Es dolor, simple y llano. Un
dolor que me atraviesa de arriba abajo. Te echo de menos, muchísimo. Nunca
podré encontrar suficientes palabras para agradecerte lo mucho que has hecho
por mí este año. Te puedo asegurar que pocas cosas me transmiten tanta tranquilidad
como tu sonrisa.
Pero qué digo, como puedo
solamente pensar que es dolor, es alegría, es inmensidad, es amor, o eso creo.
He sentido cosas muy fuertes por ti, y tengo miedo supongo, tengo miedo de que
sea una riña de mi cabeza y de mi corazón que acabe en una calma de la que no
me fío. Pero también tengo miedo de que sea verdadero, de que sea puro, de que
sea amor.
Pero esta vez es distinto, no
sufro a pesar de que no te tengo, a pesar de que aún no he sido capaz de
confesártelo, porque sólo puedo pensar en esos ratos disfrutando contigo. En
volver a perderme en sueños en tu mirada, en tu sonrisa y en esa maldita forma
tuya de secarme las lágrimas.
No, esto no es un texto triste,
nostálgico, melancólico. Es un texto de esperanza, agradecimiento. Son las
letras que no he podido juntar para hacerte un soneto. Son las letras de un
corazón que ha vuelvo a trabajar sin sufrir, a amar sin reservas. Después de un
año malo, este cambio de vista ha servido para volver a creer en la pureza.
Al ritmo de sabina recuerdo
nuestras canciones, pero ¡ay! Mujer, no es por cantar conmigo por lo que sé que
has activado sin querer el botón de amar, sino por lo que vi al contemplarte
dormir, la paz que traías a mi cabeza, a mi pobre y averiado corazón. En ese
momento me percaté de que allí había una amistad quedándose fuera de lugar,
sintiéndose demasiado pequeña para albergar mis sentimientos, pero capaz de
sostenerse mientras decidía si abrirte mi corazón o me decantaba por aprovechar
cada segundo que me quedaba contigo.
Al final opté por los segundos, y
disfruté cada uno como si fueran los últimos sobre este mundo. No sabes cómo me
alegro de haberte abierto las puertas de mi alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario