Y volví a ese bar, a esa misma mesa, buscaba lo mismo que la otra vez, pero algo me decía, que aquella puerta que se encontraba a mis espaldas no iba a abrirse para mí. El local ya estaba repleto de parejas intimando entre ellas haciendo caso omiso de todo aquello que ocurría a su alrededor.
Sólo otra vez, empecé a pensar en ella, recordando aquel preciso instante en que entró en la sala y me sacó de mis más profundas reflexiones. De cómo se me iluminó la mirada al verla, de cómo cambió mi humor al saber que era ella quién había entrado en el bar. Aquello parecía tan real, tan cercano, tan perfecto… y ahora no sabría decirte si ocurrió en este mismo bar hace algunas semanas, o simplemente lo soñé y mi imaginación está haciendo un mundo de ello.
El camarero me miraba extrañado, como preguntando qué coño hacía yo solo a esa hora y ese día de la semana, sin amigos… ni pareja. Eso mismo pensaba yo, por qué coño no había avisado a algún amigo, no sé, alguien que supiera que iba a venir, que acudiría, y no dejarme caer en brazos de una corazonada o una ilusión.
El tiempo pasó y los vasos iban y venían. El móvil no sonaba ni daba señales de requerir mi atención. La tarde se escurrió entre mis dedos y llegó la noche. No había noticias suyas, no había motivos para seguir esperando. Realmente no había motivos para haber ido a ese bar, nunca quedamos, nunca me dijo que tuviera un rato libre, nunca me volvió a buscar un hueco en su agenda. Probablemente perdiera el interés por mí, quién sabe.
Ojalá me hubiera dejado llevarla al cine, o a dar un paseo bajo las luces de Navidad, o haberme dejado susurrarla al oído en ese bar que me parecía guapísima. ¿Nunca volvería a tener esa oportunidad?
No recibí noticias suyas, no la sentí entrar por la puerta del bar, no puse fin a mi espera. Al rato consideré que ya había gastado suficiente dinero en aquel bar por esa tarde y salí a la calle. No hacía excesivo frío, por lo que podía llevar el chaquetón abierto dejando ver la camisa bajo el mismo. Las luces de Navidad y los villancicos de Michael Bublé que escuchaba por los cascos, por muy alegres que fueran, no lograban sacarme de mi desconcierto, no sabía nada de ella, y eso me perturbaba.
El paseo fue eterno. Le dije a mi padre que tardaría una hora y media en terminar de tomar algo con mis amigos, buena coña has soltado majete, me dije a mí mismo mientras iniciaba mi hora y media de soledad. No quería volver a casa aún, la calle estaba preciosa, Valladolid en Navidad y de noche es toda una preciosidad.
La música siguió sonando en mis oídos, acompañando mi paso. Poco a poco, me fui animando con el ritmo navideño de las canciones de Bublé, hasta que acabé prácticamente cantando y bailando mientras me movía de un lado a otro de la ciudad.
La noche acabó y yo volví a casa igual que había salido de allí, pensando en aquella chica, y sin tener ni idea de en qué pensaría ella, o si habría pensado en mí alguna vez como yo pensaba en ella. Espero volver a verla, para que me diga que sí, pero eso, aún está por venir…
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