La
caída de ese barranco era inmensa. El vacío se abría a mis pies mientras mi
exhausto pensamiento pedía a gritos a esos pies que se abalanzasen sobre aquel
abismo. Me decanté por esperar, por tomarme un tiempo para respirar y poner un
poco de orden. El día era espléndido, la brisa refrescaba el ambiente bañado
por el sol y el aroma del mar que impactaba incesantemente contra las rocas.
Al
fondo del acantilado se asomaba una pequeña playa desierta e inhóspita que
parecía el lugar idóneo para descansar cuerpo y mente. Me sentía completamente
destrozado, física, mental y emocionalmente. Algo no iba bien dentro de mí. los
problemas emocionales me llevaron a desgastar mi mente intentando abarcar
demasiado y eso llevó a intentar sofocar esos pensamientos huyendo del lugar
donde habían aparecido, pero al final, sobre ese acantilado, allí seguía todo junto,
haciendo de mí un cuerpo que se sostenía casi por acto divino.
Encontré
un camino para bajar a aquella playa y lo seguí. Mientras bajaba, algunas nubes
empezaron a congregarse en el cielo tapando el sol y enfriando el ambiente. Un escalofrío
recorrió mi espalda en el momento en el que posé mis pies descalzos en aquella
solitaria playa, algo había allí que tenía intranquila a mi mente, más aún de
lo que ya estaba. Me tumbé en la arena, el movimiento del mar acunó mi sueño
hasta casi dejarme totalmente dormido en aquella cala, pero en ese momento
empecé a oír pasos sobre la orilla, ligeros chapoteos de otros pies al pisar
sobre la fina capa de agua.
Aún
desconcertado conseguí incorporarme, y lo que vi me aterrorizó: era yo, me
estaba viendo a mí, igualmente solo en esa misma playa, llorando desconsoladamente
balbuceando nombres e intercalando algún que otro insulto que si bien podrían
parecer ir dirigidos hacia aquellos nombres, temo que esas palabras tenían un
objetivo mucho más dañino, yo mismo. No quise moverme, ni llamar ¿mi? Atención,
estaba demasiado confuso. De pronto ese dolor que había traído hasta esa playa
volvió a aparecer pero mucho más profundo.
Después
de un momento de duda, me atreví a dirigirme a mí mismo, a mi yo destrozado y
lloroso, y le hice una pregunta a priori algo estúpida ¿Quién eres tú? No pareció sobresaltado al oírme a pesar de no
haber mostrado síntomas de haberse percatado antes de que yo estuviera allí.
Soy tú, pero sólo la parte de
ti que está harta de sí misma. Tú sigues saliendo a la calle con esa misma
sonrisa de autosuficiencia y con todo ese orgullo para luego encerrarte en casa
para imaginar que la única vida que no es real es la que vives cada día, y que
en realidad eres uno de tus personajes del Fifa o alguno de tus generales que
matan tanta gente cada vez que tienes un día duro. Soy la parte de ti que cada
vez que miras a los ojos de una chica que vale la pena lanza una bengala al
cielo para que tú sepas que aquí abajo no hay nadie que nos ayude a salir de
este acantilado.
Aquel
último comentario me hizo apartarme un momento de la conversación para mirar a mí
alrededor e intentar comprender qué me impedía salir del acantilado. Para mi sorpresa
aquel camino que había seguido para bajar ya no estaba, ahora sólo había roca. Miré
con ojos llenos de terror a ese “yo” que aún no sé cómo denominar y le pregunté
¡¿Qué ha pasado, dónde estoy, cómo salgo
de aquí?! Esbozó una ligera sonrisa y siguió hablando:
Bajas aquí casi todos los
días, el día es precioso, soleado, caluroso y con una ligera brisa marina. Entonces
llegas tú, a ese acantilado, horrorizado por la bengala que haya lanzado yo por
una chica, una canción, una película más sensible de lo normal, un gesto de tus
padres, cualquier cosa que pueda alterar esta parte de ti que son las
emociones. Entonces tomas ese camino que has buscado ahora con la mirada y me
estropeas el día, y te lo estropeas tú. Unas veces hablamos, otras simplemente
me observas cómo me voy destruyendo emocionalmente hasta que acabo arrojándome
al agua, otras simplemente nos gritamos y me dices toda esa mierda que ves en
ti y que yo ya sé porque soy yo quien te la recuerda. Soy esa parte de ti que
te está haciendo escribir esto ahora mismo, por eso no quieres deshacerte de mí
completamente, porque aunque sufras día tras día sin motivo, me necesitas para
ser tú mismo. Sólo soy un llorón en una playa, soy esa parte de ti que te hace
soñar con quedarte dormido en un sofá con esa chica tan especial que aparecerá
algún día, soy el que te hace sollozar como un bebé cuando te obsesionas con
alguna chica a la que prestas más atención de la debida. Soy esa parte de ti
que te hace ser tú mismo, la que no deja que pisoteen tus ideas, la que te
fuerza a vestirte con camisa cada día porque te ves mejor así, soy esa parte de
ti que te retuerce las entrañas cuando te sientes solo, soy tu corazón Álvaro,
ni más, ni menos. Sal de esta playa, sal de este oscuro rincón, deja que salga
el sol y ponte la camisa con la americana y las Ray-Ban, sal a la calle e
intenta ignorarme de vez en cuando. Por muy guapa que sea la chica y mucho que
te asuste mi bengala, no corras, sigue adelante, no puedes estar toda la vida
llorando. Deja que la cabeza piense, pero no hagas caso de todo lo que haga, y
déjame a mí que sienta en exceso, pero no vengas cada vez que pase algo, porque
acabarás encerrado en esta cala. Supera tu miedo a no tener pareja, ya llegará
esa chica cuando tenga que llegar, aparecerá, eso es algo que nadie puede
negar, pero mientras llega, haz caso a todos tus amigos, y Vive, o al menos…
inténtalo.
Estuve
llorando un buen rato sobre la arena con la cabeza entre las rodillas y las
manos cubriéndome la nuca. Cuando volví a alzar la mirada, el sol había vuelto
a salir y el camino hacia arriba volvía a estar abierto. Me lancé a subir
aquella pendiente, pero cuando estaba empezando el camino de regreso vi a ese “yo”
sentado en la orilla, aun llorando, arrancando unos antiguos versos de Quevedo “Serán ceniza, mas tendrá sentido, polvo
serán, más polvo enamorado”. En ese momento decidí que aún había cosas que
aclarar…

