto a bailar con mi boli un vals de despedida, pues temen que, quizá, la siguiente espera sea eterna, y nunca vuelvan a enlazarse sus líneas y su tinta, en el bello arte de la escritura. Ojalá no sea así, y pronto vuelva a saber de mí, querido lector, pero las líneas forzadas, nunca fueron mi intención en esta aventura.

jueves, 17 de agosto de 2017

Nunca pensé que fuera a volver

Nunca pensé que fuera a volver, pero allí estaba. Volví a ese pueblecito del norte de Londres, a esa pequeña localidad justo al lado de la ilustrada y laureada Cambridge. Hacía el mismo frío que entonces, el mismo viento y el mismo escaso sol.

Crucé aquel puente sobre la autovía y recorrí la calle principal de ese lugar que había sido mi casa durante algo menos de un mes. La vida seguía igual, esa calle flanqueada por sus típicas casas británicas que tan extrañas me resultaban y tan distintas a las españolas. La carretera quedaba separada de la acera por un estrecho pasillo de césped y algún que otro árbol.

Seguí avanzando, llegué a la iglesia, oscurecida por la humedad de tan antipático clima, y continué mi marcha unos pocos metros más… La academia. Muchas horas estuve allí, conociendo a gente magnífica, disfrutando con cada conversación. No fue inglés lo que más aprendí allí, ni mucho menos.

Después de girar a la derecha, avancé cien metros y miré a mi izquierda, “The George”, bienvenidos al palacio donde descansábamos de tan extenuante estudio, donde compartimos insultos en español, turco, italiano, alemán… donde intenté aprender a jugar al billar, donde vi al Madrid ganar la supercopa y a Mourinho conseguir su primer trofeo con el United. Donde descubrí a un joven de Bilbao con el que se podía hablar durante horas. Donde entablé amistad con todo el Mediterráneo, y donde vi una de las sonrisas más bonitas que he tenido la oportunidad de admirar. Allí fui feliz, en ese pequeño pub británico, donde tuvieron que hacerme callar no entendían que un gol en el 118’ se celebrara así, porque no estaban acostumbrados al tono habitual de los mediterráneos cuando somos felices. Allí encontré mi sitio entre tanta gente.


Pero aún faltaba un sitio que visitar en aquel pueblo, y para ello debía volver a cruzar el puente sobre la autovía…

“Girton College”, otro edificio de corte británico, oscurecido por la humedad y encerrado entre altísimos árboles. Residencia universitaria de Cambridge y lugar donde vivían aquellos que no habían elegido la opción de convivir con una familia inglesa.

Me asomé al recinto, y tras unos arbustos muy bien cuidados vislumbré la silueta del edificio, escondido tras la vegetación. La última vez que estuve allí, sólo llegué al recibidor, no me atreví a dar un paso más, me temblaron las piernas, sí, lo admito, tuve miedo aquel día de agosto, y en mi regreso no quise acercarme al umbral de la puerta. Aún persistía en mí un dolor que me costaba camuflar.

Sé fuerte, confía en ti…”, me pareció escuchar en el viento. Palabras pronunciadas por un fantasma del pasado, quizá un pasado demasiado bello como para recordarlo. Allí me miró a los ojos por última vez, allí fue el último sitio donde me sonrió. ¿Por qué no me atreví a cruzar el recibidor? ¿Por qué me quedé en la entrada de aquel lugar, deseando investigar cada pasillo de aquel complejo puzle?

Sólo me quedaba una parada, mi parque. Aquel rinconcito de recreo infantil justo a escasos metros de la que fue mi casa, donde escribí palabras llenas a un corazón vacío, donde canté cada tarde, donde me columpiaba cuando llegaba por la noche, y donde una alianza turcoespañola me ayudó a seguir disfrutando de aquel fantástico viaje.

De pronto, me sentí empapado, y con la boca llena de agua de mar. Abrí los ojos; volvía a estar en esa playa conmigo mismo. Las olas chocaban contra mí, incesantes. Me incorporé y volví a acercarme a mi corazón, que reposaba con una sonrisa en el rostro, apoyado sobre la pared de roca.

