Se oía el retumbar
de los impactos de las catapultas por toda la ciudad, pero en aquella oscura
capilla, en esa lúgubre y tenebrosa capilla, el caballero hacía caso omiso al
caos que ocurría fuera. Nada podía captar su atención, toda ella estaba
entregada a Dios, por quien había combatido desde que pudo mirar a un hombre a
los ojos sin sentir el menor ápice de humanidad, lo que quizá ocurrió demasiado
pronto.
Nunca llegó a ser
comandante de ningún ejército, ni siquiera tenía grandes propiedades o
privilegios, pero su leyenda era extensa, y la sangre que había derramado a lo
largo de su vida le otorgaba algo que ningún título proporciona a un hombre, la
capacidad de inspirar temor hasta en las más altas esferas de la nobleza.
Aquellos nobles, belicosos o no, sabían que contar con la enemistad de aquel
caballero, cuyo rostro estaba oscurecido por la capucha, lo que impedía ver más
allá de unos ojos negros abiertos como platos y una sonrisa macabra, propia de
quien conoce su locura y la acepta con orgullo, como uno de sus grandes
baluartes, no podía ser sino augurio de una pronta muerte.
La vida le había
negado el cariño, el cual él había rechazado frontalmente. Cuando el entraba en
uno de tantos burdeles para nublar su sentido a través del alcohol, su sola presencia
hacía que todo ruido cesara y hasta las más frescas cortesanas cerraran la boca
por temor a la ira de tan legendario horror.
Pero una vez
llegaba la guerra, el odio que el sentía hacia todos los seres tornaba en
contra de aquellos que atacaban su fe, su sustento. Criado por la orden de San
Juan, educado en el combate desde pequeño, su fe era férrea como los mandobles
de su espada. Penitente de su propia existencia, su odio hacia el mundo sólo se
veía ensombrecido por el odio que sentía hacia sí mismo. Pero tenía un pacto
con Dios y con su desconocido padre. Su muerte sería honrosa, tanto como no lo
fuera su vida.
Caían algunas
gotas desde el techo de la capilla, se escuchaba el sonido de éstas al caer
alternadas con los temblores de una ciudad en ruinas. Su respiración era
prácticamente inaudible, sólo aquel que pudiera poner su oído junto a su nariz
hubiera podido certificar que efectivamente aquel caballero que oraba bajo un
manto y su cota de malla, estaba realmente vivo.
Su escudo y su
espada descansaban apoyados sobre uno de los estrechos pilares que sustentaban
la pequeña estructura. La espada de vez en cuando resplandecía con las luces de
algunos cirios que daban a ese recinto sagrado un aspecto aún más siniestro,
cargado además de imágenes de vírgenes y santos que custodiaban un antiguo
cristo que parecía a punto de desplomarse sobre el altar, igual que parecía que
aquel caballero pudiera desplomarse sobre el suelo en cualquier momento.
De pronto retumbó
por toda la sala el sonido de la pequeña puerta de la sacristía abriéndose,
dejando entrar a un anciano cura de ojos azules ya cansados de la edad, que se
acercó a aquel soldado como si fuera totalmente ajeno a su historia. Se postró
de rodillas junto a él y comenzaron a hablar entre ellos tan bajo que apenas
podía entenderse nada por muy cerca de ellos que uno se colocase.
Aquel cura era el
confesor de ese siniestro caballero, el único hombre sobre la tierra capaz de
acercarse a él sin causar su enojo. Aquel viejo párroco era quien se había encargado
de que ese caballero no se criase como un ignorante soldado, y le había
presentado a la cultura como aliada. Largas horas pasó con él acercándole a la
lectura y la escritura, haciéndole conocedor de la historia.
Una vez acabó la
conversación, el cura se alzó y posó su huesuda mano sobre el hombro de aquel
hombre, que girando la cabeza fijó su oscura mirada, cargada de melancolía y
soledad en los azules ojos del párroco. Un leve gesto de cabeza del viejo y el
soldado se irguió, mostrando su espectacular talla, se acercó a sus armas,
envainó la espada y aferró el escudo con la mano izquierda, pasando la derecha
sobre la cruz que tenía estampada sobre él.
