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jueves, 29 de noviembre de 2018

He arriado mi bandera


Apenas me resulta razonable el mero respirar, no hay sentido en ello, apenas hay necesidad, no hay motivo. Se ha oscurecido el día, se ha escapado el sol y se ha llevado consigo la luz y el calor. No hay nadie en la cala, mi corazón también se ha ido, no tenía función en mi nuevo yo, nada la tiene en realidad, no parece haber razón para avanzar, no hay luz al final del túnel porque no hay túnel, no hay camino que seguir, ya no hay dirección que tomar.

Apenas soy capaz de expresarme, sin corazón resulta difícil poner los sentimientos sobre papel. La otrora fortaleza inexpugnable de caballeros corteses, de adalides de la caballería andante, mi reino ha caído en las fosas de lo oscuro, absortos en las almenas, contemplando el sol cruzar el cielo día tras día, echando a perder nuestros cuerpos y espíritus. Las armas pierden su filo, las armaduras se oxidan y nuestros sueños se ahogan bajo el peso del tiempo. Los estandartes ya no brillan y las cornetas ya no suenan…


La antaño viva fortaleza se ha convertido en un páramo de soledad, el fuerte que en otro tiempo fuera un revuelo de grandes hombres se halla en completo silencio, sumido en la más absoluta oscuridad. Tan sólo una luz en lo alto de una estrecha y solitaria torre, la luz de un pequeño candil que alumbra una pequeña estancia. En ella, sólo hay dos estanterías repletas de libros, completo y absoluto desorden, y un pequeño escritorio ubicado bajo la ventana con unos cuantos papeles sobre él, y otros muchos debajo. Junto a ellos, sólo queda un tintero vacío y una pluma rota…

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