Si vuelves allí no podré rescatarte, aún tienes demasiados vínculos con los rincones de aquel lugar. No dejes que la pena te lleve a buscar esa voz en el pasado, si quieres volver a oírla, búscala ahora, en el presente, en el mundo real, y deja las fantasías para los que no tienen el valor para intentarlo una y otra vez. Ahora vete, ya has pasado demasiado tempo aquí abajo. Vuelve al mundo real, y cuando tengas otro rato libre, baja y hablaremos tranquilamente, hasta entonces, vive. Adiós.

Me guiñó un ojo y la playa se cubrió de bruma hasta que todo tornó en una homogénea y gris espesura.


Un claxon me sacó del ensimismamiento y terminé de cruzar la calle. ¿Hasta dónde llegaría por volver a ver esa sonrisa y volver a oír esa voz? ¿Lo conseguiría algún día? Me subí al autobús, y dejé que la memoria volviera a jugar conmigo, al fin y al cabo, puedo revivir esos momentos cuando quiera, pensé. El bus arrancó y la vida siguió su avance, impasible, como cada día. 

martes, 15 de agosto de 2017

"Él vive en ti"

La escalera de la playa de la Fontanilla gruñó cuando posé mi pie sobre el primer escalón, rechazando mi visita, como un perro que ladra a un dueño que lo trata mal. Cada peldaño emitía un quejido cuando tenía que soportar mi peso sobre él. El sol, comenzaba su romance con el mar al besar su superficie sobre la línea del horizonte, cuando por fin alcancé la fina y templada arena de la playa.

Me quito los zapatos y empiezo a andar descalzo hacia la costa. Justo antes de llegar a la arena húmeda dejo los zapatos sobre la parte seca y continúo mi camino hacia el incesante empuje del mar contra la tierra. Me invade una profunda sensación de soledad mientras el sol termina de entregarse al amor con el mar, atravesando por completo el horizonte, y cediendo el protagonismo sobre el escenario que es la bóveda celeste, a la luna, con sus brillantes compañeras las estrellas. 

De pronto, unos brazos rodean mi cintura con un cariño como nunca antes había sentido. Acaricio tus finas manos mientras contemplo la inmensidad del Atlántico. La primera lágrima cae desde mi mejilla derecha hasta que llega a tus manos, tú la sientes, y empiezas a rodearme para ponerte frente a mí. Liberas tus manos y con la derecha acaricias mi mejilla izquierda, me besas, y me susurras al oído "él vive en ti".

martes, 14 de marzo de 2017

Soy esa parte de ti

La caída de ese barranco era inmensa. El vacío se abría a mis pies mientras mi exhausto pensamiento pedía a gritos a esos pies que se abalanzasen sobre aquel abismo. Me decanté por esperar, por tomarme un tiempo para respirar y poner un poco de orden. El día era espléndido, la brisa refrescaba el ambiente bañado por el sol y el aroma del mar que impactaba incesantemente contra las rocas.

Al fondo del acantilado se asomaba una pequeña playa desierta e inhóspita que parecía el lugar idóneo para descansar cuerpo y mente. Me sentía completamente destrozado, física, mental y emocionalmente. Algo no iba bien dentro de mí. los problemas emocionales me llevaron a desgastar mi mente intentando abarcar demasiado y eso llevó a intentar sofocar esos pensamientos huyendo del lugar donde habían aparecido, pero al final, sobre ese acantilado, allí seguía todo junto, haciendo de mí un cuerpo que se sostenía casi por acto divino.

Encontré un camino para bajar a aquella playa y lo seguí. Mientras bajaba, algunas nubes empezaron a congregarse en el cielo tapando el sol y enfriando el ambiente. Un escalofrío recorrió mi espalda en el momento en el que posé mis pies descalzos en aquella solitaria playa, algo había allí que tenía intranquila a mi mente, más aún de lo que ya estaba. Me tumbé en la arena, el movimiento del mar acunó mi sueño hasta casi dejarme totalmente dormido en aquella cala, pero en ese momento empecé a oír pasos sobre la orilla, ligeros chapoteos de otros pies al pisar sobre la fina capa de agua.

Aún desconcertado conseguí incorporarme, y lo que vi me aterrorizó: era yo, me estaba viendo a mí, igualmente solo en esa misma playa, llorando desconsoladamente balbuceando nombres e intercalando algún que otro insulto que si bien podrían parecer ir dirigidos hacia aquellos nombres, temo que esas palabras tenían un objetivo mucho más dañino, yo mismo. No quise moverme, ni llamar ¿mi? Atención, estaba demasiado confuso. De pronto ese dolor que había traído hasta esa playa volvió a aparecer pero mucho más profundo.

Después de un momento de duda, me atreví a dirigirme a mí mismo, a mi yo destrozado y lloroso, y le hice una pregunta a priori algo estúpida ¿Quién eres tú? No pareció sobresaltado al oírme a pesar de no haber mostrado síntomas de haberse percatado antes de que yo estuviera allí.

Soy tú, pero sólo la parte de ti que está harta de sí misma. Tú sigues saliendo a la calle con esa misma sonrisa de autosuficiencia y con todo ese orgullo para luego encerrarte en casa para imaginar que la única vida que no es real es la que vives cada día, y que en realidad eres uno de tus personajes del Fifa o alguno de tus generales que matan tanta gente cada vez que tienes un día duro. Soy la parte de ti que cada vez que miras a los ojos de una chica que vale la pena lanza una bengala al cielo para que tú sepas que aquí abajo no hay nadie que nos ayude a salir de este acantilado.

Aquel último comentario me hizo apartarme un momento de la conversación para mirar a mí alrededor e intentar comprender qué me impedía salir del acantilado. Para mi sorpresa aquel camino que había seguido para bajar ya no estaba, ahora sólo había roca. Miré con ojos llenos de terror a ese “yo” que aún no sé cómo denominar y le pregunté ¡¿Qué ha pasado, dónde estoy, cómo salgo de aquí?! Esbozó una ligera sonrisa y siguió hablando:

Bajas aquí casi todos los días, el día es precioso, soleado, caluroso y con una ligera brisa marina. Entonces llegas tú, a ese acantilado, horrorizado por la bengala que haya lanzado yo por una chica, una canción, una película más sensible de lo normal, un gesto de tus padres, cualquier cosa que pueda alterar esta parte de ti que son las emociones. Entonces tomas ese camino que has buscado ahora con la mirada y me estropeas el día, y te lo estropeas tú. Unas veces hablamos, otras simplemente me observas cómo me voy destruyendo emocionalmente hasta que acabo arrojándome al agua, otras simplemente nos gritamos y me dices toda esa mierda que ves en ti y que yo ya sé porque soy yo quien te la recuerda. Soy esa parte de ti que te está haciendo escribir esto ahora mismo, por eso no quieres deshacerte de mí completamente, porque aunque sufras día tras día sin motivo, me necesitas para ser tú mismo. Sólo soy un llorón en una playa, soy esa parte de ti que te hace soñar con quedarte dormido en un sofá con esa chica tan especial que aparecerá algún día, soy el que te hace sollozar como un bebé cuando te obsesionas con alguna chica a la que prestas más atención de la debida. Soy esa parte de ti que te hace ser tú mismo, la que no deja que pisoteen tus ideas, la que te fuerza a vestirte con camisa cada día porque te ves mejor así, soy esa parte de ti que te retuerce las entrañas cuando te sientes solo, soy tu corazón Álvaro, ni más, ni menos. Sal de esta playa, sal de este oscuro rincón, deja que salga el sol y ponte la camisa con la americana y las Ray-Ban, sal a la calle e intenta ignorarme de vez en cuando. Por muy guapa que sea la chica y mucho que te asuste mi bengala, no corras, sigue adelante, no puedes estar toda la vida llorando. Deja que la cabeza piense, pero no hagas caso de todo lo que haga, y déjame a mí que sienta en exceso, pero no vengas cada vez que pase algo, porque acabarás encerrado en esta cala. Supera tu miedo a no tener pareja, ya llegará esa chica cuando tenga que llegar, aparecerá, eso es algo que nadie puede negar, pero mientras llega, haz caso a todos tus amigos, y Vive, o al menos… inténtalo.