Un simple giro
para despedirse de Dios, como ya hiciera cientos de veces antes, y avanzó sobre
las ruinosas puertas de aquella sucia capilla. Abrió las puertas, y allí se
encontró con el horror: la ciudad estaba en llamas, los gritos recorrían sus
calles más rápido de lo que lo hacían sus habitantes huyendo de la muerte. Sabía
quién acosaba la ciudad, sabía quiénes estaban maltratando a su gente, a
aquellos que profesaban su misma fe, aquellos a quien él sentía en obligación
de defender.
Los musulmanes
asaltaron las murallas, cruzaron las puertas e invadieron aquel reducto de
cristiandad. Algunos soldados habían aguardado su salida de la capilla,
flanqueando la puerta de la misma como quien espera que de esa oscura cueva de
fe saliera el mismísimo rey.
Decidido a acabar
con aquello que él más odiaba, desenfundó su espada y se lanzó hacia las
puertas de la ciudad, buscando encontrarse de frente con el enemigo. Se iba
acercando, cada vez oía más cerca los gritos de aquellos que habían osado
perturbar su oración. Al doblar una esquina se topó con un pequeño grupo de
hombres defendiendo la posición en incontable desventaja y supo que allí iba a
conseguir su ansiado tesoro, su más preciada recompensa.
Poco a poco, los
cristianos fueron sucumbiendo ante el empuje musulmán, mientras el caballero se
colocaba su yelmo ocultando su rostro, y allí, esperó.
Nunca se
imaginaron aquellos soldados fieles al islam que iban a protagonizar una de las
leyendas de aquellas tierras desconocidas. Una vez acabaron con aquel reducido
grupo de hombres, los musulmanes se percataron de la presencia del caballero
que mantenía aquella gélida respiración tan pausada que parecía que sus propios
pulmones supieran ya de su pronta muerte.
Mientras se le
acercaban, se podía escuchar al soldado rezar bajo el yelmo, encomendar su alma
a Dios y preparar su pobre espíritu para la única promesa que pudo hacer en su
vida. Fue eliminando enemigos, uno tras otro, sin inmutarse, piernas, brazos,
cuellos… todo era apetecible para su insaciable espada y su enferma conciencia.
Fueron cayendo enemigos hasta que en un momento, aquel anciano cura que le había
dado confesión apareció tras él, empuñando una simple biblia como arma y
comenzó a gritar a aquellos invasores.
Cuando se dieron
cuenta, algunos intentaron llegar hasta él pero ese viejo soldado no les
permitió dar dos pasos sin atravesarles con su espada, pero en esa defensa, un
musulmán anónimo, aprovechó su distracción y atravesó su garganta, dejando a
esa oscura leyenda de la guerra y de la fe inerte, como un sueño que se evapora
con las primeras luces del alba. La sangre brotó de su cuello como el agua baja
de las montañas, alcanzando los pies del párroco, que esbozó una leve sonrisa
de liberación. Había conseguido que aquel hombre al que trataba como hijo
abrazara su mayor deseo y cumpliera aquella ponzoñosa promesa: su muerte sería
tan honrosa como no lo fue su vida.
La paz por fin
inundó ese cuerpo que yacía sobre el suelo en un charco de sangre y barro.
Algunos musulmanes decidieron que querían contemplar el rostro de aquel asesino
sanguinario y le quitaron el yelmo.
Apareció un rostro
sin signos de edad, apenas algunos pelos poblaban su inmaculado rostro.
Aquellas tierras habían sido aterrorizadas por las sombras de un pobre muchacho
que consiguió liberar su conciencia a través de su propia muerte.
Nunca se supo
quién era, ni cómo, ni de qué manera murió. Siguió creyéndose que aquella
sombra de fe era un maduro hombre de armas y no un joven invadido por el odio. Nunca
hubo entierro, nunca hubo cantares, sólo olvido, sólo muerte, aquello era lo
único que deseaba.
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