Entrada destacada

El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

viernes, 25 de noviembre de 2016

Sigo esperando

Y volví a ese bar, a esa misma mesa, buscaba lo mismo que la otra vez, pero algo me decía, que aquella puerta que se encontraba a mis espaldas no iba a abrirse para mí. El local ya estaba repleto de parejas intimando entre ellas haciendo caso omiso de todo aquello que ocurría a su alrededor.
Sólo otra vez, empecé a pensar en ella, recordando aquel preciso instante en que entró en la sala y me sacó de mis más profundas reflexiones. De cómo se me iluminó la mirada al verla, de cómo cambió mi humor al saber que era ella quién había entrado en el bar. Aquello parecía tan real, tan cercano, tan perfecto… y ahora no sabría decirte si ocurrió en este mismo bar hace algunas semanas, o simplemente lo soñé y mi imaginación está haciendo un mundo de ello. 
El camarero me miraba extrañado, como preguntando qué coño hacía yo solo a esa hora y ese día de la semana, sin amigos… ni pareja. Eso mismo pensaba yo, por qué coño no había avisado a algún amigo, no sé, alguien que supiera que iba a venir, que acudiría, y no dejarme caer en brazos de una corazonada o una ilusión.
El tiempo pasó y los vasos iban y venían. El móvil no sonaba ni daba señales de requerir mi atención. La tarde se escurrió entre mis dedos y llegó la noche. No había noticias suyas, no había motivos para seguir esperando. Realmente no había motivos para haber ido a ese bar, nunca quedamos, nunca me dijo que tuviera un rato libre, nunca me volvió a buscar un hueco en su agenda. Probablemente perdiera el interés por mí, quién sabe. 
Ojalá me hubiera dejado llevarla al cine, o a dar un paseo bajo las luces de Navidad, o haberme dejado susurrarla al oído en ese bar que me parecía guapísima. ¿Nunca volvería a tener esa oportunidad? 
No recibí noticias suyas, no la sentí entrar por la puerta del bar, no puse fin a mi espera. Al rato consideré que ya había gastado suficiente dinero en aquel bar por esa tarde y salí a la calle. No hacía excesivo frío, por lo que podía llevar el chaquetón abierto dejando ver la camisa bajo el mismo. Las luces de Navidad y los villancicos de Michael Bublé que escuchaba por los cascos, por muy alegres que fueran, no lograban sacarme de mi desconcierto, no sabía nada de ella, y eso me perturbaba. 
El paseo fue eterno. Le dije a mi padre que tardaría una hora y media en terminar de tomar algo con mis amigos, buena coña has soltado majete, me dije a mí mismo mientras iniciaba mi hora y media de soledad. No quería volver a casa aún, la calle estaba preciosa, Valladolid en Navidad y de noche es toda una preciosidad. 
La música siguió sonando en mis oídos, acompañando mi paso. Poco a poco, me fui animando con el ritmo navideño de las canciones de Bublé, hasta que acabé prácticamente cantando y bailando mientras me movía de un lado a otro de la ciudad.
La noche acabó y yo volví a casa igual que había salido de allí, pensando en aquella chica, y sin tener ni idea de en qué pensaría ella, o si habría pensado en mí alguna vez como yo pensaba en ella. Espero volver a verla, para que me diga que sí, pero eso, aún está por venir…

lunes, 21 de noviembre de 2016

Hasta aquí hemos llegado

Nunca me había visto así, jamás. Ni en mis más oscuras horas, me había sentido tan pequeño, roto e inútil. Siempre la misma historia, ese mismo calambrazo de pesimismo producido por un ligero contratiempo, una canción triste en mal momento, una peli demasiado sensible, y todo se viene abajo. 
No puedo hacer esto, siempre con las mismas gilipolleces, siempre deprimido por la misma bobada. Ya llegará una que no sea tonta, que sepa lo que valgo, que no tenga el valor de jugar conmigo como ya hicieron otras, quizá demasiadas. No lo merecéis, en absoluto. Me veo todas las mañanas en el espejo, me estudio todas las noches en mi conciencia. No, no soy un juguete, no soy un cacho de carne. Soy mucho más, y ya está bien de hacer que mis amigos tengan que oír ridículas historias sobre lo mucho que sufro, ya está, es suficiente. 
19 años, 1’85 de altura, y demasiado que aprender. Me niego a seguir atado a estas rachas de agonía que van y vienen a través de mí arrasando todo mi interior, dejándolo desolado, bajo un incesante diluvio que ahoga todas esas partes de mí que quieren mantenerse a flote. Hoy lucho, hoy me levanto y cambio la cara, y espero mantenerme y olvidaros, a todas. Sentíos satisfechas de vuestra terrible obra, sonreíd para vosotras mismas, lo lograsteis. Ahora volved a la alcantarilla de la que hayáis salido y dejadme a mí que vuelva a la calle a comerme el mundo. 
El problema principal que veo a esta última y devastadora racha de pesimismo es que ya no sé qué hacer. Antes siempre había encontrado algún comportamiento que me liberase, alguna forma de afrontar los días de forma que poco a poco mi ánimo fuera levantándose, pero ahora… no sé.
Sólo tengo ganas de encerrarme en mi cuarto y escribir, escuchar música y dejar que me consuma el sueño. No tengo fuerzas para otro envite, parece ser que este verano ha superado el récord de destrozo sentimental del anterior y me ha dejado totalmente inútil. Mis constantes intentos por salir de mi agujero han sido francamente infructuosos, pero hoy es el día de plantar cara al día que está por venir, de guardar a los fantasmas del pasado en una oscura celda y de dedicar la mejor de mis sonrisas al mundo. Porque hoy, hoy es el momento de decirle al mundo que cuente conmigo, que no me pienso rendir.