Estuve llorando un buen rato sobre la arena con la cabeza entre las rodillas y las manos cubriéndome la nuca. Cuando volví a alzar la mirada, el sol había vuelto a salir y el camino hacia arriba volvía a estar abierto. Me lancé a subir aquella pendiente, pero cuando estaba empezando el camino de regreso vi a ese “yo” sentado en la orilla, aun llorando, arrancando unos antiguos versos de Quevedo “Serán ceniza, mas tendrá sentido, polvo serán, más polvo enamorado”. En ese momento decidí que aún había cosas que aclarar…

viernes, 10 de marzo de 2017

No dejes de soñar

¿Recuerdas sus ojos? ¿Su sonrisa? ¿Su pelo? ¿Su perfume? Todas estas preguntas me hacía de madrugada, tumbado en la cama, escudriñando la oscuridad que supuse que sería el techo de mi habitación, aunque bien parecía un agujero negro donde se hundían todos mis pensamientos. ¿Realmente recordaba todo aquello? El perfil de su rostro, las comisuras de sus labios, el de su mirada, el resplandor del sol iluminando su pelo y la fragancia que la envolvía con un halo de belleza y armonía. Aquello era un recuerdo, aunque parecía mera improvisación de mi subconsciente que, ante la evidente falta de sueño, proyectaba en mi mente la imagen de ese ángel terrenal para disfrute de mi desdichada cabeza.

Me incorporé de aquella incómoda cama de hotel con demasiadas almohadas y salí a la terraza. Contemplé la ciudad, los brillos anaranjados de las farolas, el murmullo de un taxi solitario recorriendo la calle. De fondo, oía el constante empuje del mar contra la playa de La Caleta, incesante como los latidos de un corazón. Una luna impecable cubre de luz el cielo nocturno, Ni siquiera la luna escapa del encanto de Cádiz, pensé. Me vestí, y mientras mi reloj marcaba las 4 y media de la mañana, me aventuré a dar un paseo nocturno por la Habana andaluza. 

Llegué al paseo marítimo, y te volví a ver, en el reflejo de la Luna sobre el mar en calma, en la tranquilidad de la noche, en el aroma marino de La Caleta... Me quité los zapatos y bajé a la playa, y el frescor de la arena calmó mis pensamientos, empecé a sacarte de mi mente y parecía que por esa noche ya habías abandonado lo más íntimo de mi alma, pero no todo es como creemos.

Sentado en la playa, mientras Michael Bublé volvía a acompañar una de mis noches de insomnio, mientras hablaba de aquella chica que estaba siempre en su mente, No sabes cómo te entiendo Michael pensé. Podría haberme pasado así horas enteras pero las cosas pocas veces se quedan como están.

Empecé a oír el suave pisar de unos pies descalzos sobre la arena, después, más cerca, una tímida risa entrecortada que buscaba no llamar la atención, y por último, junto a mi oído, suave como el mecer de las olas. tu voz, en apenas un susurro: No deberías estar tan solo a estas horas. Por un momento pensé que era el propio mar en que me hablaba, que allí no había nadie, y que, por fin, había caído en la locura.

Pero no era así. Pusiste tus manos sobre mis sienes y me empujaste a mirar hacia arriba. Y allí estaban ese rostro, esa sonrisa, esos ojos, cómo los iba a olvidar, y ese pelo que colgaba hasta caer sobre mi cabeza que en ese momento volaba lejos de allí en plena fantasía. Besaste mi frente con tal cariño que la arena dejó de estar fría.

