Entrada destacada

El beso del Guadalquivir

Se quejaba una voz quebrada en cada rincón de Sevilla por el amor negado, lloraba su guitarra al son de una rumba que buscaba en las flores...

jueves, 1 de septiembre de 2016

Sentado en tu regazo

No se oía nada en el cementerio, sólo el paso de algún coche por la carretera nacional que pasaba cerca de aquel santo lugar. Llegué y dejé la bici apoyada en los muros de adobe de ese siniestro recinto. El atardecer dotaba a los cipreses de un aspecto tremendamente nostálgico, algo que iba bastante de la mano con lo que ocurría con mis sentimientos.
Atravesé el camino principal, flanqueado por cipreses que delimitaban las calles adyacentes, allí donde descansaban los que ya no estaban aquí… Finalmente, me planto delante de una grisácea lápida de mármol y me agacho para rozar con los dedos las tres letras impresas en la parte baja de la lápida DEP, descansa en paz abuelo consigo decir ente susurros, nadie salvo él podía oírme en ese momento. Estaba solo, bueno, teóricamente. Cualquier persona que me hubiera visto hubiera dicho que estaba solo, pero no lo estaba, y por ello, decidí hablar con mi interlocutor.
Estaba a punto de afrontar un momento que llevaba atemorizándome desde que algunos años atrás, en ese mismo sitio, frente a esa misma lápida, mi corazón se rompió en mis pedazos y mi padre tuvo que esconderme entre sus brazos para que mi llanto no preocupara a mi madre. Tenía pavor a ponerme a llorar desconsoladamente, como ya había hecho alguna vez en la intimidad de mi cuarto, por el recuerdo de aquel que se fue antes de tiempo.
Hola abuelo, comencé a decir en voz alta. Las palabras salían de mi boca después de haber estado encerradas en mi mente durante años. Me sentía feliz, estaba hablando con mi abuelo, él estaba allí, escuchando lo mal que me iba con las mujeres, y me sigue yendo, lo mucho que le echaba de menos, mis ilusiones, mis miedos, mi vida… esa que no había podido compartir con él, esa que veía tan valiosa a veces, y tan absurda e innecesaria otras.
Había en aquel lugar una atmósfera de intimidad que podría llegar a describir como cálida. Las luces del crepúsculo y la suave temperatura propia del mes de julio daban al cementerio un aspecto mucho menos hostil y frío que de costumbre. A pesar del temor que tenía a resquebrajarme en cuanto soltase la primera palabra, pero no fue así. Salí de aquel cementerio sintiéndome mucho mejor, sabiendo que mi abuelo había agradecido la visita, sabiendo que él había escuchado cada palabra que le dije.
Cogí de nuevo la bici y aproveché que quedaba aún un buen rato de luz y que todavía no se me echaría de menos en casa, y disfruté del atardecer, del sonido de la suave brisa meciendo las hojas de un anciano álamo, así como el lejano zumbido de los insectos entorno a una acequia cercana. Me sentía libre, me sentía extrañamente feliz, y eso sí que era raro.

No puedo decir que fuera un momento alegre, pero no fue un suceso negativo, fue algo precioso, un momento que recordaré siempre. Porque no recuerdo haberme sentado nunca en el regazo de mi abuelo a contarle como había sido mi día, y supongo que en ese  momento aproveché para contarle cómo habían sido mis últimos 14 años. Te prometo abuelo, que para la próxima visita, no te haré esperar tanto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario