Entrada destacada

El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

lunes, 29 de agosto de 2016

Un brindis por los románticos

Conocemos demasiado bien la sensación de soledad, la de ausencia, esa sensación de no saber dónde deberíamos estar, la sensación de no encajar con nadie en el frío juego del amor.
Pues hoy quiero brindar por los que son como yo, románticos e ilusos, a la par que un poco idealistas en el amor.
Quiero brindar por aquellos que se desviven por su chica, que la escriben de madrugada, que la ven en cada amanecer y en cada atardecer, que la escuchan en el murmullo del mar, en el lamento de la guitarra y en el canto de los pájaros.
Brindo por aquellos que no dudan en jugársela cuando se enamoran, por aquellos que no se avergüenzan de llorar, por aquellos son fieles a sus principios, por aquellos que valoran la lealtad, por aquellos que aman con franqueza, por todos los que han sufrido por un desamor, por todos ellos y por mí digo: Ole.
Porque nos merecemos que aparezca en nuestras vidas esa chica que nos complete, porque realmente nos falta algo sino amamos. Porque ya hemos sufrido bastante de las inquietudes de aquellas que no supieron arriesgarse con nosotros. Porque ya está bien de aprovecharse de los románticos para que alguna se suba el ánimo para luego pasar de ellos y volver a estar con los mismo soplapollas.
Necesito hablar de la soledad, de la sensación de vacío. De la continua y amarga presencia del dolor. Me siento como una cáscara de nuez en un mar embravecido. Como una lágrima en pleno diluvio, como un cadáver en un desolador campo de batalla, como un sollozo en medio de millares de gritos.

El consejo general es: “deja que llegue, no lo busques”. Pero no es fácil, porque el vacío duele, y urge llenarlo, o al menos sentir que está lleno. 
¿Quién va a pasear conmigo por esa playa? ¿Quién va a escucharme cantar en susurros antes de dormir? ¿Quién va a ser la musa de mi pluma? 
Estoy harto de llorarle a las estrellas, de mirar a la luna con desconfianza, porque ella también me abandona algunas noches. Simplemente quiero amar, quiero que me amen, quiero hacer feliz a una chica y que ella me haga feliz. Supongo que da igual cuanto suplique al cielo.
A pesar de toda esto, empiezo a ver algo de luz, no sé, voy asumiendo que aquello que anhelo está por llegar, que todo es cuestión de tiempo, que las cosas van llegando. A fin de cuentas me lo merezco, igual que todos los románticos por los que hoy brindo.
Especialmente tú, José, brindo por ti y porque pronto llegue esa chica que realmente te valore. 
Bienaventurados los románticos, porque ellos encontrarán el amor.
Un brindis.

martes, 23 de agosto de 2016

Sueño de una noche de verano

En realidad, ahora no tengo nada que escribir, simplemente, tenía ganas de volver a usar el boli.
Así que ya que no tengo nada que escribir, me voy a poner a soñar, va a ser un sueño en esa playa, el Palmar, con un atardecer de verano, y con esa chica que aún  o conozco, pero que me hará tan feliz. Va a ser un sueño feliz, va a ser mi sueño, va a ser mi futuro. A pesar de todo esto, estará escrito en pasado. Lo digo para que tú, lector, no creas que lo he vivido, sino que simplemente es más fácil tratar esto como un recuerdo.
¿Recuerdas esa luz? Parece que fuera ayer, esa playa, el sol cayendo sobre el horizonte, abrazando el mar y regalándonos un espectáculo de luz como nunca antes hemos visto. Y allí estabas tú… perfecta. Tu piel dorada por el sol reflejaba las últimas luces del día, y esa melena rubia tuya, destellos de un agonizante día, que da paso a la romántica noche.
A lo lejos se oyen los acordes de una guitarra que llora los lamentos de su músico. No puedo dejar de mirarte. Tu sonrisa es la luz más clara que me otorga el día, y en tus ojos verdes veo la pureza de tu alma y veo reflejada la cara de idiota que se me queda cada vez que te miro.
Recuerdo que dejamos la toalla y nos quedamos sólo con el bañador. Poco después fuimos al agua, tú ibas delante y yo me quedé en la orilla, contemplando tu silueta, con esa sonrisa de enamorado que me dejaste el día que te conocí. Las sombras del atardecer, el rumor del agua y tu risa, forman el ambiente idóneo para sentirme FELIZ.
El agua está fresca, pero poco puede hacer el frío para impedir que corra detrás de ti para abrazarte. Llegué corriendo por detrás y te di un abrazo de eses que sólo salen en las películas. Qué poco me importó el frío entonces, que bella es la vida cuando la miras desde el ángulo adecuado.
Bella fantasía parecía todo aquello, como sacado de un sueño, de la imaginación de un poeta o un cantante. Aún recuerdo ese momento en el que me susurraste al oído “te amo…” y yo no pude más que responderte a eso con un beso, la mejor forma que se me ocurrió de expresarte lo que sentía.
Recuerdo que nos subimos al hotel, a prepararnos para la cena, y yo acabé antes, por lo que bajé a coger mesa al restaurante, a la orilla del mar, a la orilla de todo, en el principio de tantas cosas y el final de tantas otras.
Aún recuerdo estar hablando con el camarero mientras esperaba a que nos preparasen esa mesa justo pegada a la arena de la playa, cuando de repente noté como tu perfume llenaba mi alma y entonces te vi, perfecta, con ese vestido blanco tuyo, que hacía perfecto contraste con el dorado de tu piel mientras tu melena rubia se dejaba caer como una catarata de oro sobre tus hombros. Y esa sonrisa, otra vez esa sonrisa.
Me había puesto mis mejores galas, la mejor camisa, la mejor colonia, el mejor reloj… Pero cuando te vi me sentí ínfimo, y el hombre más afortunado del mundo sabiendo que era yo el que tenía un hueco en tu corazón.
Posaste tu mano en mi mejilla y acompañaste el gesto con un beso que me devolvió a la realidad, la cual era mejor que cualquier sueño. Tras una cena perfecta, dimos un paseo bajo la luz de la luna y en un momento hundí mi rodilla derecha en la arena y saqué de mi bolsillo un anillo, dijiste sí, y la luna fue testigo del mejor momento de mi vida…

