Me
sentía ya en la carretera desde antes de salir de casa. El sol mañanero de
Julio calentaba ya la puerta de mi casa mientras salía con todo preparado para
el viaje. Unas playeras cómodas para aguantar el trayecto, las gafas de sol y
un combo polo y bermudas para tener dignidad en caso de tener que parar en el
trayecto.
Entro
en el coche que ya estaba empezando a calentarse, cargo la maleta, conecto el
teléfono para tener mi música preparada y arranco el motor con el rugido
cómplice de mi colito que, una vez más, se mostraba dispuesto a llevarme al fin
del mundo.
Antes
de salir a la autovía, parada de rigor en la gasolinera para llenar el depósito
y comprar combustible para mí. Una vez todo estuvo comprobado y correcto volví
a mi montura, dejé la mascarilla colgada de la palanquita del intermitente y
dejé que la ventanilla bajada y el inicio de la música me hicieran olvidarme de
tan tediosa obligación. Tras un nuevo ronroneo del motor japonés, salí de la
gasolinera y bajé la rampa a la autovía con el sol a mi derecha.
Última
marcha y velocidad de crucero. Mano izquierda sobre el volante, suelta,
tranquila, con el codo en el marco de la ventanilla y la derecha descansando
sobre la palanca de cambios. La vida es bella al volante cuando tienes un par
de centenares de kilómetros hasta tu destino y una carretera que recorrer.
Alguno
dirá que esto que voy a decir es una bobada, pero creo a los que nos gusta
conducir creamos un vínculo con el coche, algo que incluso se podría llamar
amistad (para aquel que tenga estómago para mi visión del mundo). Pero no
profundizaré hoy en este tema, sino en el sentimiento de poder y libertad
cuando atraviesas kilómetros de asfalto.
Incluso
atravesar Tierra de Campos, un mundo tan maltratado por esos amantes del
paisaje exótico. Aquellos cuyo mínimo de disfrute son apabullantes valles
observados por desde carreteras serpenteantes ante frondosos bosques
caducifolios en su estampa otoñal o impactantes paisajes de costa conduciendo
sobre afilados acantilados sobre un mar embravecido. Nuestro mar de trigo
amarillo tostado al sol de los primeros soles del verano, las extensas campiñas
infinitas con suaves ondulaciones coronadas por las torres de nobles iglesias
románicas que permanecen estoicas frente al paso del tiempo y al abandono de sus
lugares.
Y
mientras esas férreas construcciones de la Castilla cristiana resisten en su
puesto, tú pasas a cuatro o cinco kilómetros de ella reconociendo el patrón de
tejas en su tejado y el nido de cigüeñas que vigilan tu paso por su casa sin
apenas inmutarse.
El
cielo de Castilla es inmenso y queda inmaculado, sin interrupciones, sólo
limitado en su base al norte por los afilados dientes de la Montaña Palentina y
la Cordillera Cantábrica, marcando las puertas al mar que nos fue privado a los
terracampinos. Ese paisaje también es belleza, un paisaje tozudo, cabezón,
orgulloso y firme en su idea de permanecer inmutable en el ideario nacional, de
resistir vidas de hombres desde aquellos que liquidaron toda su foresta para
convertirlo en tierra de cultivos. Una inmensa campiña, cuna de hombres que
llevan su identidad grabada a fuego en un alma tan pura como su cielo.
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