Tiempo
hacía ya que el sol había salido y aún nos hallamos trabados en combate. La
lluvia convierte el campo de batalla un terreno plagado de fango en el que se
amontonaban los cuerpos, enteros o no, de amigos y enemigos.
El
aire llega a mis pulmones denso, cargado del olor de la sangre y el lodo,
haciéndome sentir pesado. No sé cuánto llevo luchando, mi cohorte cubre el
flanco izquierdo de la formación, es una zona sin bosque, pero el claro es
atravesado por un arroyo que lleva desbordado desde bien pronto esta mañana, lo
que sumado a la incansable lluvia, convierte la zona en una trampa para las
cansadas piernas de los soldados que aquí nos encontramos.
De
nuevo, como infinitas veces he oído ya esta mañana, escucho el grito de otro
bárbaro, armado con un hacha y cubierto con pieles, sucio, desarrapado y con
una larga barba, con sus ojos azules inyectados en sangre, rojos de ira y del
humo de nuestras catapultas. Corre hacia mí y yo aprieto mi escudo, con la
orgullosa águila estampada en su centro, mi gladium, ya gastada del combate,
enfrentada a él, e inicio la carrera. Llega el impacto, me cubro con el escudo
donde impacta el hacha, y de la inercia del golpe el bárbaro se tambalea hacia
atrás. Alzo el brazo y como si de un sistema mecánico se tratase, mi mano cae
con la espada aferrada iniciando el corte en el cuello de mi enemigo y
terminando en el muslo. Cae de rodillas y no titubeo, clavo la espada en su
rostro, retuerzo y saco, mortal.
El
cuerpo inerte de mi rival cae en un charco de sangre con su cara totalmente
deformada, mas no puedo detenerme mucho a contemplar mi obra pues veo a mi
centurión rodeado de tres malnacidos venidos de tierras oscuras. No me han
visto, me acerco por detrás e impulsándome con un salto atravieso la espalda de
uno de ellos de arriba abajo, otro más a la cuenta, ya no hay posibilidad de
parar. El que está a mi derecha asesta un corte en el brazo a mi centurión y le
propina una patada en el pecho alejándolo de mí, mientras que el de mi
izquierda, con una sonrisa un tanto macabra y sangrando por una herida que
tiene en la frente se lanza a por mí. Detengo su ataque con la espada pero me
veo con una rodilla hincada en el suelo, por lo que aferro el escudo y ataco su
rodilla con el canto del mismo, ahora es él, el que está sobre el suelo,
gritando, se la he roto, seguro. Liberado de su ataque, me alzo sobre él y
clavo mi espada en su cuello hacia abajo, buscando los pulmones desde la
garganta. La sangre empieza a brotar a borbotones mientras el cuerpo se
desploma entre gemidos ahogados en sangre.
Ahora
ya sí me dirijo directo en socorro de mi centurión. Agotado del esfuerzo de
toda la batalla, intento atacar de frente a mi enemigo pero ya casi no me
quedan fuerzas y la estocada queda a medio camino rechazada por mi oponente. El
sudor cae sobre mi rostro como una fuente de agua salada, la armadura carga mis
hombros, tengo calambres en las piernas y el aire que respiro es más sangre que
aire. Un segundo golpe cae sobre mi escudo, y escucho el crujido de la madera
tras el impacto. Sabiéndome ya rendido, cojo la que creo que va a ser mi última
bocanada de aire, empujo a mi rival con el escudo en horizontal, y por debajo
de éste, clavo mi espada en el abdomen del bárbaro que me mira fijamente
mientras grita.
Ahora
que estoy en pie, pegado él, únicamente separados por el escudo, veo el odio
grabado en esa mirada azul mezclada con el sudor y la sangre que cae de su
frente, antes de que ésta se apague cuando hundo por segunda vez mi espada en
su carne.
Encuentro
a mi centurión en el suelo, cubierto con su escudo, por el que asoman los pelos
de su casco, rojos como la sangre que brota de su brazo. Está gimiendo como un
niño, con la espada hacia arriba en un pobre intento de mostrarse amenazante.