Esto es sólo un sueño querido lector, una fantasía de un poeta, de un cantante, pero la vida sigue, y estoy seguro de que algún día encontraré a esa chica, encontraré esos ojos y esa sonrisa, y volveré a posar mi boli en un papel para escribir un recuerdo de algo que fue realidad, hasta entonces, toca vivir…

domingo, 21 de agosto de 2016

Santiago, cierra España, cierra los ojos

Abrí los ojos, tumbado en aquella mullida cama, en el pueblo, mientras el sol empieza a apuntalarse en el blanquecino cielo de agosto. Día 15, se abre la veda, día obligado de caza y salgo de la habitación dispuesto a sacar a mi padre de la cama y llevármelo de caza, sea como sea.
Sorpresa para mí, al abrir con ímpetu la puerta aparece mi abuelo vestido ya con todo el equipo y las escopetas apoyadas en la puerta. ¿Cómo es posible? Falleció hace 15 años, que cese ya esta mal llamada broma y que vuelva la dolorosa realidad a apoderarse de mí. No… hoy no pienso perderlo, estaré durmiendo, o muerto, pero yo hoy me quedo con mi abuelo, pase lo que pase.
Desayuno como si no hiciera falta, como un mero trámite para salir a la calle. Pantalones, camisa, las botas, el chaleco y la caja de cartuchos, al cinto; todo listo, a pasar el día en condiciones. Salimos a la calle, bajamos del porche, joder que bien huele el césped por la mañana. Bajamos a la calle, las escopetas al hombro y vamos al camino del regadío. Mi abuelo silva, y aparecen nuestras perritas, ¿perros? ¿también?, esta realidad se adapta demasiado  un sueño como para estar muerto.
Salimos, andamos, pero mi abuelo sabe que me falta algo, me falta un Jose Luis, me falta lo mejor. “Tu padre te está dando de comer, así que mira a ver si le llevamos algo llevarse a la boca”. Sonrió, y yo a esa sonrisa no la puedo contestar con tristeza. Llamé a las perras que vinieron corriendo a pegarse a mis piernas y adaptarse a mi paso, vaya, ahora me llevo bien con los perros también.
Un par de kilómetros avanzando y mi abuelo mandó a las perras a buscar a las orillas de un arroyo, de pronto, un par de codornices salen volando de entre los juncos, ¡PUM! Y cae la primera, parece que mi abuelo es igual de bueno que mi padre. A mí no me da tiempo ni a apuntar a la otra mientras se esconde entre la remolacha.
Espera, que pasa, me mareo yo o es el sueño… algo falla, no es igual. De entre los juncos del arroyo aparece una sombre, negra como la más cerrada noche, un espíritu negro su cara, sin voz. Miro a mi abuelo y noto como palidece, lo veo convertirse en mero aire, en poco menos que polvo. No, hija de puta, hoy no, hoy es mío.
Nos acercamos a la remolacha, las perras se adelantan para sacar de ahí a la codorniz que se me escapó antes. Quito el seguro, y espero atento, la perrita ladra y veo un ave saliendo de entre los campos. ¡PUM! Otra, ya tenemos comida.
El sol sigue subiendo, el calor no es intenso pero la caminata y el equipo ayuda a que el sudor empiece a acumularse en mi frente. ¿Dónde estás papá? Joder, es mi sueño, tenían que estar los dos, tenía que tenerlos a los dos, tenía que ser perfecto, tenía que ser ahora, pero parece que hoy tampoco.
Nos acercamos a la orilla del canal y nos sentamos a descansar, un poco de agua, un plátano, y a seguir.
El día es largo, la mañana se pasa con un balance de: mi abuelo se lleva 5 y yo me quedo con 2. No quiero volver a casa, no quiero que esto acabe, no quiero que la vida vuelva a su orden, no quiero volver a mirarte en un recuerdo, no quiero tener que buscarte en las estrellas como un imbécil, no quiero llorar más, quiero que estés en casa, que cuides de la abuela, que apoyes a papá, que estés con nosotros, que me llames cagalita, que vivas joder, quiero que estés AQUÍ.
 No te conocí, no te vi, no te abracé lo suficiente, no te quise lo que debería, no te disfruté cuanto necesitaba, no fui niño contigo, no fui niño, no fui en general. Este año iré a verte, otra vez, a contemplar esa gélida lápida de mármol con la mitad de las letras despegadas. Ese puto día, el 2 de abril, 2001, ese puto médico que no estaba en su sitio, ese puto día, esa fecha.
Todo el mundo habla bien de ti, todo el mundo te conocía, todo el mundo sabe mucho de ti, todo el mundo me habla de ti… y yo sólo puedo soñar contigo. Supongo que me verías desde arriba, aquel día de los santos, yo tenía 15 años creo, 16. Entramos en el cementerio, nos pusimos justo delante de tu tumba, y rezamos, rezamos por ti, rezamos por nosotros. Y yo me partí en dos, me abrí como un melón cayendo de un quinto piso. Me abracé a papá y lloré, no podía evitarlo, no podía más, y papá me sacó de allí, como siempre me saca de todo, tirando con fuerza.
Se me acaba el sueño abuelo, se me acaba la oportunidad, se me acaba el día. Nos acercamos a casa y veo que las perras no están, se han ido. Algo falla, vuelvo a sentir ese frío, pero no tan intenso. Seguimos acercándonos a casa, empiezo aver en blanco y negro, como una imagen que se pierde, nos acercamos a la entrada, pero sólo subo yo, tu te quedas abajo, me miras, y yo no entiendo nada, por qué no subes, por qué no vienes conmigo, por qué no te quedas en casa.
El frío se vuelve más intenso, y aparece otra vez esa figura, esa negra silueta, acercándose, despacio y sin detenerse. Yo intento bajar, volver a por ti, pero no puedo, no me dejas, no puedo ir contigo. La sombra se acerca a ti, y tú me sonríes, te giras hacia ella y te diluyes en el aire como una nube polvo, se acabó mi día.


