Nunca pensé que fuera a
volver, pero allí estaba. Volví a ese pueblecito del norte de Londres, a esa
pequeña localidad justo al lado de la ilustrada y laureada Cambridge. Hacía el
mismo frío que entonces, el mismo viento y el mismo escaso sol.
Crucé aquel puente sobre la
autovía y recorrí la calle principal de ese lugar que había sido mi casa
durante algo menos de un mes. La vida seguía igual, esa calle flanqueada por
sus típicas casas británicas que tan extrañas me resultaban y tan distintas a
las españolas. La carretera quedaba separada de la acera por un estrecho
pasillo de césped y algún que otro árbol.
Seguí avanzando, llegué a la
iglesia, oscurecida por la humedad de tan antipático clima, y continué mi
marcha unos pocos metros más… La academia. Muchas horas estuve allí, conociendo
a gente magnífica, disfrutando con cada conversación. No fue inglés lo que más
aprendí allí, ni mucho menos.
Después de girar a la derecha,
avancé cien metros y miré a mi izquierda, “The George”, bienvenidos al palacio
donde descansábamos de tan extenuante estudio, donde compartimos insultos en
español, turco, italiano, alemán… donde intenté aprender a jugar al billar,
donde vi al Madrid ganar la supercopa y a Mourinho conseguir su primer trofeo
con el United. Donde descubrí a un joven de Bilbao con el que se podía hablar
durante horas. Donde entablé amistad con todo el Mediterráneo, y donde vi una
de las sonrisas más bonitas que he tenido la oportunidad de admirar. Allí fui
feliz, en ese pequeño pub británico, donde tuvieron que hacerme callar no
entendían que un gol en el 118’ se celebrara así, porque no estaban
acostumbrados al tono habitual de los mediterráneos cuando somos felices. Allí
encontré mi sitio entre tanta gente.
Pero aún faltaba un sitio que
visitar en aquel pueblo, y para ello debía volver a cruzar el puente sobre la
autovía…
“Girton College”, otro
edificio de corte británico, oscurecido por la humedad y encerrado entre
altísimos árboles. Residencia universitaria de Cambridge y lugar donde vivían
aquellos que no habían elegido la opción de convivir con una familia inglesa.
Me asomé al recinto, y tras
unos arbustos muy bien cuidados vislumbré la silueta del edificio, escondido
tras la vegetación. La última vez que estuve allí, sólo llegué al recibidor, no
me atreví a dar un paso más, me temblaron las piernas, sí, lo admito, tuve
miedo aquel día de agosto, y en mi regreso no quise acercarme al umbral de la
puerta. Aún persistía en mí un dolor que me costaba camuflar.
“Sé fuerte, confía en ti…”, me pareció escuchar en el viento.
Palabras pronunciadas por un fantasma del pasado, quizá un pasado demasiado
bello como para recordarlo. Allí me miró a los ojos por última vez, allí fue el
último sitio donde me sonrió. ¿Por qué no me atreví a cruzar el recibidor? ¿Por
qué me quedé en la entrada de aquel lugar, deseando investigar cada pasillo de
aquel complejo puzle?
Sólo me quedaba una parada, mi
parque. Aquel rinconcito de recreo infantil justo a escasos metros de la que
fue mi casa, donde escribí palabras llenas a un corazón vacío, donde canté cada
tarde, donde me columpiaba cuando llegaba por la noche, y donde una alianza
turcoespañola me ayudó a seguir disfrutando de aquel fantástico viaje.
De pronto, me sentí empapado,
y con la boca llena de agua de mar. Abrí los ojos; volvía a estar en esa playa
conmigo mismo. Las olas chocaban contra mí, incesantes. Me incorporé y volví a
acercarme a mi corazón, que reposaba con una sonrisa en el rostro, apoyado
sobre la pared de roca.
Si vuelves
allí no podré rescatarte, aún tienes demasiados vínculos con los rincones de
aquel lugar. No dejes que la pena te lleve a buscar esa voz en el pasado, si
quieres volver a oírla, búscala ahora, en el presente, en el mundo real, y deja
las fantasías para los que no tienen el valor para intentarlo una y otra vez.
Ahora vete, ya has pasado demasiado tempo aquí abajo. Vuelve al mundo real, y
cuando tengas otro rato libre, baja y hablaremos tranquilamente, hasta
entonces, vive. Adiós.
Me guiñó un ojo y la playa se cubrió de bruma
hasta que todo tornó en una homogénea y gris espesura.
Un claxon me sacó del ensimismamiento y terminé
de cruzar la calle. ¿Hasta dónde llegaría por volver a ver esa sonrisa y volver
a oír esa voz? ¿Lo conseguiría algún día? Me subí al autobús, y dejé que la
memoria volviera a jugar conmigo, al fin
y al cabo, puedo revivir esos momentos cuando quiera, pensé. El bus arrancó
y la vida siguió su avance, impasible, como cada día.

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