¿Recuerdas sus ojos? ¿Su sonrisa? ¿Su pelo? ¿Su perfume? Todas estas preguntas me hacía de madrugada, tumbado en la cama, escudriñando la oscuridad que supuse que sería el techo de mi habitación, aunque bien parecía un agujero negro donde se hundían todos mis pensamientos. ¿Realmente recordaba todo aquello? El perfil de su rostro, las comisuras de sus labios, el de su mirada, el resplandor del sol iluminando su pelo y la fragancia que la envolvía con un halo de belleza y armonía. Aquello era un recuerdo, aunque parecía mera improvisación de mi subconsciente que, ante la evidente falta de sueño, proyectaba en mi mente la imagen de ese ángel terrenal para disfrute de mi desdichada cabeza.
Me incorporé de aquella incómoda cama de hotel con demasiadas almohadas y salí a la terraza. Contemplé la ciudad, los brillos anaranjados de las farolas, el murmullo de un taxi solitario recorriendo la calle. De fondo, oía el constante empuje del mar contra la playa de La Caleta, incesante como los latidos de un corazón. Una luna impecable cubre de luz el cielo nocturno, Ni siquiera la luna escapa del encanto de Cádiz, pensé. Me vestí, y mientras mi reloj marcaba las 4 y media de la mañana, me aventuré a dar un paseo nocturno por la Habana andaluza.
Llegué al paseo marítimo, y te volví a ver, en el reflejo de la Luna sobre el mar en calma, en la tranquilidad de la noche, en el aroma marino de La Caleta... Me quité los zapatos y bajé a la playa, y el frescor de la arena calmó mis pensamientos, empecé a sacarte de mi mente y parecía que por esa noche ya habías abandonado lo más íntimo de mi alma, pero no todo es como creemos.
Sentado en la playa, mientras Michael Bublé volvía a acompañar una de mis noches de insomnio, mientras hablaba de aquella chica que estaba siempre en su mente, No sabes cómo te entiendo Michael pensé. Podría haberme pasado así horas enteras pero las cosas pocas veces se quedan como están.
Empecé a oír el suave pisar de unos pies descalzos sobre la arena, después, más cerca, una tímida risa entrecortada que buscaba no llamar la atención, y por último, junto a mi oído, suave como el mecer de las olas. tu voz, en apenas un susurro: No deberías estar tan solo a estas horas. Por un momento pensé que era el propio mar en que me hablaba, que allí no había nadie, y que, por fin, había caído en la locura.
Pero no era así. Pusiste tus manos sobre mis sienes y me empujaste a mirar hacia arriba. Y allí estaban ese rostro, esa sonrisa, esos ojos, cómo los iba a olvidar, y ese pelo que colgaba hasta caer sobre mi cabeza que en ese momento volaba lejos de allí en plena fantasía. Besaste mi frente con tal cariño que la arena dejó de estar fría.
Te sentaste a mi lado, apoyaste tu cabeza sobre mi hombro y empezaste a tararear Home que en ese momento comenzó a sonar en mi teléfono. Dos horas después las primeras luces del día nos sorprendieron abrazados sobre la arena. Buenos días te susurré al oído al ver que empezabas a moverte, Buenas noches cariño me contestaste. Extrañado, me incorporé y de pronto me descubrí a oscuras en la habitación del hotel. Asustado, encendía la luz de la mesilla y te vi a ti, al otro lado de la cama, durmiendo plácidamente con una sonrisa en el rostro. Había sido un sueño, pero podría acostumbrarme a la realidad... Te abracé, te susurré al oído Te quiero y volví a dormirme sobre demasiadas almohadas.

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