Soldado de Roma

Tiempo hacía ya que el sol había salido y aún nos hallamos trabados en combate. La lluvia convierte el campo de batalla un terreno plagado de fango en el que se amontonaban los cuerpos, enteros o no, de amigos y enemigos.
El aire llega a mis pulmones denso, cargado del olor de la sangre y el lodo, haciéndome sentir pesado. No sé cuánto llevo luchando, mi cohorte cubre el flanco izquierdo de la formación, es una zona sin bosque, pero el claro es atravesado por un arroyo que lleva desbordado desde bien pronto esta mañana, lo que sumado a la incansable lluvia, convierte la zona en una trampa para las cansadas piernas de los soldados que aquí nos encontramos.
De nuevo, como infinitas veces he oído ya esta mañana, escucho el grito de otro bárbaro, armado con un hacha y cubierto con pieles, sucio, desarrapado y con una larga barba, con sus ojos azules inyectados en sangre, rojos de ira y del humo de nuestras catapultas. Corre hacia mí y yo aprieto mi escudo, con la orgullosa águila estampada en su centro, mi gladium, ya gastada del combate, enfrentada a él, e inicio la carrera. Llega el impacto, me cubro con el escudo donde impacta el hacha, y de la inercia del golpe el bárbaro se tambalea hacia atrás. Alzo el brazo y como si de un sistema mecánico se tratase, mi mano cae con la espada aferrada iniciando el corte en el cuello de mi enemigo y terminando en el muslo. Cae de rodillas y no titubeo, clavo la espada en su rostro, retuerzo y saco, mortal.
El cuerpo inerte de mi rival cae en un charco de sangre con su cara totalmente deformada, mas no puedo detenerme mucho a contemplar mi obra pues veo a mi centurión rodeado de tres malnacidos venidos de tierras oscuras. No me han visto, me acerco por detrás e impulsándome con un salto atravieso la espalda de uno de ellos de arriba abajo, otro más a la cuenta, ya no hay posibilidad de parar. El que está a mi derecha asesta un corte en el brazo a mi centurión y le propina una patada en el pecho alejándolo de mí, mientras que el de mi izquierda, con una sonrisa un tanto macabra y sangrando por una herida que tiene en la frente se lanza a por mí. Detengo su ataque con la espada pero me veo con una rodilla hincada en el suelo, por lo que aferro el escudo y ataco su rodilla con el canto del mismo, ahora es él, el que está sobre el suelo, gritando, se la he roto, seguro. Liberado de su ataque, me alzo sobre él y clavo mi espada en su cuello hacia abajo, buscando los pulmones desde la garganta. La sangre empieza a brotar a borbotones mientras el cuerpo se desploma entre gemidos ahogados en sangre.
Ahora ya sí me dirijo directo en socorro de mi centurión. Agotado del esfuerzo de toda la batalla, intento atacar de frente a mi enemigo pero ya casi no me quedan fuerzas y la estocada queda a medio camino rechazada por mi oponente. El sudor cae sobre mi rostro como una fuente de agua salada, la armadura carga mis hombros, tengo calambres en las piernas y el aire que respiro es más sangre que aire. Un segundo golpe cae sobre mi escudo, y escucho el crujido de la madera tras el impacto. Sabiéndome ya rendido, cojo la que creo que va a ser mi última bocanada de aire, empujo a mi rival con el escudo en horizontal, y por debajo de éste, clavo mi espada en el abdomen del bárbaro que me mira fijamente mientras grita.
Ahora que estoy en pie, pegado él, únicamente separados por el escudo, veo el odio grabado en esa mirada azul mezclada con el sudor y la sangre que cae de su frente, antes de que ésta se apague cuando hundo por segunda vez mi espada en su carne.
Encuentro a mi centurión en el suelo, cubierto con su escudo, por el que asoman los pelos de su casco, rojos como la sangre que brota de su brazo. Está gimiendo como un niño, con la espada hacia arriba en un pobre intento de mostrarse amenazante.
Lo levanto, lo apoyo sobre mi hombro derecho y avanzo hacia retaguardia, a salvo de más espadazos. Menudo peso muerto, gimotea tras su casco, con su capa de centurión rasgada y llena de barro, sangre y sudor. Le conozco, es un buen soldado, táctico y organizado, pero le puede la acción, no tiene capacidad de reacción. Era un oficial prometedor pero se ha atascado ahí y nada indica que el mando vaya a ascenderlo. Pobre hombre, quizá quería morir y por eso llora, sigue vivo, y tendrá que mantener su puesto un día más.
