No se oía nada en
el cementerio, sólo el paso de algún coche por la carretera nacional que pasaba
cerca de aquel santo lugar. Llegué y dejé la bici apoyada en los muros de adobe
de ese siniestro recinto. El atardecer dotaba a los cipreses de un aspecto tremendamente
nostálgico, algo que iba bastante de la mano con lo que ocurría con mis
sentimientos.
Atravesé el camino
principal, flanqueado por cipreses que delimitaban las calles adyacentes, allí
donde descansaban los que ya no estaban aquí… Finalmente, me planto delante de
una grisácea lápida de mármol y me agacho para rozar con los dedos las tres
letras impresas en la parte baja de la lápida DEP, descansa en paz abuelo consigo decir ente susurros, nadie salvo él
podía oírme en ese momento. Estaba solo, bueno, teóricamente. Cualquier persona
que me hubiera visto hubiera dicho que estaba solo, pero no lo estaba, y por
ello, decidí hablar con mi interlocutor.
Estaba a punto de
afrontar un momento que llevaba atemorizándome desde que algunos años atrás, en
ese mismo sitio, frente a esa misma lápida, mi corazón se rompió en mis pedazos
y mi padre tuvo que esconderme entre sus brazos para que mi llanto no
preocupara a mi madre. Tenía pavor a ponerme a llorar desconsoladamente, como
ya había hecho alguna vez en la intimidad de mi cuarto, por el recuerdo de
aquel que se fue antes de tiempo.
Hola
abuelo, comencé a decir en voz alta. Las palabras
salían de mi boca después de haber estado encerradas en mi mente durante años. Me
sentía feliz, estaba hablando con mi abuelo, él estaba allí, escuchando lo mal
que me iba con las mujeres, y me sigue yendo, lo mucho que le echaba de menos,
mis ilusiones, mis miedos, mi vida… esa que no había podido compartir con él,
esa que veía tan valiosa a veces, y tan absurda e innecesaria otras.
Había en aquel
lugar una atmósfera de intimidad que podría llegar a describir como cálida. Las
luces del crepúsculo y la suave temperatura propia del mes de julio daban al
cementerio un aspecto mucho menos hostil y frío que de costumbre. A pesar del
temor que tenía a resquebrajarme en cuanto soltase la primera palabra, pero no
fue así. Salí de aquel cementerio sintiéndome mucho mejor, sabiendo que mi
abuelo había agradecido la visita, sabiendo que él había escuchado cada palabra
que le dije.
Cogí de nuevo la
bici y aproveché que quedaba aún un buen rato de luz y que todavía no se me
echaría de menos en casa, y disfruté del atardecer, del sonido de la suave
brisa meciendo las hojas de un anciano álamo, así como el lejano zumbido de los
insectos entorno a una acequia cercana. Me sentía libre, me sentía extrañamente
feliz, y eso sí que era raro.
No puedo decir que
fuera un momento alegre, pero no fue un suceso negativo, fue algo precioso, un
momento que recordaré siempre. Porque no recuerdo haberme sentado nunca en el
regazo de mi abuelo a contarle como había sido mi día, y supongo que en
ese momento aproveché para contarle cómo
habían sido mis últimos 14 años. Te prometo abuelo, que para la próxima visita,
no te haré esperar tanto.
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