Se quejaba una voz
quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al
son de una rumba que buscaba en las flores de los balcones las cómplices de su
pasión. Los ojos de aquella morena de sonrisa afilada nunca parecieron tan
bellos como aquella tarde de domingo frente a la puerta de La Maestranza. Engalanada
con su mejor vestido, dejaba caer su pelo sobre sus hombros con finas
ondulaciones donde se envolvían los rayos de sol pidiendo asomarse a la comisura
de esos labios por los que se habría rendido el hijo de un dios. Cada giro que
daba hacía girar las flores que adornaban la puerta grande al son de sus
caderas y los pájaros cantaban al son de su respiración.
Ninguna mirada pasaba
por ella sin detenerse a observar el monumento que Dios había erigido sobre la
tierra. Por mucho calor que diera el astro rey, no impedía que todos los
caballeros allí presentes esperando la hora de ocupar su localidad para asistir
a la faena de aquella tarde no salieran a pleno sol a observar aquella
pincelada divina con forma de mujer.
Todos se preguntaban quién sería el afortunado en llevar a esa preciosidad del brazo a la plaza y cómo era capaz de hacerla esperar...
Dejé
de correr justo antes de doblar la esquina, me abroché el botón de la
americana, comprobé que mi pelo no hubiera sufrido en exceso la carrera y me
aseguré satisfactoriamente de que las rosas que había comprado mantenían el
imponente aspecto que tenían en la floristería. Con la respiración calmada y la
mejor de mis sonrisas doblé la esquina esperando que las flores compensaran la
espera. Mientras me acercaba me percaté de que había algo especial en el
revuelo de gente a las puertas de la Maestranza que atraía más miradas de las
habituales, y pronto descubrí, que eras tú.
Nunca
olvidaré cómo sonreíste al verme, ni la curiosidad que se asomaba en tus ojos
ante la mano que me guardaba tras la espalda. Viniste hacia mí dando pasos
lentos, haciéndote de rogar, disfrutando de mi impaciencia mientras aceleraba
para llegar antes a tu encuentro. Me merecí cada amago que me hiciste mientras
me acercaba, nunca debí haberte hecho esperar.
Pero
la intriga era demasiado fuerte y acabaste lanzando tu mano derecha a mi
espalda buscando averiguar el secreto, momento que utilicé para poner con mi
mano derecha las flores a tu espalda mientras aprovechaba para darte el beso en
el que llevaba pensando desde que salí del hotel. El revuelo de gente pareció
un poco más lejano mientras poco a poco nos apartábamos y nos mirábamos a los
ojos. La luz de la tarde formaba una bella pareja con la de tus ojos que
reflejaban que había una pregunta sin respuesta.
Me
aparté un poco más y te ofrecí el ramo de rosas. Tus ojos centellearon de
alegría y a los míos quiso asomarse una lágrima empujada por la emoción de tu
sonrisa, pero la contuve. Nos fundimos en un abrazo bajo la mirada de los ojos
de la Maestranza. Pero eran tus ojos, los de esa morena de sonrisa afilada los
que nunca habían estado tan bellos.
Y
nunca dejó de sonar en mi mente el quejido de aquella voz quebrada, el lamento
de la guitarra y el murmullo del viento con olor a azahar…
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