Llego al hospital de mi legión. Ahí está el estandarte con un VII enorme bordado sobre él. La Séptima Legión, con el comandante Flavio, destinada en Germania, donde el mundo cae entre sombras, donde el bosque oculta espíritus malignos que hielan la carne de un hombre, paralizan su corazón y atenazan su bravura. Lo dejo sobre una camilla, ni gracias ni hostias, se dedica a trabajar la apariencia de su rostro, no sea que lo vean llorar.
Aparto la cortina de la tienda que forma el hospital de campaña y me dirijo de nuevo a mi puesto. Los bárbaros están reagrupándose y nos dan un descanso. Paseo por la retaguardia, donde los arqueros tensan de nuevo las cuerdas de sus arcos y terminan de afilar las flechas para alejar pensamientos hasta que la corneta vuelva a llamar a filas. Según avanzo, llego a las filas de los pretorianos, resguardados tras nuestros escudos, los de las cohortes de legionarios.
Llego ahora a la primera línea, veo a mis compañeros y a mí mismo muy desgastados, apenas sostenemos el escudo y alguno incluso se tiene que sentar sobre la tierra. Estamos sin ganas, el sudor está impregnado en mi ropa, apesto a sucio y sangre, que sorprendo brotando alegremente por mi costado derecho. Un reguero rojo se asoma a través de mi ropa. Limpio el barro de mi escudo y de mi espada. Mi arma… gastada la empuñadura ya de tanto tiempo, demasiadas campañas durmiendo con ella bajo la almohada, demasiadas tardes luchando contra el muñeco de prácticas, demasiados cuerpos enemigos atravesados. La sangre se seca en torno al filo de la hoja y al final acaba mellando el metal. Al atravesar las corazas de mis rivales la hoja sufre, e impacto tras impacto se acaba doblando la punta. Además, este arma ha visto ya muchos rostros, visitado amplias tierras y servido a muchos comandantes.
Son muchas ya las veces en las que he defendido mi vida con esta incansable compañera. Ella, mi escudo y yo, una familia forjada con hierro, sudor y sangre, no siempre la mía, que mantiene su unión hasta en las horas más bajas. Y ahora, de nuevo, en esta pequeña explanada con un cielo oscuro como el alma de los bárbaros que gritan tras los bosques, bañados por una lluvia fría y pesada que nos lleva acosando desde bien pronto esta mañana, nosotros, la cuarta cohorte de la Legio Septima, vuelve a unirse a la vanguardia, a la larga fila de soldados romanos que se encomienda a los dioses por el devenir de la batalla.
Los escudos pegados al cuerpo, resonando al impactar con la coraza. La espada en la vaina aguardando un rival que esté a la altura, alguien que suponga un reto. Y el pillum, la jabalina de los soldados, aferrada en la mano.
Escudriñamos la linde del bosque, nerviosos, llenos de ira, apretando con fuerza la lanza y el escudo contra el pecho. Nuestra voluntad y nuestra pasión  rindiendo pleitesía a la guerra por amor Roma, al orden y a la civilización. La carga de la guerra, el peso de las órdenes, el compás de las respiraciones de mis compañeros, agotadas de una batalla de gritos, golpes, sufrimiento y muerte. Miro a mi izquierda y a mi derecha, nadie alza la vista, nadie mira al frente, la gente añora a sus familias, su casa. Yo partí de Caesar Augusta, dejando a una viuda con mirada fría, toda ella de luto, esperando que su hijo volviera victorioso, como antes hizo ya su padre. Recuerdo aquella mirada, había amor en esos ojos, lo puedo jurar, el amor con el que se educa a un soldado, no el amor tierno de una madre a su pequeño, sino el amor de una madre que a su pesar deja que recaiga el apellido de la familia sobre su hijo.
Hace ya cinco años de aquella escena, recuerdo el patio de mi villa, con la escultura de mi padre sobre la entrada de la casa, el fuerte viento de aquellas tierras meciendo el velo que cubría el rostro de mi madre, y yo, espada en vaina, con el escudo sujeto por mi mano izquierda y el casco bajo mi brazo derecho, armado con la coraza que antaño llevase a mi padre a la gloria, hinqué la rodilla derecha en el suelo, postrándome ante mi madre, aguardando su bendición.
Noté su mano gélida y húmeda por las lágrimas derramadas rozar mi rostro, y alcé la vista. Cruzamos una mirada que cualquier otro habría tachado de violenta, pero yo juro que vi amor en esos ojos.
Por eso no pienso en volver al hogar, sino que veo el grabado que dejó mi padre en la armadura:

“La primera víctima de la guerra es la verdad”

Mi padre… Ya tiempo atrás había dado su vida por Roma, como yo, ya había enfrentado a estas mismas gentes en un campo de batalla, embarrado, oscuro e infernal. En estas tierras apenas hay sol, y cuando éste sale, no calienta, es una luz pálida que no da esperanza, sino que ciega y nuble el sentido.
Algo me saca de mis pensamientos, la corneta llama a la batalla, a lo largo de la vanguardia se escucha el resonar de los cuernos que chocan con los gritos de los bárbaros que empiezan a aparecer de entre los árboles. Algunos se les ve que han compartido ya opiniones con nosotros esta mañana por las heridas que muestran.
¡Avancen! Gritan los generales, y nosotros avanzamos. Resuenan nuestros pasos, uniformes, homogéneos, simultáneos. Roma no forma milicias, forma ejércitos. Conforme caminamos hacia el frente, la tierra temblaba con nuestros pasos. La gente comenzó a adquirir bravura, a henchirse de orgullo.  Comienzan a llover flechas desde nuestra retaguardia, su silbido acompaña nuestra marcha, incluso parece fundirse con el sonido de nuestros pasos.
A mi izquierda, lejano, comienzo a oír el resonar de los golpes entre lanza y escudo, pero no de combate, sino simultáneo a nuestra avance. Poco después se empieza a extender y toda la vanguardia comenzamos a imitar a nuestro compañero, golpeando el escudo con la parte metálica del mango de nuestros pillum.
La lluvia ha cesado, he dejado de sudar y mi costado vuelve a estar fuerte. Es increíble cómo cambian las cosas, hace apenas un momento difícilmente nos teníamos en pie, nos costaba sujetar el escudo y la armadura no era más que una carga que nos hundía aún más en el barro, sin embargo ahora, con 2000 compañeros a izquierda y derecha más los que esperan detrás, con nuestros seres queridos en la mente, el águila de la Septima como custodia y esos hijos de perra saliendo del bosque como los lobos salen a por el ganado de los pastores, la sangre de tantos compañeros que no hemos podido limpiar, de la que aún quedan restos bajo las uñas, en los bordes de la coraza, en la empuñadura de la espada, en las sandalias… Sangre, todo acaba con sangre, sangre que te glorifica o te mortifica, todo esto ha hecho que nos volvamos la máquina de matar que realmente somos.
Se acercan, los bárbaros empiezan a correr hacia nosotros, desorganizados, blandiendo hachas, lanzas y espadas, de hierro raído, una hoja afilada a la par que oxidada, con muescas, no están hechas para matar in situ, sino para mutilar o provocar una larga agonía. Escucho sus gritos rebotando entre mi oído y el casco, como una señal, un aviso de la muerte. Me encojo tras el escudo, avanzando con mis compañeros formando un muro infranqueable, rojo, un rojo apagado, sucio, oscurecido, como un rabioso ocaso de verano. Más cerca, estos cabrones siguen corriendo y puedo ver ya algunos detalles de sus rostros; cicatrices recientes, aún sangrantes, una en concreto llama mi atención, es un corte que cruza un rostro anónimo, cruza su mejilla desde su boca a su oreja izquierda. Apenas está curada, hay sangre seca en torno a ella y sus constantes gritos hacen que ésta se abra en torno al labio y la sangre vuelva a brotar alegremente por su mejilla.
Dejo de pensar en ese hombre, pues empiezan a resonar a mi espalda las cornetas que indican que estamos a distancia. De nuevo ocurre, igual que a primera hora esta mañana, comienza un nuevo asalto. Al oír esa corneta todos llevamos a cabo el mismo movimiento, cogemos el pillum, pero no como una lanza, sino como jabalina, noto cómo se tensa todo mi cuerpo, cargo el hombro derecho hacia atrás mientras adelanto la mitad izquierda de mi cuerpo y me apoyo sobre ese pie, siento la sangre rebotando en mi cabeza, como los tambores de guerra ordenando marchar a la tropa.
Tomo impulso con el hombro, y centrándome de nuevo en aquel hombre de la cicatriz, lanzo la jabalina directa contra él. Ahora sé por qué me llamó la atención. Aquel hombre es el mismo objetivo que le puse a mi jabalina en el primer enfrentamiento, cuando el alba aún despuntaba sus primeras luces.
El pillum sale potente y firme, cruzando un aire nauseabundo, impregnado de la sangre de los caídos, se acerca a su blanco, pero no hace un impacto directo, sino que, muy cerca de atravesar su hombro, le roza éste, produciéndole un corte profundo en el brazo. Grita, se le cae el escudo y empieza a sangrar, pero eso no hace que pare, y sigue corriendo, ahora hacia mí.
Se acerca, algunos caen atravesados por nuestras jabalinas, salen despedidos hacia atrás, debido a la fuerza que imprime el impacto de nuestras lanzas.
Truena el cielo en sus alturas, de entre las oscuras nubes surgen rayos y relámpagos que dan más luz que el sol logra proporcionar a través del manto de oscuridad que los cubre. Empezamos a correr, con los escudos por delante, ciegos de ira y rabia, algunos incluso echando espuma por la boca, maldiciendo a todo bárbaro, presente allí o no. A punto de chocarnos elevo yo mismo un grito en el cielo: ¡Roma vinci!
El impacto es brutal, me golpeo de frente con los escudos enemigos a la vez que noto el empuje de los escudos de mis compañeros tras de mí. Resuena el hierro por todo el frente, espada contra escudo, espada contra espada, escudo contra escudo… Noto mi respiración acelerada, casi tanto como mi corazón, cuyas pulsaciones rebotan en mi cabeza como los golpes de los bárbaros sobre nuestros escudos.
De pronto me veo reflejado en las pupilas de aquel infeliz que sangra desesperadamente por su hombro izquierdo. Lleno de ira, al igual que yo, pero herido. No le doy tiempo a atacar, lo golpeo con el escudo en la cara, se tambalea y cuando intenta incorporarse ya tiene mi espada en su abdomen. Cae al suelo mientras lo tiñe con su sangre. Noto un cuerpo cayendo junto a mi y veo a uno de mis compañeros desplomarse mientras la sangre brota de su garganta como fluye el agua desde las montañas. Cabrón, voy a por ti. Me abalanzo sobre él, arremeto con el hombro y lo derribo sobre el suelo. Le meto un cabezazo en la frente, pero claro, él no tiene casco y yo como decurión sí. El grabado del casco se queda fijado sobre su frente, acompañado de un bonito corte que le ha hecho la pequeña visera de mi yelmo. Un compañero mío, que conozco desde hace ya tres años, no puede esperar a que el bárbaro caiga al suelo para rematarlo con su espada, atravesándole el pecho sin apenas inmutarse. Nos miramos, cruzamos una mirada cómplice y continuamos la lucha.

Sólo ansiaba la muerte

Se oía el retumbar de los impactos de las catapultas por toda la ciudad, pero en aquella oscura capilla, en esa lúgubre y tenebrosa capilla, el caballero hacía caso omiso al caos que ocurría fuera. Nada podía captar su atención, toda ella estaba entregada a Dios, por quien había combatido desde que pudo mirar a un hombre a los ojos sin sentir el menor ápice de humanidad, lo que quizá ocurrió demasiado pronto.

Nunca llegó a ser comandante de ningún ejército, ni siquiera tenía grandes propiedades o privilegios, pero su leyenda era extensa, y la sangre que había derramado a lo largo de su vida le otorgaba algo que ningún título proporciona a un hombre, la capacidad de inspirar temor hasta en las más altas esferas de la nobleza. Aquellos nobles, belicosos o no, sabían que contar con la enemistad de aquel caballero, cuyo rostro estaba oscurecido por la capucha, lo que impedía ver más allá de unos ojos negros abiertos como platos y una sonrisa macabra, propia de quien conoce su locura y la acepta con orgullo, como uno de sus grandes baluartes, no podía ser sino augurio de una pronta muerte.

La vida le había negado el cariño, el cual él había rechazado frontalmente. Cuando el entraba en uno de tantos burdeles para nublar su sentido a través del alcohol, su sola presencia hacía que todo ruido cesara y hasta las más frescas cortesanas cerraran la boca por temor a la ira de tan legendario horror.

Pero una vez llegaba la guerra, el odio que el sentía hacia todos los seres tornaba en contra de aquellos que atacaban su fe, su sustento. Criado por la orden de San Juan, educado en el combate desde pequeño, su fe era férrea como los mandobles de su espada. Penitente de su propia existencia, su odio hacia el mundo sólo se veía ensombrecido por el odio que sentía hacia sí mismo. Pero tenía un pacto con Dios y con su desconocido padre. Su muerte sería honrosa, tanto como no lo fuera su vida.

Caían algunas gotas desde el techo de la capilla, se escuchaba el sonido de éstas al caer alternadas con los temblores de una ciudad en ruinas. Su respiración era prácticamente inaudible, sólo aquel que pudiera poner su oído junto a su nariz hubiera podido certificar que efectivamente aquel caballero que oraba bajo un manto y su cota de malla, estaba realmente vivo.

Su escudo y su espada descansaban apoyados sobre uno de los estrechos pilares que sustentaban la pequeña estructura. La espada de vez en cuando resplandecía con las luces de algunos cirios que daban a ese recinto sagrado un aspecto aún más siniestro, cargado además de imágenes de vírgenes y santos que custodiaban un antiguo cristo que parecía a punto de desplomarse sobre el altar, igual que parecía que aquel caballero pudiera desplomarse sobre el suelo en cualquier momento.

De pronto retumbó por toda la sala el sonido de la pequeña puerta de la sacristía abriéndose, dejando entrar a un anciano cura de ojos azules ya cansados de la edad, que se acercó a aquel soldado como si fuera totalmente ajeno a su historia. Se postró de rodillas junto a él y comenzaron a hablar entre ellos tan bajo que apenas podía entenderse nada por muy cerca de ellos que uno se colocase.

Aquel cura era el confesor de ese siniestro caballero, el único hombre sobre la tierra capaz de acercarse a él sin causar su enojo. Aquel viejo párroco era quien se había encargado de que ese caballero no se criase como un ignorante soldado, y le había presentado a la cultura como aliada. Largas horas pasó con él acercándole a la lectura y la escritura, haciéndole conocedor de la historia.

Una vez acabó la conversación, el cura se alzó y posó su huesuda mano sobre el hombro de aquel hombre, que girando la cabeza fijó su oscura mirada, cargada de melancolía y soledad en los azules ojos del párroco. Un leve gesto de cabeza del viejo y el soldado se irguió, mostrando su espectacular talla, se acercó a sus armas, envainó la espada y aferró el escudo con la mano izquierda, pasando la derecha sobre la cruz que tenía estampada sobre él.