Te sentaste a mi lado, apoyaste tu cabeza sobre mi hombro y empezaste a tararear Home que en ese momento comenzó a sonar en mi teléfono. Dos horas después las primeras luces del día nos sorprendieron abrazados sobre la arena. Buenos días te susurré al oído al ver que empezabas a moverte, Buenas noches cariño me contestaste. Extrañado, me incorporé y de pronto me descubrí a oscuras en la habitación del hotel. Asustado, encendía la luz de la mesilla y te vi a ti, al otro lado de la cama, durmiendo plácidamente con una sonrisa en el rostro. Había sido un sueño, pero podría acostumbrarme a la realidad... Te abracé, te susurré al oído Te quiero y volví a dormirme sobre demasiadas almohadas.

jueves, 9 de marzo de 2017

¿Y si fuera real...?

Sólo las flores de azahar fueron testigo de lo que ocurrió esa noche, de cómo la luz de las farolas que conseguía atravesar la masa de vegetación de los árboles era capaz de asomarse a una conversación sin voces, a un diálogo sin opiniones, a un debate sin moderador... La estampa éramos tú y yo, bajo los naranjos del barrio de Santa Cruz, mirándonos a los ojos, expresando con la mirada lo que el diccionario no habría sido capaz de decir. Tu mano sobre mi rodilla mientras dibujabas círculos con tu pulgar y la mía sobre tu mejilla como si mi mano aún no se hubiera creído que fueras real. El tiempo pareció haberse detenido, esperando que alguno de los hiciéramos algún movimiento brusco para volver a su ritmo normal.

Pero nosotros estábamos ajenos al tiempo, al entorno, a la ciudad que seguía su vida alrededor de nosotros. Sevilla se había convertido en el escondite de nuestro amor y allí no prestábamos atención a nadie más.

Nuestros ojos se cansaron de expresar sentimientos y dejaron que fueran los labios los que hablasen, que nos dijéramos a través  del contacto de nuestras bocas que esa noche no había otra cosa en el mundo aparte de nosotros dos, que éramos el centro del universo...

Sudoroso, me despierto. Sigo en casa, lejos de Sevilla, lejos de mi utopía y de mi amor, lejos de la fantasía únicamente real en el papel. El dolor presiona sobre el pecho y la ausencia no hace más que incrementar el dolor.

Toda era un sueño... o quizá una fantasía, quién sabe. Sólo tengo la certeza de que no me he reflejado en tus pupilas al despertarme ni ha sido el brillo de tu sonrisa la luz que he visto al despertarme, sino que me he visto reflejado en un espejo odioso que me presentaba recién levantado con lo que ello supone, y el único brillo que me iluminó fue el de un sol de invierno castellano sobre mis láminas de historia naval, cuna de otras tantas fantasías que han habitado mis papeles. Pero no hay rastro de ti, sólo ausencia.

Pero mientras me ducho, cierro los ojos y vuelvo a estar en Santa Cruz contigo, perdiéndome en tu mirada y rogando porque ese segundo durara para siempre. Parecías tan real, casi un recuerdo o una ¿premonición?. No lo sé... únicamente sé que una sonrisa se me escapó mientras el agua seguía cayendo sobre mí como una cálida cortina que me mantenía dentro de mi imaginación. A fin de cuentas, quién sabe qué puede pasar en el futuro...

¿Y si todo aquello, se hiciera realidad?


lunes, 6 de marzo de 2017

El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores de los balcones las cómplices de su pasión. Los ojos de aquella morena de sonrisa afilada nunca parecieron tan bellos como aquella tarde de domingo frente a la puerta de La Maestranza. Engalanada con su mejor vestido, dejaba caer su pelo sobre sus hombros con finas ondulaciones donde se envolvían los rayos de sol pidiendo asomarse a la comisura de esos labios por los que se habría rendido el hijo de un dios. Cada giro que daba hacía girar las flores que adornaban la puerta grande al son de sus caderas y los pájaros cantaban al son de su respiración.

