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domingo, 21 de agosto de 2016

Sólo ansiaba la muerte

Se oía el retumbar de los impactos de las catapultas por toda la ciudad, pero en aquella oscura capilla, en esa lúgubre y tenebrosa capilla, el caballero hacía caso omiso al caos que ocurría fuera. Nada podía captar su atención, toda ella estaba entregada a Dios, por quien había combatido desde que pudo mirar a un hombre a los ojos sin sentir el menor ápice de humanidad, lo que quizá ocurrió demasiado pronto.

Nunca llegó a ser comandante de ningún ejército, ni siquiera tenía grandes propiedades o privilegios, pero su leyenda era extensa, y la sangre que había derramado a lo largo de su vida le otorgaba algo que ningún título proporciona a un hombre, la capacidad de inspirar temor hasta en las más altas esferas de la nobleza. Aquellos nobles, belicosos o no, sabían que contar con la enemistad de aquel caballero, cuyo rostro estaba oscurecido por la capucha, lo que impedía ver más allá de unos ojos negros abiertos como platos y una sonrisa macabra, propia de quien conoce su locura y la acepta con orgullo, como uno de sus grandes baluartes, no podía ser sino augurio de una pronta muerte.

La vida le había negado el cariño, el cual él había rechazado frontalmente. Cuando el entraba en uno de tantos burdeles para nublar su sentido a través del alcohol, su sola presencia hacía que todo ruido cesara y hasta las más frescas cortesanas cerraran la boca por temor a la ira de tan legendario horror.

Pero una vez llegaba la guerra, el odio que el sentía hacia todos los seres tornaba en contra de aquellos que atacaban su fe, su sustento. Criado por la orden de San Juan, educado en el combate desde pequeño, su fe era férrea como los mandobles de su espada. Penitente de su propia existencia, su odio hacia el mundo sólo se veía ensombrecido por el odio que sentía hacia sí mismo. Pero tenía un pacto con Dios y con su desconocido padre. Su muerte sería honrosa, tanto como no lo fuera su vida.

Caían algunas gotas desde el techo de la capilla, se escuchaba el sonido de éstas al caer alternadas con los temblores de una ciudad en ruinas. Su respiración era prácticamente inaudible, sólo aquel que pudiera poner su oído junto a su nariz hubiera podido certificar que efectivamente aquel caballero que oraba bajo un manto y su cota de malla, estaba realmente vivo.

Su escudo y su espada descansaban apoyados sobre uno de los estrechos pilares que sustentaban la pequeña estructura. La espada de vez en cuando resplandecía con las luces de algunos cirios que daban a ese recinto sagrado un aspecto aún más siniestro, cargado además de imágenes de vírgenes y santos que custodiaban un antiguo cristo que parecía a punto de desplomarse sobre el altar, igual que parecía que aquel caballero pudiera desplomarse sobre el suelo en cualquier momento.

De pronto retumbó por toda la sala el sonido de la pequeña puerta de la sacristía abriéndose, dejando entrar a un anciano cura de ojos azules ya cansados de la edad, que se acercó a aquel soldado como si fuera totalmente ajeno a su historia. Se postró de rodillas junto a él y comenzaron a hablar entre ellos tan bajo que apenas podía entenderse nada por muy cerca de ellos que uno se colocase.

Aquel cura era el confesor de ese siniestro caballero, el único hombre sobre la tierra capaz de acercarse a él sin causar su enojo. Aquel viejo párroco era quien se había encargado de que ese caballero no se criase como un ignorante soldado, y le había presentado a la cultura como aliada. Largas horas pasó con él acercándole a la lectura y la escritura, haciéndole conocedor de la historia.

Una vez acabó la conversación, el cura se alzó y posó su huesuda mano sobre el hombro de aquel hombre, que girando la cabeza fijó su oscura mirada, cargada de melancolía y soledad en los azules ojos del párroco. Un leve gesto de cabeza del viejo y el soldado se irguió, mostrando su espectacular talla, se acercó a sus armas, envainó la espada y aferró el escudo con la mano izquierda, pasando la derecha sobre la cruz que tenía estampada sobre él.

Un simple giro para despedirse de Dios, como ya hiciera cientos de veces antes, y avanzó sobre las ruinosas puertas de aquella sucia capilla. Abrió las puertas, y allí se encontró con el horror: la ciudad estaba en llamas, los gritos recorrían sus calles más rápido de lo que lo hacían sus habitantes huyendo de la muerte. Sabía quién acosaba la ciudad, sabía quiénes estaban maltratando a su gente, a aquellos que profesaban su misma fe, aquellos a quien él sentía en obligación de defender.

Los musulmanes asaltaron las murallas, cruzaron las puertas e invadieron aquel reducto de cristiandad. Algunos soldados habían aguardado su salida de la capilla, flanqueando la puerta de la misma como quien espera que de esa oscura cueva de fe saliera el mismísimo rey.

Decidido a acabar con aquello que él más odiaba, desenfundó su espada y se lanzó hacia las puertas de la ciudad, buscando encontrarse de frente con el enemigo. Se iba acercando, cada vez oía más cerca los gritos de aquellos que habían osado perturbar su oración. Al doblar una esquina se topó con un pequeño grupo de hombres defendiendo la posición en incontable desventaja y supo que allí iba a conseguir su ansiado tesoro, su más preciada recompensa.

Poco a poco, los cristianos fueron sucumbiendo ante el empuje musulmán, mientras el caballero se colocaba su yelmo ocultando su rostro, y allí, esperó.

Nunca se imaginaron aquellos soldados fieles al islam que iban a protagonizar una de las leyendas de aquellas tierras desconocidas. Una vez acabaron con aquel reducido grupo de hombres, los musulmanes se percataron de la presencia del caballero que mantenía aquella gélida respiración tan pausada que parecía que sus propios pulmones supieran ya de su pronta muerte.

Mientras se le acercaban, se podía escuchar al soldado rezar bajo el yelmo, encomendar su alma a Dios y preparar su pobre espíritu para la única promesa que pudo hacer en su vida. Fue eliminando enemigos, uno tras otro, sin inmutarse, piernas, brazos, cuellos… todo era apetecible para su insaciable espada y su enferma conciencia. Fueron cayendo enemigos hasta que en un momento, aquel anciano cura que le había dado confesión apareció tras él, empuñando una simple biblia como arma y comenzó a gritar a aquellos invasores.

Cuando se dieron cuenta, algunos intentaron llegar hasta él pero ese viejo soldado no les permitió dar dos pasos sin atravesarles con su espada, pero en esa defensa, un musulmán anónimo, aprovechó su distracción y atravesó su garganta, dejando a esa oscura leyenda de la guerra y de la fe inerte, como un sueño que se evapora con las primeras luces del alba. La sangre brotó de su cuello como el agua baja de las montañas, alcanzando los pies del párroco, que esbozó una leve sonrisa de liberación. Había conseguido que aquel hombre al que trataba como hijo abrazara su mayor deseo y cumpliera aquella ponzoñosa promesa: su muerte sería tan honrosa como no lo fue su vida.

La paz por fin inundó ese cuerpo que yacía sobre el suelo en un charco de sangre y barro. Algunos musulmanes decidieron que querían contemplar el rostro de aquel asesino sanguinario y le quitaron el yelmo.

Apareció un rostro sin signos de edad, apenas algunos pelos poblaban su inmaculado rostro. Aquellas tierras habían sido aterrorizadas por las sombras de un pobre muchacho que consiguió liberar su conciencia a través de su propia muerte.

Nunca se supo quién era, ni cómo, ni de qué manera murió. Siguió creyéndose que aquella sombra de fe era un maduro hombre de armas y no un joven invadido por el odio. Nunca hubo entierro, nunca hubo cantares, sólo olvido, sólo muerte, aquello era lo único que deseaba. 

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