Un simple giro para despedirse de Dios, como ya hiciera cientos de veces antes, y avanzó sobre las ruinosas puertas de aquella sucia capilla. Abrió las puertas, y allí se encontró con el horror: la ciudad estaba en llamas, los gritos recorrían sus calles más rápido de lo que lo hacían sus habitantes huyendo de la muerte. Sabía quién acosaba la ciudad, sabía quiénes estaban maltratando a su gente, a aquellos que profesaban su misma fe, aquellos a quien él sentía en obligación de defender.

Los musulmanes asaltaron las murallas, cruzaron las puertas e invadieron aquel reducto de cristiandad. Algunos soldados habían aguardado su salida de la capilla, flanqueando la puerta de la misma como quien espera que de esa oscura cueva de fe saliera el mismísimo rey.

Decidido a acabar con aquello que él más odiaba, desenfundó su espada y se lanzó hacia las puertas de la ciudad, buscando encontrarse de frente con el enemigo. Se iba acercando, cada vez oía más cerca los gritos de aquellos que habían osado perturbar su oración. Al doblar una esquina se topó con un pequeño grupo de hombres defendiendo la posición en incontable desventaja y supo que allí iba a conseguir su ansiado tesoro, su más preciada recompensa.

Poco a poco, los cristianos fueron sucumbiendo ante el empuje musulmán, mientras el caballero se colocaba su yelmo ocultando su rostro, y allí, esperó.

Nunca se imaginaron aquellos soldados fieles al islam que iban a protagonizar una de las leyendas de aquellas tierras desconocidas. Una vez acabaron con aquel reducido grupo de hombres, los musulmanes se percataron de la presencia del caballero que mantenía aquella gélida respiración tan pausada que parecía que sus propios pulmones supieran ya de su pronta muerte.

Mientras se le acercaban, se podía escuchar al soldado rezar bajo el yelmo, encomendar su alma a Dios y preparar su pobre espíritu para la única promesa que pudo hacer en su vida. Fue eliminando enemigos, uno tras otro, sin inmutarse, piernas, brazos, cuellos… todo era apetecible para su insaciable espada y su enferma conciencia. Fueron cayendo enemigos hasta que en un momento, aquel anciano cura que le había dado confesión apareció tras él, empuñando una simple biblia como arma y comenzó a gritar a aquellos invasores.

Cuando se dieron cuenta, algunos intentaron llegar hasta él pero ese viejo soldado no les permitió dar dos pasos sin atravesarles con su espada, pero en esa defensa, un musulmán anónimo, aprovechó su distracción y atravesó su garganta, dejando a esa oscura leyenda de la guerra y de la fe inerte, como un sueño que se evapora con las primeras luces del alba. La sangre brotó de su cuello como el agua baja de las montañas, alcanzando los pies del párroco, que esbozó una leve sonrisa de liberación. Había conseguido que aquel hombre al que trataba como hijo abrazara su mayor deseo y cumpliera aquella ponzoñosa promesa: su muerte sería tan honrosa como no lo fue su vida.

La paz por fin inundó ese cuerpo que yacía sobre el suelo en un charco de sangre y barro. Algunos musulmanes decidieron que querían contemplar el rostro de aquel asesino sanguinario y le quitaron el yelmo.

Apareció un rostro sin signos de edad, apenas algunos pelos poblaban su inmaculado rostro. Aquellas tierras habían sido aterrorizadas por las sombras de un pobre muchacho que consiguió liberar su conciencia a través de su propia muerte.

Nunca se supo quién era, ni cómo, ni de qué manera murió. Siguió creyéndose que aquella sombra de fe era un maduro hombre de armas y no un joven invadido por el odio. Nunca hubo entierro, nunca hubo cantares, sólo olvido, sólo muerte, aquello era lo único que deseaba. 

Vuela conmigo

Y yo ahora que hago, si sólo sé pensar en ti, si no puedo esperar otra cosa que no sea hablar contigo. Intento fingir que no eres fundamental, que sólo te quiero, pero me delata mi estado de ánimo cada vez que tengo que decirte adiós.
Y ahora me marcho, ahora tengo que cruzar un mar, tengo que cambiar de casa, tengo que irme y llevarme mi cabeza conmigo, y cómo pretendo irme si tú estás aquí, esperando a que vuelva, con miedo de que sea uno más de todos esos que tanto daño te hicieron, un imbécil que no supo valorarte. Yo antes también temía poder cometer ese error, también pensaba que mis hormonas iban a ganarle la carrera a mi corazón. Pero ellas no te han visto sonreír, no sabes lo mucho que disfruto viéndote reír, es como sentir que estoy haciendo bien las cosas, que te estoy haciendo feliz.
Joder, que inocente fui, pensar siquiera que podría dedicarle un minuto a otra que no fueras tú, si no puedo estar en la calle sin echarte de menos, ni dejar de imaginarte conmigo cada vez que veo una pareja.
Hace dos semanas creía que esto era pasajero, que era fruto de mi pobre estado emocional, pero qué iluso fui. Nada más posar el pie en Valladolid, cuando te di ese último abrazo, ese último beso, esa última risa, se me partió el alma, se me rompió el corazón, pues algún cachito quería quedarse contigo, para que yo tuviera que volver a ti a por él, y cuando lo hice, en vez de llevarme esa parte, te quedaste el resto, aunque supongo que no fue cosa tuya, simplemente te lo entregué.
Me asomé a aquel abismo sobre el mar, dejé todo en el acantilado, y salté. No me até a nada, no me agarré a nada, salté, te abrí mi corazón, te lo ofrecí en un humilde sobre, sin sellar.
Y ahora me veo en el aire, sabiendo que quiero volar, pero sólo tú puedes enseñarme, sólo tú puedes evitar que caiga sobre las afiladas rocas de la costa. Salta, por favor, salta conmigo, acompáñame en este salto, busca la felicidad conmigo, vuela conmigo, no me dejes caer.
Yo me voy, pero esto se queda contigo, esto es tuyo, no puedo pensar en nadie más que tú para que guíe mi boli, ebrio de dolor, sobre este papel. No quiero irme, quiero estar aquí, quiero verte, quiero hablar hasta las 5, quiero sonreír como un bobo mientras te miro, quiero verte reír, te quiero, TE QUIERO.
Y ahora, ¿cómo te digo adiós? ¿cómo puedo ser capaz de despedirme de ti, del todo, saber que no voy a verte, que no vas a estar en mi pantalla, no sé ni que decir, no sé cómo afrontarlo, afrontar un mes sin ti.
Dame fuerzas para mi viaje, dame motivos para volver, dame… dame… dame ese beso que no pudiste darme el otro día, dame ese beso que haga que vuele, hazme volar, suéltame esta cadena que me ata al suelo, líbrame de la atadura de la incertidumbre.
No sabes las ganas que tengo de besarte, y el mido que me da, tener que despedirme. Espérame, y búscame en la noche, en la estrella más tenue del cielo, y piensa en mí. Yo buscaré la más brillante y volveré a posar mi boli sobre el papel para ti.

