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El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

domingo, 30 de octubre de 2016

Esperando

Llevaba dos horas en aquel bar, extrañamente agradable pero cada vez con mayor sensación de soledad. Será porque estoy solo, no te jode me dije a mí mismo mientras le daba vueltas a aquel vaso de coca-cola, el tercero de esa tarde. Comenzaron a llegar en ese momento algunas parejas, se buscaron su rincón en el bar y empezaron a intercambiar miradas cómplices, risas y algún que otro beso.

Me empezaba a sentir incómodo, como fuera de sitio, como innecesario en aquel lugar. Rozaba con los dedos mi cazadora apoyada en el respaldo de mi silla, como preguntándola si ella quería irse también, o sólo eran cosas mías.

¿Qué coño hacía allí? ¿Qué había ido a buscar aparte de una cartera más vacía que el día anterior? La buscaba a ella, supongo, aunque nunca supe a ciencia cierta si ella también me buscaba a mí. No sé qué me hizo ir a ese bar, la costumbre supongo, allí fue donde fui con ella la única vez que se me permitió disfrutar de su compañía.

Otra vez sonó la puerta, abriéndose y dejando entrar el sonido de la lluvia cayendo fuera. Pero esta vez no se escuchó otra animada conversación, sino sólo unos pies empapados cruzando la entrada del bar y bajando los pocos escalones que daban a la barra. Tampoco sé que fue lo que empujó a mi cuello a girarse, a volver todo mi cuerpo en dirección a aquellas solitarias pisadas que se iban acercando a la barra con paso dubitativo…

Allí estaba ella, para mi sorpresa y alegría. La iba buscando y la encontré, cuando ya afrontaba otra noche dedicada a escribir a la luz del flexo sobre mi encantador estado de ánimo. ¿Qué hacía allí? No lo sabía. Pero sabía que era ella la única persona que quería que entrase en ese bar aquella noche.

Esbocé una risa, me levanté con la mejor de mis poses y me acerqué por detrás mientras pedía. No dejes que pague, está invitada Le dije al camarero. Ella se dio la vuelta sorprendida y, al verme, esbozó una sonrisa digna de recordar. Nos dimos un abrazo, dos besos y la invité a sentarse conmigo.

Pasaron los minutos y alguna hora. El tiempo no tenía importancia, simplemente pasaba. Las palabras salían de nuestras bocas de forma incontrolada, solamente interrumpidas por las carcajadas de ambos que brotaban de vez en cuando en medio de la conversación y que acababan con una sonrisa cómplice entre ambos.

Finalmente salimos del bar, y dimos un pequeño paseo por la ciudad en calma. Las ganas de contarla lo que había empezado a sentir golpeaban a la puerta de mi lengua casi tan fuerte como las ganas de besarla, aunque poco había que pudiera quitarme esas intenciones.

El paseo continuó con más risas y alguna mirada que parecía decir más de lo que nuestras palabras eran capaces.

Pasó el tiempo y ella se marchó a su casa tras otro abrazo y otros dos besos, y yo la vi marchar, y temí lo que pudiera pasar mientras esperaba volver a verla…



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