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domingo, 21 de agosto de 2016

Santiago, cierra España, cierra los ojos

Abrí los ojos, tumbado en aquella mullida cama, en el pueblo, mientras el sol empieza a apuntalarse en el blanquecino cielo de agosto. Día 15, se abre la veda, día obligado de caza y salgo de la habitación dispuesto a sacar a mi padre de la cama y llevármelo de caza, sea como sea.
Sorpresa para mí, al abrir con ímpetu la puerta aparece mi abuelo vestido ya con todo el equipo y las escopetas apoyadas en la puerta. ¿Cómo es posible? Falleció hace 15 años, que cese ya esta mal llamada broma y que vuelva la dolorosa realidad a apoderarse de mí. No… hoy no pienso perderlo, estaré durmiendo, o muerto, pero yo hoy me quedo con mi abuelo, pase lo que pase.
Desayuno como si no hiciera falta, como un mero trámite para salir a la calle. Pantalones, camisa, las botas, el chaleco y la caja de cartuchos, al cinto; todo listo, a pasar el día en condiciones. Salimos a la calle, bajamos del porche, joder que bien huele el césped por la mañana. Bajamos a la calle, las escopetas al hombro y vamos al camino del regadío. Mi abuelo silva, y aparecen nuestras perritas, ¿perros? ¿también?, esta realidad se adapta demasiado  un sueño como para estar muerto.
Salimos, andamos, pero mi abuelo sabe que me falta algo, me falta un Jose Luis, me falta lo mejor. “Tu padre te está dando de comer, así que mira a ver si le llevamos algo llevarse a la boca”. Sonrió, y yo a esa sonrisa no la puedo contestar con tristeza. Llamé a las perras que vinieron corriendo a pegarse a mis piernas y adaptarse a mi paso, vaya, ahora me llevo bien con los perros también.
Un par de kilómetros avanzando y mi abuelo mandó a las perras a buscar a las orillas de un arroyo, de pronto, un par de codornices salen volando de entre los juncos, ¡PUM! Y cae la primera, parece que mi abuelo es igual de bueno que mi padre. A mí no me da tiempo ni a apuntar a la otra mientras se esconde entre la remolacha.
Espera, que pasa, me mareo yo o es el sueño… algo falla, no es igual. De entre los juncos del arroyo aparece una sombre, negra como la más cerrada noche, un espíritu negro su cara, sin voz. Miro a mi abuelo y noto como palidece, lo veo convertirse en mero aire, en poco menos que polvo. No, hija de puta, hoy no, hoy es mío.
Nos acercamos a la remolacha, las perras se adelantan para sacar de ahí a la codorniz que se me escapó antes. Quito el seguro, y espero atento, la perrita ladra y veo un ave saliendo de entre los campos. ¡PUM! Otra, ya tenemos comida.
El sol sigue subiendo, el calor no es intenso pero la caminata y el equipo ayuda a que el sudor empiece a acumularse en mi frente. ¿Dónde estás papá? Joder, es mi sueño, tenían que estar los dos, tenía que tenerlos a los dos, tenía que ser perfecto, tenía que ser ahora, pero parece que hoy tampoco.
Nos acercamos a la orilla del canal y nos sentamos a descansar, un poco de agua, un plátano, y a seguir.
El día es largo, la mañana se pasa con un balance de: mi abuelo se lleva 5 y yo me quedo con 2. No quiero volver a casa, no quiero que esto acabe, no quiero que la vida vuelva a su orden, no quiero volver a mirarte en un recuerdo, no quiero tener que buscarte en las estrellas como un imbécil, no quiero llorar más, quiero que estés en casa, que cuides de la abuela, que apoyes a papá, que estés con nosotros, que me llames cagalita, que vivas joder, quiero que estés AQUÍ.
 No te conocí, no te vi, no te abracé lo suficiente, no te quise lo que debería, no te disfruté cuanto necesitaba, no fui niño contigo, no fui niño, no fui en general. Este año iré a verte, otra vez, a contemplar esa gélida lápida de mármol con la mitad de las letras despegadas. Ese puto día, el 2 de abril, 2001, ese puto médico que no estaba en su sitio, ese puto día, esa fecha.
Todo el mundo habla bien de ti, todo el mundo te conocía, todo el mundo sabe mucho de ti, todo el mundo me habla de ti… y yo sólo puedo soñar contigo. Supongo que me verías desde arriba, aquel día de los santos, yo tenía 15 años creo, 16. Entramos en el cementerio, nos pusimos justo delante de tu tumba, y rezamos, rezamos por ti, rezamos por nosotros. Y yo me partí en dos, me abrí como un melón cayendo de un quinto piso. Me abracé a papá y lloré, no podía evitarlo, no podía más, y papá me sacó de allí, como siempre me saca de todo, tirando con fuerza.
Se me acaba el sueño abuelo, se me acaba la oportunidad, se me acaba el día. Nos acercamos a casa y veo que las perras no están, se han ido. Algo falla, vuelvo a sentir ese frío, pero no tan intenso. Seguimos acercándonos a casa, empiezo aver en blanco y negro, como una imagen que se pierde, nos acercamos a la entrada, pero sólo subo yo, tu te quedas abajo, me miras, y yo no entiendo nada, por qué no subes, por qué no vienes conmigo, por qué no te quedas en casa.
El frío se vuelve más intenso, y aparece otra vez esa figura, esa negra silueta, acercándose, despacio y sin detenerse. Yo intento bajar, volver a por ti, pero no puedo, no me dejas, no puedo ir contigo. La sombra se acerca a ti, y tú me sonríes, te giras hacia ella y te diluyes en el aire como una nube polvo, se acabó mi día.


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