Lo
levanto, lo apoyo sobre mi hombro derecho y avanzo hacia retaguardia, a salvo
de más espadazos. Menudo peso muerto, gimotea tras su casco, con su capa de
centurión rasgada y llena de barro, sangre y sudor. Le conozco, es un buen
soldado, táctico y organizado, pero le puede la acción, no tiene capacidad de
reacción. Era un oficial prometedor pero se ha atascado ahí y nada indica que
el mando vaya a ascenderlo. Pobre hombre, quizá quería morir y por eso llora,
sigue vivo, y tendrá que mantener su puesto un día más.
Llego
al hospital de mi legión. Ahí está el estandarte con un VII enorme bordado
sobre él. La Séptima Legión, con el comandante Flavio, destinada en Germania,
donde el mundo cae entre sombras, donde el bosque oculta espíritus malignos que
hielan la carne de un hombre, paralizan su corazón y atenazan su bravura. Lo
dejo sobre una camilla, ni gracias ni hostias, se dedica a trabajar la
apariencia de su rostro, no sea que lo vean llorar.
Aparto
la cortina de la tienda que forma el hospital de campaña y me dirijo de nuevo a
mi puesto. Los bárbaros están reagrupándose y nos dan un descanso. Paseo por la
retaguardia, donde los arqueros tensan de nuevo las cuerdas de sus arcos y
terminan de afilar las flechas para alejar pensamientos hasta que la corneta
vuelva a llamar a filas. Según avanzo, llego a las filas de los pretorianos,
resguardados tras nuestros escudos, los de las cohortes de legionarios.
Llego
ahora a la primera línea, veo a mis compañeros y a mí mismo muy desgastados,
apenas sostenemos el escudo y alguno incluso se tiene que sentar sobre la
tierra. Estamos sin ganas, el sudor está impregnado en mi ropa, apesto a sucio
y sangre, que sorprendo brotando alegremente por mi costado derecho. Un reguero
rojo se asoma a través de mi ropa. Limpio el barro de mi escudo y de mi espada.
Mi arma… gastada la empuñadura ya de tanto tiempo, demasiadas campañas
durmiendo con ella bajo la almohada, demasiadas tardes luchando contra el
muñeco de prácticas, demasiados cuerpos enemigos atravesados. La sangre se seca
en torno al filo de la hoja y al final acaba mellando el metal. Al atravesar
las corazas de mis rivales la hoja sufre, e impacto tras impacto se acaba
doblando la punta. Además, este arma ha visto ya muchos rostros, visitado
amplias tierras y servido a muchos comandantes.
Son
muchas ya las veces en las que he defendido mi vida con esta incansable
compañera. Ella, mi escudo y yo, una familia forjada con hierro, sudor y
sangre, no siempre la mía, que mantiene su unión hasta en las horas más bajas.
Y ahora, de nuevo, en esta pequeña explanada con un cielo oscuro como el alma
de los bárbaros que gritan tras los bosques, bañados por una lluvia fría y
pesada que nos lleva acosando desde bien pronto esta mañana, nosotros, la
cuarta cohorte de la Legio Septima, vuelve a unirse a la vanguardia, a la larga
fila de soldados romanos que se encomienda a los dioses por el devenir de la
batalla.
Los
escudos pegados al cuerpo, resonando al impactar con la coraza. La espada en la
vaina aguardando un rival que esté a la altura, alguien que suponga un reto. Y
el pillum, la jabalina de los soldados, aferrada en la mano.
Escudriñamos
la linde del bosque, nerviosos, llenos de ira, apretando con fuerza la lanza y
el escudo contra el pecho. Nuestra voluntad y nuestra pasión rindiendo pleitesía a la guerra por amor
Roma, al orden y a la civilización. La carga de la guerra, el peso de las
órdenes, el compás de las respiraciones de mis compañeros, agotadas de una
batalla de gritos, golpes, sufrimiento y muerte. Miro a mi izquierda y a mi derecha,
nadie alza la vista, nadie mira al frente, la gente añora a sus familias, su
casa. Yo partí de Caesar Augusta, dejando a una viuda con mirada fría, toda
ella de luto, esperando que su hijo volviera victorioso, como antes hizo ya su
padre. Recuerdo aquella mirada, había amor en esos ojos, lo puedo jurar, el
amor con el que se educa a un soldado, no el amor tierno de una madre a su
pequeño, sino el amor de una madre que a su pesar deja que recaiga el apellido
de la familia sobre su hijo.
