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domingo, 9 de septiembre de 2018

Las líneas de mi costa

Supongo que el error está en mí, que hay algo que hago mal sistemáticamente, que de una manera u otra, soy siempre yo el responsable del desastre. La pregunta siempre será el cual, ¿cuál es mi tan señalado error? Miro el constante ir y venir del mar en un plácido atardecer de septiembre. La Costa de la Luz y sus destellos a la hora del ocaso, todo es pura belleza, pero el aire huele a despedida, no a "adiós", sino más a un melancólico "hasta luego", como si cada pequeña ola de esta suave bajamar fuera un pequeño intento del mar por no separarse de mí, un último abrazo antes de marchar, un último beso antes de partir... 


He conocido la belleza en esta bahía de Conil, en su enorme playa, seguida por un litoral de pequeños acantalidados que culminan en un discreto cabo coronado por el faro. La luz de la tarde aquí inunda el alma, fluye por mí como un riachuelo se abre hueco entre las rocas. El brillo del pueblo, blanco todo él, al reflejar las luces del sol poniente, el murmullo del Atlántico, muy tranquilo y nada revuelto que parece querer detenerse a mirar la obra de arte que es el golfo de Cádiz, cuya belleza culmina en su capital, la Habana Española. 

Empecé este texto melancólico, buscando salida a mis demonios, y ahora, mientras el sol acaba de esconderse, dejando un precioso color añil sobre el horizonte, pienso que no hay error alguno en vivir y obrar como el corazón dicte, sino que el verdadero problema, sería vivir ignorando lo que éste nos dice. Por eso nunca dejaré que mi cabeza frene mi muñeca al escribir, porque esto es algo mío, parte de mi propia belleza, y al igual que en esta preciosa bahía, cada letra, palabra y párrafo, es una pequeña ola que se niega a decir adiós, que no quiere despedirse, porque hay mucho más en mí, de lo que se ve desde la costa. Gracias Cádiz, gracias.

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