Ninguna mirada pasaba por ella sin detenerse a observar el monumento que Dios había erigido sobre la tierra. Por mucho calor que diera el astro rey, no impedía que todos los caballeros allí presentes esperando la hora de ocupar su localidad para asistir a la faena de aquella tarde no salieran a pleno sol a observar aquella pincelada divina con forma de mujer.

Todos se preguntaban quién sería el afortunado en llevar a esa preciosidad del brazo a la plaza y cómo era capaz de hacerla esperar...
Dejé de correr justo antes de doblar la esquina, me abroché el botón de la americana, comprobé que mi pelo no hubiera sufrido en exceso la carrera y me aseguré satisfactoriamente de que las rosas que había comprado mantenían el imponente aspecto que tenían en la floristería. Con la respiración calmada y la mejor de mis sonrisas doblé la esquina esperando que las flores compensaran la espera. Mientras me acercaba me percaté de que había algo especial en el revuelo de gente a las puertas de la Maestranza que atraía más miradas de las habituales, y pronto descubrí, que eras tú.

Nunca olvidaré cómo sonreíste al verme, ni la curiosidad que se asomaba en tus ojos ante la mano que me guardaba tras la espalda. Viniste hacia mí dando pasos lentos, haciéndote de rogar, disfrutando de mi impaciencia mientras aceleraba para llegar antes a tu encuentro. Me merecí cada amago que me hiciste mientras me acercaba, nunca debí haberte hecho esperar.

Pero la intriga era demasiado fuerte y acabaste lanzando tu mano derecha a mi espalda buscando averiguar el secreto, momento que utilicé para poner con mi mano derecha las flores a tu espalda mientras aprovechaba para darte el beso en el que llevaba pensando desde que salí del hotel. El revuelo de gente pareció un poco más lejano mientras poco a poco nos apartábamos y nos mirábamos a los ojos. La luz de la tarde formaba una bella pareja con la de tus ojos que reflejaban que había una pregunta sin respuesta.

Me aparté un poco más y te ofrecí el ramo de rosas. Tus ojos centellearon de alegría y a los míos quiso asomarse una lágrima empujada por la emoción de tu sonrisa, pero la contuve. Nos fundimos en un abrazo bajo la mirada de los ojos de la Maestranza. Pero eran tus ojos, los de esa morena de sonrisa afilada los que nunca habían estado tan bellos.



Y nunca dejó de sonar en mi mente el quejido de aquella voz quebrada, el lamento de la guitarra y el murmullo del viento con olor a azahar… 

miércoles, 4 de enero de 2017

Me he cansado de esperar

He buscado de mil formas plasmar lo que siento en el papel, y me ha sido imposible. Este es sólo otro intento más para explicar que desde el momento en el que entraste en aquella sala, algo tuyo se quedó clavado dentro de mí. Por azar o por suerte, sigo llevando conmigo ese pedacito de ti. Quizá terminó de clavarse la primera  vez que hablamos, o en ese abrazo de despedida cuando acabamos el cursillo, incluso puede ser que se adentrase en mí con ese “tenemos que quedar…”. El caso es que el tiempo pasó y nos volvimos a ver, dos veces, y yo noté que aquello que dejaste en mí surcaba mi interior como un turista extraviado buscando insistentemente mi corazón para asentarse allí.

Y lo consiguió, en esa última mirada, ese último abrazo y ese último beso en mi mejilla, te clavaste por completo en mi corazón. Si bien no es un sentimiento desmedido o un amor incondicional digno de grandes poemas, es lo suficientemente grande como para obligarme a escribir esto.


También fuerza a mi mano a escribir la incertidumbre de qué papel ocupo yo en tus pensamientos, el volver a encontrarme en la encrucijada entre la duda y la ilusión. Escribo todo esto sin que tú aún sepas nada sobre lo que siento, pero la próxima vez que te vea, me encargaré de hacértelo saber, porque ya me he cansado de esperar.