Vuelvo a estar
plantado ante el papel, recurriendo a él como socorro para mi insomnio. Llevo
muchos días intentando llenar con letras una hoja, o media, o tan siquiera un
mísero párrafo. Quizá quejarme de la falta de inspiración sea la mejor forma de
acercarme a ella, no lo sé. Ansiaba reencontrarme con la escritura, volver a
fundir la tinta con la hoja en un intento de componer un texto digno de ser
leído. He intentado escribir sobre amores, sobre el campamento de ADiVa (mi
segunda familia), sobre las dudas que pusieron sitio a mi conciencia a mi
regreso de A Coruña, sobre mi nuevo yo, mucho más frío de lo que jamás había
imaginado. Ni siquiera sé a dónde quiero llegar en este texto, aunque sí sé sé
sobre qué me hubiera gustado escribir: otra fantasía en tierras andaluzas, otra
historia con olor a azahar, otro amor imaginario al que elevar a los altares
mientras aguardo solo en el acantilado de mi existencia, la llegada de alguien
a quien sentar junto a mí en la Caleta, a quien llevar del brazo a la Maestranza,
a quien cantar al oído en el barrio Santa Cruz...
El boli ya ha
cogido polvo y el cuaderno se ha resistido a volver a abrirse tras tanto tiempo
sin ser llamado.
Han llamado a la
puerta de mi conciencia voces de un pasado feliz, y a la vez triste, voces de
posibles ilusiones, y voces que me imperan que tome decisiones difíciles.
¿Por qué finjo
querer escribir o despejarme, cuando lo que ansío gritar es que mi romanticismo
se ha secado tanto que ya no es capaz de crear ni siquiera un par de líneas?
¿Dónde está aquel alma impetuosa, que a partir de un atardecer, convertía un
soneto de Quevedo en algo carente de sentimiento?
Hoy el papel ha
vuelto a bailar con mi boli un vals de despedida, pues temen que, quizá, la
siguiente espera sea eterna, y nunca vuelvan a enlazarse sus líneas y su tinta,
en el bello arte de la escritura. Ojalá no sea así, y pronto vuelva a saber de
mí, querido lector, pero las líneas forzadas, nunca fueron mi intención en esta
aventura.
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