Me la encontré en
la plaza mayor. Era la primera vez que nos veíamos, el primer contacto en
persona, y era evidente que había nervios por ambas partes. Ella, encerrada
entre abrigo, gorro y bufanda, dejaba a la vista dos profundos ojos oscuros,
que resplandecían matices dorados con aquel sol invernal de mediodía. Para mí
no hacía tanto frío, o por lo menos fingía que así era, con una fina bufanda al
cuello sobre la camisa, y el chaquetón abierto. Sonreía yo tímidamente mientras
mis ojos, ocultos tras las gafas de sol, se perdían en aquellos pozos
encerrados entre la lana de bufanda y gorro, que les daba cierta sensación de
ventanas que se asomaban al interior de aquella chica que llevaba tiempo
conocer.
Había algo extraño
y encantador en aquellas facciones. Se bajó la bufanda para saludarme, y lo
primero que le salió fue una sonrisa, bendito regalo el poder juntar mirada y
risa en el mismo instante. Dos besos de cortesía, que ahora me saben a poco, y conversación
para romper el hielo. Habíamos quedado para tomar un café, y sabía cómo debía
ser el lugar. Una mesa pequeña, un local con privacidad, ambiente íntimo,
tranquilo, realmente quería conocerla, ya me había lanzado al pozo de su
mirada, tenía que seguir sumergiéndome.
Mucha conversación
y poco café, ya frío y casi sin tocar sobre la mesita. Había algo en su forma
de sonreír que no me permitía centrarme en otra cosa, de hecho, parecía que los
cafés estuvieran casi como meros ambientadores de una atmósfera tremendamente
hogareña.
Se acercó la taza
a los labios, y volvió a esbozar una sonrisa mientras le daba un pequeño sorbo
al café. Aún salía algo de humo de la pequeña taza, lo que me sorprendió, pues
largo tiempo llevaban ya sobre la mesa nuestros cafés, pero no le di
importancia. Tras una mirada al suelo para evitar ruborizarme, volví a alzar la
vista, pero en ese momento la estela de humo la empezaba a envolver a ella, que
parecía diluirse en aquella nube. Su imagen fue perdiendo nitidez hasta que
aquella sonrisa sólo estuvo presente en mi mente.
Aquel extraño
vapor me abrazó a mí también, y lo dejó todo oscuro. Sentí un escalofrío
helador de un frío crudo invierno. Algo quiso romperse dentro de mí, pero todo
aquello ya estaba roto, aquel látigo helado iba a quedar insatisfecho.
La alarma sonó y
otro día daba comienzo como los demás, seguía en busca de alguien, pero no es
fácil encontrar a quien asuma la tarea de juntar los pedazos que hasta el frío
rechaza, ni siquiera sé si yo mismo tengo el valor para aceptar mis propios
pedazos.
22/02/2019
Pd: dejad que os sorprenda, dentro hay mucho más
que pedazos rechazados y tristeza, pero hay que buscar un poco.
