Llevaba dos horas
en aquel bar, extrañamente agradable pero cada vez con mayor sensación de
soledad. Será porque estoy solo, no te
jode me dije a mí mismo mientras le daba vueltas a aquel vaso de coca-cola,
el tercero de esa tarde. Comenzaron a llegar en ese momento algunas parejas, se
buscaron su rincón en el bar y empezaron a intercambiar miradas cómplices,
risas y algún que otro beso.
Me empezaba a
sentir incómodo, como fuera de sitio, como innecesario en aquel lugar. Rozaba
con los dedos mi cazadora apoyada en el respaldo de mi silla, como
preguntándola si ella quería irse también, o sólo eran cosas mías.
¿Qué coño hacía
allí? ¿Qué había ido a buscar aparte de una cartera más vacía que el día
anterior? La buscaba a ella, supongo, aunque nunca supe a ciencia cierta si
ella también me buscaba a mí. No sé qué me hizo ir a ese bar, la costumbre
supongo, allí fue donde fui con ella la única vez que se me permitió disfrutar
de su compañía.
Otra vez sonó la
puerta, abriéndose y dejando entrar el sonido de la lluvia cayendo fuera. Pero
esta vez no se escuchó otra animada conversación, sino sólo unos pies empapados
cruzando la entrada del bar y bajando los pocos escalones que daban a la barra. Tampoco sé que fue
lo que empujó a mi cuello a girarse, a volver todo mi cuerpo en dirección a
aquellas solitarias pisadas que se iban acercando a la barra con paso
dubitativo…
Allí estaba ella,
para mi sorpresa y alegría. La iba buscando y la encontré, cuando ya afrontaba otra
noche dedicada a escribir a la luz del flexo sobre mi encantador estado de
ánimo. ¿Qué hacía allí? No lo sabía. Pero sabía que era ella la única persona
que quería que entrase en ese bar aquella noche.
Esbocé una risa,
me levanté con la mejor de mis poses y me acerqué por detrás mientras pedía. No dejes que pague, está invitada Le
dije al camarero. Ella se dio la vuelta sorprendida y, al verme, esbozó una
sonrisa digna de recordar. Nos dimos un abrazo, dos besos y la invité a
sentarse conmigo.
Pasaron los
minutos y alguna hora. El tiempo no tenía importancia, simplemente pasaba. Las
palabras salían de nuestras bocas de forma incontrolada, solamente
interrumpidas por las carcajadas de ambos que brotaban de vez en cuando en
medio de la conversación y que acababan con una sonrisa cómplice entre ambos.
Finalmente salimos
del bar, y dimos un pequeño paseo por la ciudad en calma. Las ganas de contarla
lo que había empezado a sentir golpeaban a la puerta de mi lengua casi tan
fuerte como las ganas de besarla, aunque poco había que pudiera quitarme esas
intenciones.
El paseo continuó
con más risas y alguna mirada que parecía decir más de lo que nuestras palabras
eran capaces.
Pasó el tiempo y ella se marchó a su casa tras otro abrazo y otros dos besos, y yo la vi marchar, y temí lo que pudiera pasar mientras esperaba volver a verla…
Pasó el tiempo y ella se marchó a su casa tras otro abrazo y otros dos besos, y yo la vi marchar, y temí lo que pudiera pasar mientras esperaba volver a verla…

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