Hace
ya cinco años de aquella escena, recuerdo el patio de mi villa, con la
escultura de mi padre sobre la entrada de la casa, el fuerte viento de aquellas
tierras meciendo el velo que cubría el rostro de mi madre, y yo, espada en
vaina, con el escudo sujeto por mi mano izquierda y el casco bajo mi brazo
derecho, armado con la coraza que antaño llevase a mi padre a la gloria, hinqué
la rodilla derecha en el suelo, postrándome ante mi madre, aguardando su
bendición.
Noté
su mano gélida y húmeda por las lágrimas derramadas rozar mi rostro, y alcé la
vista. Cruzamos una mirada que cualquier otro habría tachado de violenta, pero
yo juro que vi amor en esos ojos.
Por
eso no pienso en volver al hogar, sino que veo el grabado que dejó mi padre en
la armadura:
“La
primera víctima de la guerra es la verdad”
Mi
padre… Ya tiempo atrás había dado su vida por Roma, como yo, ya había
enfrentado a estas mismas gentes en un campo de batalla, embarrado, oscuro e
infernal. En estas tierras apenas hay sol, y cuando éste sale, no calienta, es
una luz pálida que no da esperanza, sino que ciega y nuble el sentido.
Algo
me saca de mis pensamientos, la corneta llama a la batalla, a lo largo de la
vanguardia se escucha el resonar de los cuernos que chocan con los gritos de
los bárbaros que empiezan a aparecer de entre los árboles. Algunos se les ve
que han compartido ya opiniones con nosotros esta mañana por las heridas que
muestran.
¡Avancen!
Gritan los generales, y nosotros avanzamos. Resuenan nuestros pasos, uniformes,
homogéneos, simultáneos. Roma no forma milicias, forma ejércitos. Conforme
caminamos hacia el frente, la tierra temblaba con nuestros pasos. La gente
comenzó a adquirir bravura, a henchirse de orgullo. Comienzan a llover flechas desde nuestra
retaguardia, su silbido acompaña nuestra marcha, incluso parece fundirse con el
sonido de nuestros pasos.
A
mi izquierda, lejano, comienzo a oír el resonar de los golpes entre lanza y
escudo, pero no de combate, sino simultáneo a nuestra avance. Poco después se
empieza a extender y toda la vanguardia comenzamos a imitar a nuestro
compañero, golpeando el escudo con la parte metálica del mango de nuestros
pillum.
La
lluvia ha cesado, he dejado de sudar y mi costado vuelve a estar fuerte. Es
increíble cómo cambian las cosas, hace apenas un momento difícilmente nos
teníamos en pie, nos costaba sujetar el escudo y la armadura no era más que una
carga que nos hundía aún más en el barro, sin embargo ahora, con 2000
compañeros a izquierda y derecha más los que esperan detrás, con nuestros seres
queridos en la mente, el águila de la Septima como custodia y esos hijos de
perra saliendo del bosque como los lobos salen a por el ganado de los pastores,
la sangre de tantos compañeros que no hemos podido limpiar, de la que aún
quedan restos bajo las uñas, en los bordes de la coraza, en la empuñadura de la
espada, en las sandalias… Sangre, todo acaba con sangre, sangre que te
glorifica o te mortifica, todo esto ha hecho que nos volvamos la máquina de
matar que realmente somos.
Se
acercan, los bárbaros empiezan a correr hacia nosotros, desorganizados,
blandiendo hachas, lanzas y espadas, de hierro raído, una hoja afilada a la par
que oxidada, con muescas, no están hechas para matar in situ, sino para mutilar
o provocar una larga agonía. Escucho sus gritos rebotando entre mi oído y el
casco, como una señal, un aviso de la muerte. Me encojo tras el escudo,
avanzando con mis compañeros formando un muro infranqueable, rojo, un rojo
apagado, sucio, oscurecido, como un rabioso ocaso de verano. Más cerca, estos
cabrones siguen corriendo y puedo ver ya algunos detalles de sus rostros;
cicatrices recientes, aún sangrantes, una en concreto llama mi atención, es un
corte que cruza un rostro anónimo, cruza su mejilla desde su boca a su oreja
izquierda. Apenas está curada, hay sangre seca en torno a ella y sus constantes
gritos hacen que ésta se abra en torno al labio y la sangre vuelva a brotar
alegremente por su mejilla.