Te quiero.

5 de la madrugada

Ni siquiera las estrellas parecen calmadas ante lo que ocurre en mi corazón. Me levanté imaginando un viaje a Cádiz contigo y ahora sólo puedo imaginarte sonriendo en aquella noche, sólo puedo recordarte secando mis lágrimas en aquel frío recibidor sin otra compañía que mis sollozos, mis lágrimas y mis lamentos. Me corroe la duda, es como una serpiente que saliendo de mi corazón devorase todo mi ser, esa duda, de si en tu corazón hay un hueco reservado para mí en la parte de AMOR. Toda mi conciencia entiende que necesitas tiempo, que tu situación es compleja, pero ni la noche ni la música apagan las dudas que asaltan las puertas de mis entrañas. ¡¿ME QUIERE O NO ME QUIERE?! Se oye gritar por todo mi ser. Verte ha supuesto dar vida a esas fantasías, con tu rostro ya había una sonrisa esperando en la Caleta, ya sentía otra vez tus pulgares sobre mis llorosas mejillas. Echo de menos cantarte al oído, echo de menos abrazarte, oler tu pelo sin que te des cuenta. Tus risas cuando nos cruzábamos en el pasillo.
Oigo el silencio en la calle, una calle entregada ya a una tardía madrugada, también oigo una voz rasgada cantando sobre el amor, bueno, más bien sobre el desamor. Esa voz debe de ser el sonido que sale por ese auricular de mi oído izquierdo. Pero oigo otra cosa, es mi corazón, gritando ahogado por que me vuelvas a escribir.

Al final todos esos ruidos se confabulan en una única pregunta ¿Qué habrá escondido en su corazón para mí? No te imaginas las ganas que tengo de volver a abrazarte, y el miedo que me da, tener que volver a despedirme.

Nuevo amanecer

Es dolor, simple y llano. Un dolor que me atraviesa de arriba abajo. Te echo de menos, muchísimo. Nunca podré encontrar suficientes palabras para agradecerte lo mucho que has hecho por mí este año. Te puedo asegurar que pocas cosas me transmiten tanta tranquilidad como tu sonrisa.
Pero qué digo, como puedo solamente pensar que es dolor, es alegría, es inmensidad, es amor, o eso creo. He sentido cosas muy fuertes por ti, y tengo miedo supongo, tengo miedo de que sea una riña de mi cabeza y de mi corazón que acabe en una calma de la que no me fío. Pero también tengo miedo de que sea verdadero, de que sea puro, de que sea amor.
Pero esta vez es distinto, no sufro a pesar de que no te tengo, a pesar de que aún no he sido capaz de confesártelo, porque sólo puedo pensar en esos ratos disfrutando contigo. En volver a perderme en sueños en tu mirada, en tu sonrisa y en esa maldita forma tuya de secarme las lágrimas.
No, esto no es un texto triste, nostálgico, melancólico. Es un texto de esperanza, agradecimiento. Son las letras que no he podido juntar para hacerte un soneto. Son las letras de un corazón que ha vuelvo a trabajar sin sufrir, a amar sin reservas. Después de un año malo, este cambio de vista ha servido para volver a creer en la pureza.
Al ritmo de sabina recuerdo nuestras canciones, pero ¡ay! Mujer, no es por cantar conmigo por lo que sé que has activado sin querer el botón de amar, sino por lo que vi al contemplarte dormir, la paz que traías a mi cabeza, a mi pobre y averiado corazón. En ese momento me percaté de que allí había una amistad quedándose fuera de lugar, sintiéndose demasiado pequeña para albergar mis sentimientos, pero capaz de sostenerse mientras decidía si abrirte mi corazón o me decantaba por aprovechar cada segundo que me quedaba contigo.

Al final opté por los segundos, y disfruté cada uno como si fueran los últimos sobre este mundo. No sabes cómo me alegro de haberte abierto las puertas de mi alma.