Abrí
los ojos, tumbado en aquella mullida cama, en el pueblo, mientras el sol
empieza a apuntalarse en el blanquecino cielo de agosto. Día 15, se abre la
veda, día obligado de caza y salgo de la habitación dispuesto a sacar a mi
padre de la cama y llevármelo de caza, sea como sea.
Sorpresa
para mí, al abrir con ímpetu la puerta aparece mi abuelo vestido ya con todo el
equipo y las escopetas apoyadas en la puerta. ¿Cómo es posible? Falleció hace
15 años, que cese ya esta mal llamada broma y que vuelva la dolorosa realidad a
apoderarse de mí. No… hoy no pienso perderlo, estaré durmiendo, o muerto, pero
yo hoy me quedo con mi abuelo, pase lo que pase.
Desayuno
como si no hiciera falta, como un mero trámite para salir a la calle.
Pantalones, camisa, las botas, el chaleco y la caja de cartuchos, al cinto;
todo listo, a pasar el día en condiciones. Salimos a la calle, bajamos del
porche, joder que bien huele el césped por la mañana. Bajamos a la calle, las
escopetas al hombro y vamos al camino del regadío. Mi abuelo silva, y aparecen
nuestras perritas, ¿perros? ¿también?, esta realidad se adapta demasiado un sueño como para estar muerto.
Salimos,
andamos, pero mi abuelo sabe que me falta algo, me falta un Jose Luis, me falta
lo mejor. “Tu padre te está dando de comer, así que mira a ver si le llevamos
algo llevarse a la boca”. Sonrió, y yo a esa sonrisa no la puedo contestar con
tristeza. Llamé a las perras que vinieron corriendo a pegarse a mis piernas y
adaptarse a mi paso, vaya, ahora me llevo bien con los perros también.
Un
par de kilómetros avanzando y mi abuelo mandó a las perras a buscar a las
orillas de un arroyo, de pronto, un par de codornices salen volando de entre
los juncos, ¡PUM! Y cae la primera, parece que mi abuelo es igual de bueno que
mi padre. A mí no me da tiempo ni a apuntar a la otra mientras se esconde entre
la remolacha.
Espera,
que pasa, me mareo yo o es el sueño… algo falla, no es igual. De entre los
juncos del arroyo aparece una sombre, negra como la más cerrada noche, un
espíritu negro su cara, sin voz. Miro a mi abuelo y noto como palidece, lo veo
convertirse en mero aire, en poco menos que polvo. No, hija de puta, hoy no,
hoy es mío.
Nos
acercamos a la remolacha, las perras se adelantan para sacar de ahí a la
codorniz que se me escapó antes. Quito el seguro, y espero atento, la perrita
ladra y veo un ave saliendo de entre los campos. ¡PUM! Otra, ya tenemos comida.
El
sol sigue subiendo, el calor no es intenso pero la caminata y el equipo ayuda a
que el sudor empiece a acumularse en mi frente. ¿Dónde estás papá? Joder, es mi
sueño, tenían que estar los dos, tenía que tenerlos a los dos, tenía que ser
perfecto, tenía que ser ahora, pero parece que hoy tampoco.
Nos
acercamos a la orilla del canal y nos sentamos a descansar, un poco de agua, un
plátano, y a seguir.
El
día es largo, la mañana se pasa con un balance de: mi abuelo se lleva 5 y yo me
quedo con 2. No quiero volver a casa, no quiero que esto acabe, no quiero que
la vida vuelva a su orden, no quiero volver a mirarte en un recuerdo, no quiero
tener que buscarte en las estrellas como un imbécil, no quiero llorar más,
quiero que estés en casa, que cuides de la abuela, que apoyes a papá, que estés
con nosotros, que me llames cagalita, que vivas joder, quiero que estés AQUÍ.
No te conocí, no te vi, no te abracé lo
suficiente, no te quise lo que debería, no te disfruté cuanto necesitaba, no
fui niño contigo, no fui niño, no fui en general. Este año iré a verte, otra
vez, a contemplar esa gélida lápida de mármol con la mitad de las letras
despegadas. Ese puto día, el 2 de abril, 2001, ese puto médico que no estaba en
su sitio, ese puto día, esa fecha.
Todo
el mundo habla bien de ti, todo el mundo te conocía, todo el mundo sabe mucho
de ti, todo el mundo me habla de ti… y yo sólo puedo soñar contigo. Supongo que
me verías desde arriba, aquel día de los santos, yo tenía 15 años creo, 16.
Entramos en el cementerio, nos pusimos justo delante de tu tumba, y rezamos,
rezamos por ti, rezamos por nosotros. Y yo me partí en dos, me abrí como un melón
cayendo de un quinto piso. Me abracé a papá y lloré, no podía evitarlo, no
podía más, y papá me sacó de allí, como siempre me saca de todo, tirando con
fuerza.
Se
me acaba el sueño abuelo, se me acaba la oportunidad, se me acaba el día. Nos
acercamos a casa y veo que las perras no están, se han ido. Algo falla, vuelvo
a sentir ese frío, pero no tan intenso. Seguimos acercándonos a casa, empiezo
aver en blanco y negro, como una imagen que se pierde, nos acercamos a la
entrada, pero sólo subo yo, tu te quedas abajo, me miras, y yo no entiendo
nada, por qué no subes, por qué no vienes conmigo, por qué no te quedas en
casa.
El
frío se vuelve más intenso, y aparece otra vez esa figura, esa negra silueta,
acercándose, despacio y sin detenerse. Yo intento bajar, volver a por ti, pero
no puedo, no me dejas, no puedo ir contigo. La sombra se acerca a ti, y tú me
sonríes, te giras hacia ella y te diluyes en el aire como una nube polvo, se
acabó mi día.
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