Dejo
de pensar en ese hombre, pues empiezan a resonar a mi espalda las cornetas que
indican que estamos a distancia. De nuevo ocurre, igual que a primera hora esta
mañana, comienza un nuevo asalto. Al oír esa corneta todos llevamos a cabo el
mismo movimiento, cogemos el pillum, pero no como una lanza, sino como
jabalina, noto cómo se tensa todo mi cuerpo, cargo el hombro derecho hacia
atrás mientras adelanto la mitad izquierda de mi cuerpo y me apoyo sobre ese
pie, siento la sangre rebotando en mi cabeza, como los tambores de guerra
ordenando marchar a la tropa.
Tomo
impulso con el hombro, y centrándome de nuevo en aquel hombre de la cicatriz,
lanzo la jabalina directa contra él. Ahora sé por qué me llamó la atención.
Aquel hombre es el mismo objetivo que le puse a mi jabalina en el primer
enfrentamiento, cuando el alba aún despuntaba sus primeras luces.
El
pillum sale potente y firme, cruzando un aire nauseabundo, impregnado de la
sangre de los caídos, se acerca a su blanco, pero no hace un impacto directo,
sino que, muy cerca de atravesar su hombro, le roza éste, produciéndole un
corte profundo en el brazo. Grita, se le cae el escudo y empieza a sangrar,
pero eso no hace que pare, y sigue corriendo, ahora hacia mí.
Se
acerca, algunos caen atravesados por nuestras jabalinas, salen despedidos hacia
atrás, debido a la fuerza que imprime el impacto de nuestras lanzas.
Truena
el cielo en sus alturas, de entre las oscuras nubes surgen rayos y relámpagos
que dan más luz que el sol logra proporcionar a través del manto de oscuridad
que los cubre. Empezamos a correr, con los escudos por delante, ciegos de ira y
rabia, algunos incluso echando espuma por la boca, maldiciendo a todo bárbaro,
presente allí o no. A punto de chocarnos elevo yo mismo un grito en el cielo:
¡Roma vinci!
El
impacto es brutal, me golpeo de frente con los escudos enemigos a la vez que
noto el empuje de los escudos de mis compañeros tras de mí. Resuena el hierro
por todo el frente, espada contra escudo, espada contra espada, escudo contra
escudo… Noto mi respiración acelerada, casi tanto como mi corazón, cuyas
pulsaciones rebotan en mi cabeza como los golpes de los bárbaros sobre nuestros
escudos.
De
pronto me veo reflejado en las pupilas de aquel infeliz que sangra
desesperadamente por su hombro izquierdo. Lleno de ira, al igual que yo, pero
herido. No le doy tiempo a atacar, lo golpeo con el escudo en la cara, se
tambalea y cuando intenta incorporarse ya tiene mi espada en su abdomen. Cae al
suelo mientras lo tiñe con su sangre. Noto un cuerpo cayendo junto a mi y veo a
uno de mis compañeros desplomarse mientras la sangre brota de su garganta como
fluye el agua desde las montañas. Cabrón, voy a por ti. Me abalanzo sobre él,
arremeto con el hombro y lo derribo sobre el suelo. Le meto un cabezazo en la
frente, pero claro, él no tiene casco y yo como decurión sí. El grabado del
casco se queda fijado sobre su frente, acompañado de un bonito corte que le ha
hecho la pequeña visera de mi yelmo. Un compañero mío, que conozco desde hace
ya tres años, no puede esperar a que el bárbaro caiga al suelo para rematarlo
con su espada, atravesándole el pecho sin apenas inmutarse. Nos miramos,
cruzamos una mirada cómplice y continuamos la lucha.