He
buscado de mil formas plasmar lo que siento en el papel, y me ha sido
imposible. Este es sólo otro intento más para explicar que desde el momento en
el que entraste en aquella sala, algo tuyo se quedó clavado dentro de mí. Por
azar o por suerte, sigo llevando conmigo ese pedacito de ti. Quizá terminó de
clavarse la primera vez que hablamos, o en ese abrazo de despedida cuando acabamos
el cursillo, incluso puede ser que se adentrase en mí con ese “tenemos que
quedar…”. El caso es que el tiempo pasó y nos volvimos a ver, dos veces, y yo
noté que aquello que dejaste en mí surcaba mi interior como un turista
extraviado buscando insistentemente mi corazón para asentarse allí.
Y
lo consiguió, en esa última mirada, ese último abrazo y ese último beso en mi
mejilla, te clavaste por completo en mi corazón. Si bien no es un sentimiento
desmedido o un amor incondicional digno de grandes poemas, es lo suficientemente
grande como para obligarme a escribir esto.
También
fuerza a mi mano a escribir la incertidumbre de qué papel ocupo yo en tus
pensamientos, el volver a encontrarme en la encrucijada entre la duda y la
ilusión. Escribo todo esto sin que tú aún sepas nada sobre lo que siento, pero
la próxima vez que te vea, me encargaré de hacértelo saber, porque ya me he
cansado de esperar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario